Se acabó la discreción

Mucho antes de que la prensa hiciera referencia alguna al asunto los habaneros rumoraban sobre la terrible enfermedad que padecía “el bolivariano”

LA HABANA, Cuba, julio, 173.203.82.38 -Aquellos tiempos de las primeras décadas de la Revolución, en que el gobierno mantenía discreción absoluta sobre sus asuntos, que eran siempre secreto de Estado de los que nadie se enteraba, se fueron a bolina.

Los cubanos ya no necesitan ni de una prensa libre, como la de nuestra desparecida República, para enterarse de lo que está pasando. Ahora el pueblo se encarga de divulgar de cuadra en cuadra, de balcón a balcón, por e-mail y sobre todo por el teléfono, lo que ni Granma, ni Juventud Rebelde nos dicen. Todo, gracias al chismorreo proveniente de los hilos del poder, donde la antigua discreción parece haber desaparecido.

Los comentarios son muchos. Que si Max Marambio fue una víctima de Raúl y ahora los jugos y la leche de cajitas son pura agua, que si Fidel se alimenta diariamente de una costosísima dieta macrobiótica importada de Italia, compuesta de vegetales exóticos y algas japonesas… En fin, que el chisme y las bolas sobre el asfalto habanero está a tutiplén.

El más frecuente comentario el mes pasado era el tema del tío rico venezolano, ingresado en un hospital exclusivo de La Habana. Me refiero a Hugo Chávez, por supuesto, a quien al parecer, los médicos de su país no le inspiran mucha confianza.

Para el pueblo, más importante que el chisme de la enfermedad del folclórico aspirante a dictador, era el futuro de los 115 mil barriles de petróleo que éste envía cada día a la dictadura castrista, una ayuda valorada en 5 mil millones de dólares anuales, que la mantiene a flote. De eso es de lo que hablaba el vulgo sin cesar, mientras el venezolano convalecía en un hospital habanero y todo el mundo ya lo sabía, a pesar del secretismo que ronda el asunto de su enfermedad.

No recuerdo si fue el mismo día 10, o el 11, de junio, mucho antes de que la prensa hiciera referencia alguna al asunto, que ya todos los capitalinos rumoraban sobre la terrible enfermedad que padecía “el bolivariano”.

Cómo salió la noticia, no es difícil de imaginar. Pudo haber sido la morenita confiable que limpia los inodoros en el hospital, o la revolucionaria empleada que trapea los pasillos, que pegó la oreja a una puerta, o la esposa del cirujano que llamó a su mejor amiga para darle la noticia y pedirle que, por favor, mantuviera el secreto. O quizás fue un chofer de la Seguridad, que no puede evitar que le guste el chisme y escuchó una conversación mientras manejaba un auto oficial, para luego contársela a su mujer.

El asunto es que toda Cuba sabía la noticia mucho antes de que el anciano comandante reflexionador, ordenara a su periódico Granma, que informara sobre su paternal visita al enfermo pichón de dictador.

Fue el día 29 de junio, casi dos semanas después de que la noticia rodaba por La Habana, que, según la prensa oficialista, maestro y alumno se reunieron en un bonito jardín, quizás de una de las tantas casas que el mentor robó a la clase media cubana para el disfrute la nueva clase.

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