Tras los pasos de los saqueadores de tumbas

El menor reconocimiento al más proscrito de los escritores exiliados puede parecer un gran gesto

LA HABANA, Cuba, septiembre (173.203.82.38) – Como uno llega a sentir como viejos amigos a los escritores cuyos libros se aman,  imagino a Guillermo Cabrera Infante revolviéndose en su tumba londinense por la desfachatez de los que ahora quieren usar su nombre y sus pisadas para simular una apertura cultural y anotarse otro tanto que no se merecen.

El 17 de agosto se produjo en la Sala “Martínez Villena” la presentación del libro Sobre los pasos del cronista: el quehacer intelectual de Guillermo Cabrera Infante hasta 1965, tesis de grado de Elizabeth Mirabal y Carlos Rivero que les valió hace dos años el premio de ensayo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).

El menor reconocimiento al más proscrito de los escritores exiliados puede parecer un gran gesto. Sobre todo, para los que están locos por creerse el cuento de que Cuba se democratiza a pasitos y vuelve a la normalidad. Allá quien lo crea.

En el libro sobre Cabrera Infante,  sus pasos se pierden justo en el momento en que se fue a Europa y rompió con la revolución de Fidel Castro. Como si fuera de su país no hubiera escrito la mayor parte de su obra literaria, incluidas Tres tristes tigres y La Habana para un infante difunto, que por cierto, aún esperan por su publicación en Cuba.

Después que se fue a Europa en 1965, sólo un cuento de  Cabrera Infante, En el gran ebbó,  ha sido publicado en Cuba, en el año 2009 en la antología La ínsula fabulante, donde también aparecen otros siete escritores que murieron en el exilio negados a abjurar de sus ideas políticas.

Alguna vez que al ministro de Cultura Abel Prieto le dio por posar de liberal, se pronunció por el rescate para el patrimonio nacional de las obras básicas de la cultura cubana. Según él,  eso implicaba “independizar la posición política del individuo de los valores de su obra y sus aportes culturales”. Faltó explicar al ministro, además de su peculiar canon literario, que la independencia de las posturas políticas de los escritores exilados sólo se alcanzaría post mortem.

A los escritores cuyos libros fueron sacados de las bibliotecas y sus nombres omitidos del Diccionario de la Literatura Cubana, es más fácil  perdonarles su desafección si están muertos. Entonces los comisarios, sin indagar por derechos de autor ni  últimas voluntades,  se abalanzan como buitres sobre sus obras.

Sabemos de la maña de los comisarios culturales para saquear tumbas. Lo hicieron con Lezama y Piñera. Lo intentan últimamente con Reinaldo Arenas. Pero hay autores tan incómodos que ni después de muertos los censores pueden tolerar que se mencione siquiera su nombre.

Tal vez se deba a ello la demora de dos años para publicar, no un libro de Cabrera Infante, sino sobre él, a la manera que les conviene representarlo, recortado en un corto período de tiempo, especialmente en los dos años que desde las páginas de Lunes de Revolución llegó a convertirse, sin proponérselo y sin considerarse tal,  en un intelectual orgánico del régimen, que llegó a fungir como una especie de inquisidor por cuenta propia contra Lezama y los demás integrantes de Orígenes.

Los autores de “Tras los pasos del cronista”  apelan a  infiernillos de tertulia y habladurías de pasillo para revelar testimonios dudosos  que  hablan bastante mal de quien los refiere, tales como los chismes del cineasta Enrique Pineda Barnet acerca de que Cabrera Infante  envidiaba su talento narrativo (¿?),  Alfredo Guevara contando a su manera las querellas por la posesión de la cultura revolucionaria, o el poeta Pablo Armando Fernández insinuando  que el Infante difunto siempre estuvo enamorado de él (y mal correspondido, no faltara más).

No hay que tener mucha imaginación para suponer cómo se sentiría Cabrera Infante,  siempre tan orgulloso de estar prohibido en Cuba. Lo entiendo perfectamente. En su lugar, la presentación del libro donde pretenden perder sus pasos, y todo lo que siga, ahora que los comisarios pretenden que vuelven a la normalidad, lo tomaría, más que como un homenaje, como un agravio. Otro más.

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Luis Cino

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956).
Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura.
Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Fue subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.

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