Sandy y el burocratismo

Burocracia estatal gravita sobre miseria de los damnificados por el ciclón en la oriental provincia de Guantánam

GUANTÁNAMO, Cuba, diciembre, 173.203.82.38 -Dos semanas después del paso del huracán Sandy, la doctora pudo ver al delegado del poder popular e informarle de la situación del techo de su vivienda. El funcionario le respondió que debía permanecer en su casa porque un inspector iría a visitarla para certificar los daños. Esto provocó que la doctora se ausentara del trabajo.

Días después, el inspector comprobó la existencia de los daños en la vivienda y  dijo a nuestra amiga que debía ir a una oficina, situada en la calle Máximo Gómez y Carretera, en Guantánamo, al oriente de Cuba, para que le confeccionaran la “ficha técnica”: tres documentos que luego debió llevar a un funcionario de la Dirección Municipal de la Vivienda para que los firmara.

Pero dicho funcionario no estaba en su oficina, y la doctora tuvo que regresar por la tarde. Ya con los papeles firmados, al llegar al sitio donde debía comprar las tejas, la doctora supo que debía anotarse en una lista y asistir diariamente, a las 7 a. m.  y 7 p. m. para verificar su número en la cola. De no hacerlo así, perdería el turno y tendría que volver a anotarse.

En esta cola hay personas que venden los turnos o que se ofrecen para verificar el número a otros, a cambio de una remuneración. Y a ellas tuvo que acudir la doctora en no pocas ocasiones, durante los 21 días que duró su experiencia como “damnificada colera”. De lo contrario, habrían podido sancionarla en su centro de trabajo, por ausencias injustificadas.

También hay personas “voluntarias” a las que llaman “braceros”, que son las que se dedican a bajar los productos y entregárselos a los compradores. Pero luego, el comprador debe permitirles comprar algunos productos, en pago al trabajo “voluntario”, que realizan con la anuencia  de la entidad comercializadora. Esa es  una de las causas que propician que en el mercado negro se puedan adquirir a precios altísimos los mismos materiales que el gobierno vende a las personas damnificadas por el ciclón.

Pagándole unas veces a los coleros y otras ausentándose de su trabajo, la doctora fue acercándose a la mesa de compra. El día vigésimo primero, hallándose en el trabajo, recibió una llamada de un vecino, quien le comunicó que debía presentarse urgentemente en el punto de venta, pues iban a vender las tejas.

Hacia allá fue nuestra amiga, con la esperanza de adquirir sus tres tejas de cinc. Pero a las 10 y 30 de la mañana, la cola se paralizó, ¡por falta de talonarios de facturas! Pensando que si se iba podía perder la cola, la doctora permaneció allí hasta las 2 p. m., hora en que se reinició la venta. A las 2 y 20 p. m., justo cuando  era la segunda en la cola, el vendedor dijo que no podía continuar porque de nuevo se habían acabado las facturas. Entonces  alguien mencionó que éstas podían “resolverse” en la Empresa de Víveres, con una señora nombrada Greter.

Hacia allí fue nuestra amiga, pero Greter no estaba. Desesperada, le contó a la recepcionista de la empresa lo que le ocurría, y ésta le respondió que en todo Guantánamo no había modelos de facturas, pero al parecer se compadeció de ella, porque instantes después, le dijo que si ella tenía una memoria flash quizás podía ayudarla. La doctora llevaba consigo el artefacto, así que la recepcionista le indicó que fuera hasta la Empresa Provincial y viera a “Manolito”.

Al llegar, supo que Manolito, como todo buen funcionario cubano, estaba en esos momentos “reunido”. Sin embargo, nuestra amiga esperó y finalmente éste autorizó a que le copiaran en la memoria flash el modelo de la factura de compra, advirtiéndole que tenía que reproducirlo cinco veces para poder adquirir las tejas.

Cargada de energía positiva, la doctora fue en busca de un vendedor de hojas e imprimió sesenta modelos para ayudar a otras personas que habían permanecido en el punto de venta, cuidándole el turno. Cumplido el trámite, regresó al establecimiento, pero al entregar los documentos, el vendedor le dijo rotundamente: “Estos modelos no sirven porque no están foliados”.

Al borde de un ataque de nervios, la doctora se adentró en una fuerte discusión con el vendedor, quien sólo respondía: “Sin foliar no sirven”. Hasta que enfurecido por las recriminaciones, lanzó sobre ella los modelos de factura, así que nuestra amiga tuvo que regresar a la Empresa Municipal de Víveres y suplicar que se los foliaran.

De vuelta, el vendedor le dijo: “Se las voy a aceptar, pero conste que es por hacerle un favor, porque esto es una violación”. Fue entonces cuando alguien  recordó a la doctora que también debía comprar los tornillos para sujetar las tejas de cinc, pero al pedírselos al vendedor, éste le aclaró que en ese momento no tenían y que para comprarlos debería hacer de nuevo la cola.

Abrumada, la doctora alquiló un coche y trasladó las tejas hasta su casa. Allí me la encontré llorando. Una vez calmada, me contó la historia. Le pedí autorización para escribirla y me la concedió con esta condición: “Escríbela, pero no pongas mi nombre, porque ya me hice ciudadana española, a ver si vuelo de una vez y dejo atrás todo esto”.

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