Sin huevos o con los huevos podridos

Sin huevos o con los huevos podridos

Sin capacidad para proveer su propio mercado, el régimen pretende perpetuarse como principal proveedor del mercado particular

Fotomontaje de F. HebraLA HABANA, Cuba, diciembre, 173.203.82.38 -Un oficial del ejército, al parecer diputado a la Asamblea Nacional, pregunta ante las cámaras del noticiero de la televisión cuál es el valor de un huevo. Se diría que la respuesta va a constituir un gran descubrimiento para él. Pero el tema queda en suspenso. El sketch resulta demasiado breve. La torpeza del reportero no nos permite conocer el móvil de tan sabia interrogante, ni la teoría que se propone desarrollar aquel militar comedor de bistec en torno a la importancia del valor de un huevo para la recuperación de nuestra maltrecha economía.

Mientras, en La Habana no hay huevos. No de los que no hay desde hace décadas, sino de los otros, posturas de gallina. Según vox pópuli, la reducción de los huevos de los habaneros es causada por el ciclón que pasó por las montañas orientales. Se llevaron los huevos para Santiago de Cuba, es lo que dice la gente. Y también dicen que allá se están pudriendo en las tarimas estatales, porque si bien es bueno tener huevos, no lo es tanto si no tienes nada más.

Son pinceladas al margen. Pero hasta en las márgenes resalta lo esencial de esta guaracha bufa a la que llaman actualización del modelo económico cubano.

Como el primer día, continúa vigente la práctica estrella del régimen, consistente en desvestir a un santo para vestir otro. No hay manera de que nuestros caciques interioricen que la función de un gobierno no es quitar a unos para dar a otros lo que quitan, sino administrar inteligente y eficazmente el país, fomentando el avance económico y abriendo y creando oportunidades para todos, de modo que cada cual obtenga lo suyo a partir del propio esfuerzo, no de la caridad, ni del mezquino desposeimiento del prójimo, y mucho menos de la dependencia del Estado, la cual genera endeudamiento moral.

Esa mentalidad de dueños de finca, que ven a toda la población como peones a su servicio, cuando realmente la ley establece que ellos, como gobernantes, deben ser nuestros peones; y ese mísero empeño en perpetuar la actitud de pichones con el pico abierto que, por su conveniencia, le inculcaron a los cubanos, los descalifica radicalmente, y sin más detalles, como posibles reformistas.

Insólita, además de risible, resulta la circunspección conque aquel militar y presunto diputado indaga ante las cámaras sobre el precio de un huevo, al tiempo que una parte de los cubanos no tiene huevos y a la otra parte se les pudren, por la ineficacia de la administración estatal. Entretanto, el régimen asegura (y muchos ingenuos se lo creen) que ya está en condiciones de convertirse en proveedor principal, y quizás único, de las pequeñas y mínimas empresas particulares que ahora se dan por racimos, sobre todo en La Habana.

Si desconcertante resultó la apertura al comercio por cuenta propia sin que se creara, como paso previo de elemental sentido común, un mercado mayorista, con abastecimiento estable y precios racionales, que permitiese su normal funcionamiento. Más que desconcertante, podría ser pavorosa la perspectiva de que los caciques dispongan por ley ejercer como principales (o quizás únicos) proveedores de este comercio, una medida que probablemente implique la prohibición de otras vías de suministro, al tiempo que ellos ni dan ni dicen dónde hay.

Nota: Los libros de este autor pueden ser adquiridos en la siguiente dirección: http://www.amazon.com/-/e/B003DYC1R0

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro.

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