Un drama con final feliz

Un drama con final feliz

No había razones para arrestar a Lozada Igarza, y menos para hacerlo de una manera tan violenta

luis enrique lozada igarza

LA HABANA, Cuba, mayo, 173.203.82.38 -El pasado martes, al filo de la media noche, recibimos una noticia excelente: fue liberado en Oriente el preso de conciencia Luis Enrique Lozada Igarza. Como resultado de ello, pusieron fin a la huelga de hambre que realizaron durante semanas el propio cautivo, sus familiares y veintenas de activistas de la gloriosa Unión Patriótica de Cuba (UNPACU), encabezados por el preso político (en licencia extrapenal) José Daniel Ferrer García.

Se trata —a no dudarlo— de una gran victoria de esos aguerridos compatriotas, que no vacilaron en poner en riesgo su salud y aun sus vidas para conjurar la injusticia que se perpetraba contra su pariente y amigo. Particularmente patéticas resultaron las declaraciones del hijo adolescente del ahora liberado, quien en un conmovedor video expresaba al mundo que, ante la realidad confrontada por su progenitor, él y sus restantes seres queridos veían la muerte como único fin posible a su abstinencia de alimentos.

Unas horas antes del feliz anuncio de la liberación de Lozada Igarza, en una reunión del grupo plural de análisis ALDECU (Alianza Democrática Cubana), escuchábamos la información brindada por Félix Navarro, quien narraba las incidencias del viaje que Ángel Moya Acosta y él mismo —ambos cautivos de conciencia pertenecientes al Grupo de los 75 — hicieron a la antigua provincia de Oriente a fin de solidarizarse con los huelguistas.

Ellos conocieron de primera mano el espíritu de admirable firmeza que identificaba a todos los ayunantes, incluyendo aquellos que, por tener ya su salud más deteriorada, habían sido ingresados en el Hospital Provincial Saturnino Lora, de la ciudad de Santiago de Cuba.

El primero de mayo, los miembros de ALDECU hubimos de emitir una declaración de solidaridad con los huelguistas. Manifestamos nuestra indignación con el diario Granma, que ese día se declaraba preocupado por el peligro de muerte que —según sus editores— corren los presuntos terroristas encerrados por autoridades extranjeras en la Base Naval de Guantánamo, al tiempo que guardaba total silencio sobre la amenaza análoga que pendía sobre veintenas de pacíficos cubanos sometidos a la jurisdicción del gobierno castrista.

En el párrafo final del mismo documento, hubimos de expresar nuestras expectativas: “Esperamos que primen la compasión y la comprensión, y demandamos del gobierno de La Habana que atienda y dé una solución justa y rápida a las peticiones formuladas por los participantes en la huelga de hambre”.

Como firmante de la Declaración, sólo me cabe declararme complacido por la solución constructiva dada a este asunto por el régimen castrista. Para empezar, ya sabemos que no había razones para arrestar a Lozada Igarza, y menos aún para hacerlo en la forma violenta en que tuvo lugar su detención. Por supuesto que tampoco había argumentos válidos para que un Fiscal decretase la prisión provisional.

Pero ya que esas arbitrariedades fueron perpetradas, al menos experimentamos ahora el alivio de que el activista prodemocrático inocente haya salido en libertad y de que sus hermanos de luchas pudieran cesar el difícil acto de protesta que se vieron obligados a realizar para lograr la subsanación del atropello.

Ojalá que esta excarcelación, al igual que la del periodista Calixto Ramón Martínez Arias días atrás, sirva para que se implemente una nueva política del régimen cubano, que implique que los ciudadanos dejen de ser perseguidos y arrestados por el solo hecho de discrepar.

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