Sobrevivientes

Los turistas miran tranquilamente a los habaneros vender, para sobrevivir, lo poco que les queda, incluida su verg√ľenza

LA HABANA, Cuba, abril, 173.203.82.38 -El arte de sobrevivir tiene como escenario cualquier calle o centro de trabajo en Cuba. Es m√°s, interact√ļa o se complementa en esos sitios, como el arco y las cuerdas de un afinado viol√≠n. Sin uno, los otros no tienen c√≥mo realizar su funci√≥n.

Por eso est√° obsoleta la pregunta que se hizo Fern√°ndez Retamar en un poema al triunfo de la revoluci√≥n: ‚Äú¬ŅNosotros, / los sobrevivientes, / a qui√©nes debemos la sobrevida?‚ÄĚ

Si el poeta fuera un cubano de a pie¬† no dudar√≠a en responder: a la bolsa negra, al trapicheo, a la venta del cuerpo, a una canci√≥n, y en √ļltimo caso, aunque bastante frecuente, a la mendicidad.

Si visitas una sala de maternidad, encuentras vendedores de talco para el beb√©, ojitos de Santa Lucia contra el mal de ojo, pa√Īales, lociones y ropitas tra√≠das de un pulguero de Miami o Ecuador.

De ir a una funeraria, tropiezas con quién vende oraciones para la resignación, tabacos contra el estrés, cuentos de velorios que aligeran la espera, y hasta un traguito de ron para olvidar.

Cuando hay misas en la catedral, es necesario eludir bastones y muletas, cajitas con santos, pr√≥tesis de una mano o un pie, colocados en el piso, junto al due√Īo, que pide una monedita para mantenerse vivo.

Pero donde más convergen esta y otras manifestaciones del arte de sobrevivir, es en las carpitas instaladas por la Corporación Habaguanex S.A., frente al Castillo de la Real Fuerza y de espaldas al mar.

All√≠ se re√ļnen, para cazar turistas, las prostitutas de menor nivel (ajadas por la edad), otras muy j√≥venes a√ļn para debutar, y los proxenetas que todav√≠a no pasan del Where you fron?, Come here y Yes.

Tambi√©n pulula en torno a las instalaciones un variado muestrario de vendedores de man√≠, chicles, alusil contra la acidez, viagras ‚Äúfin de semana‚ÄĚ, fotos, caricaturas, pel√≠culas y todo cuanto puedas necesitar.

Como si fuera poco, las ofertas se hacen entre m√ļsicos ambulantes que, agrupados en d√ļos, tr√≠os, o cuartetos de voces, maracas, guitarras y acordeones, complacen la m√°s exigente petici√≥n.

No importa si quieres una ranchera, un bolero, un joropo o un vals. Ellos, entre sus n√ļmeros b√°sicos (La guantanamera, el Chan-Chan y Hasta siempre comandante), ejecutan lo mismo una fuga que un reggae. La cuesti√≥n es que les den algo para comer y beber.

Mientras tanto, los empleados de las carpitas se las ven grises para laborar. Al deterioro de las instalaciones (una se derrumb√≥), deben a√Īadir la carencia de insumos y la irregularidad en el suministro de bebidas y alimentos para vender. Trabajan 12 horas, en d√≠as alternos, por un salario de 248 pesos cubanos (10 d√≥lares) al mes, m√°s 10 d√≥lares de ‚Äúest√≠mulo‚ÄĚ, si no tienen ausencias o llegadas tardes al centro laboral.

Adem√°s, deben usar el √ļnico ba√Īo existente para m√°s de cien consumidores de pollos y cerveza, que, como promedio, ocupan cada d√≠a estas tres cafeter√≠as de Habaguanex.

Pero el colmo de los colmos es que deben alejar a cuanto loco, alcoh√≥lico, mendigo, m√ļsico y vendedor se adentre entre las mesas de la instalaci√≥n, aunque no est√© contemplado en su contenido de trabajo. No les resulta f√°cil. Porque la necesidad es mucha, y en no pocas ocasiones los sobrevivientes se ponen violentos cuando los empleados les piden que abandonen el lugar.

Rusos liberados por la perestroika, argentinos admiradores del Che, y n√≥rdicos que arrojan las sobras a los perros, entre otros extranjeros, miran sin indignarse a quienes venden, para sobrevivir, lo poco que les queda, incluida su verg√ľenza.

En las carpitas de la Corporaci√≥n Habaguanex S.A, se siente tanta verg√ľenza como en cualquier otra instalaci√≥n, tambi√©n hija bastarda del sistema, pero sin d√≥lares para perpetuar el show.

vicmadomingues55@gmail.com

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