Soy feliz: monólogo en una parada de guagua

Para completar, a la jefa de personal se le olvidó ponerme en la nómina este mes y no me han pagado todavía

LA HABANA, Cuba, junio (173.203.82.38) – Me levanto a las cinco y media de la mañana para salir temprano hacia la cola del autobús  M-11, y no llegar  tarde al trabajo. Vivo en Alamar, en lo último, tan lejos que le dicen Siberia por lo lejos que está. Soy  técnica en contabilidad, trabajaba en una oficina en La Habana Vieja, pero a mí me pasa todo y ahora con la racionalización, como no le caía bien a la jefa de personal, tuve que irme para San Miguel del Padrón, que es donde único encontré trabajo. Ahora tengo que levantarme más temprano para que la guagua no se me vaya.

Para completar, a la jefa de personal se le olvidó ponerme en la nómina este mes y no me han pagado todavía. Busque, busque en esta cartera, para que vea que no hay ni un centavo. Cuando subo al ómnibus  miro fijo al chofer y le pago con la mejor de las sonrisas.

¿Y usted me dice que lo mío no es nada? Mire bien como estoy vestida, de largo, con este vestido carmelita, casi negro, para que no se me ensucie en la guagua, porque si me pongo ropa de otro color, cuando regreso a casa parezco una carbonera, y si me visto con minifalda, corro el riesgo de que algún tipo se me abalance, porque en estas guaguas hay de todo y los hombres siempre andan buscando a quien toquetear.

Los fines de semana no tengo ganas de salir. Ya he perdido dos novios por eso, porque dicen que siempre estoy atareada o cansada. No entienden que tengo que ayudar en la casa porque mi mamá trabaja también y ya está vieja. Tengo un hermano mayor que yo, pero vive con su mujer en casa de los suegros, en Centro Habana. Él tiene más oportunidades, porque es hombre.

Aquí se habla mucho de la mala educación de la gente, pero ¿usted cree que voy a montarme en la guagua dando los buenos días? Nada de eso, si desde que subo ya quiero bajarme, porque el primer saludo que recibo es un empujón cuando la guagua arranca. Y en el trabajo, ¡Dios mío! Esos hombres no saben otra cosa que mirarte de arriba abajo, como si me estuvieran oliendo.

Ay, mire, usted si me he vuelto mal educada que ni me he presentado; me llamo Suleika.  ¿Y ahora usted me dice que tengo que ser feliz, que ser feliz es una conquista del corazón? Dígame cuánto tiempo llevamos esperando la guagua. Quien sabe a qué hora aparecerá. Voy a almorzar casa de mi tía que vive en Lawton, y no sé si llegaré a tiempo. Mi mamá dice como usted, que hay que ser feliz, y tengo que repetirme eso: soy feliz, soy feliz.

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