Un hombre con miedo

El dominio, a través del terror, que aplica el régimen, es de lo peor que hay

LA HABANA, Cuba, junio, 173.203.82.38 -Arregla cocinas a domicilio. Camina durante horas para resolver la comida diaria de su familia. Dice que su piel se ha tostado bajo el sol y que por pregonar ¨arreglo cocinas¨ está perdiendo la voz.

Se llama Agustín. Tiene algo más de cuarenta años. Es alto, corpulento, negro y muy conversador. Me confesó, sentado en el patio de mi casa, que le gustaría pertenecer al Movimiento de Derechos Humanos, hacer algo por la libertad de su país, pero que tiene miedo.

Miedo a qué, le pregunto. Levanta la mirada hacia el cielo, se queda pensativo unos instantes y responde: No sé, pero tengo miedo. Me apena decirlo.

¿A la prisión?, pregunto de nuevo. Y con la rapidez de un rayo, me dice que no, porque la prisión se hizo para los hombres.

¿Entonces a qué?, vuelvo a preguntarle. Sin pensarlo, agrega: A las represalias que tomarían contra mi hijo mayor, que está en el servicio militar, a que mi mujer se quede sin trabajo, porque su jefe le eche en cara que yo soy un contrarrevolucionario, a que algunos vecinos me griten escoria y que pongan un letrero en la puerta de mi casa, escrito hasta con mierda, donde diga: “Mercenario”. A todo eso.

-¿Tú votaste?

-Fui a votar, pero puse una cruz donde no debía. Es algo, ¿no?

Agustín se levanta, agarra su viejo y roto maletín de herramientas y se despide de mí, no sonriente como cuando llegó, sino impresionado con sus propias palabras.

Entro a la casa. Tomo el periódico del día y lo primero que leo es una Declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores, porque el Departamento de Estado de Estados Unidos vuelve a marcar a la dictadura castrista como terrorista. Qué pataleta. ¿Será que van a dejar de ser revolucionarios para dejar de ser terroristas?

Entonces me pregunto: ¿El uso sistemático del terror contra una sociedad acaso no es terrorismo? ¿No es lo que le han hecho a Agustín? ¿A todo un pueblo? Cuando a mí se me quitó el miedo, gracias a nuestro primer líder opositor, Ricardo Bofill, en 1987, comprendí que, en esencia, el terrorismo es contrario a los Derechos Humanos.

Descubrí que Fidel Castro era El Terrorista en Jefe, más temido que amado, cuando su régimen cometió tantos actos terroristas contra mí y contra mis colegas de lucha. Porque un arma terrorista no es sólo una bomba o un fusil. También lo son un juicio sumario, una amenaza, un acto de repudio, un golpe por la espalda, un empujón, un jalón de pelos.

Cuando escribí, en más de una oportunidad, que el asalto al Cuartel Moncada fue el acto terrorista más grande de nuestra historia, cuando comencé a despreciar a ese puñado de revolucionarios terroristas que día a día son considerados mártires y héroes por el gobierno y por la prensa oficialista, cuando Fidel, por venganza, odio y cobardía, encarcelaba opositores pacíficos y periodistas independientes, cuando descubrí que ha creado un estado de terror en las mentes de los cubanos, ya había dejado de tener miedo.

Me faltó decirle a Agustín que yo también, en 1990, volví a sentir miedo y que no me apena confesarlo, porque un día, como tantos otros cubanos, fui capaz de vencerlo.

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