Robertico Robaina

Robertico Robaina

De la cumbre política al éxito económico. Los de arriba, como él, nunca se caen del todo

PINAR DEL RIO, Cuba, marzo, 173.203.82.38 -Hace unos días viajé a La Habana con un amigo. En horas de la tarde y a punto del regreso a nuestra provincia, fuimos a un sitio de la capital con la idea de reparar fuerzas y dar tiempo a la hora de salida del ómnibus.

Cerca del sitio en que estábamos sentados, un hombre de estatura pequeña era saludado por un grupo de extranjeros. “Parece que el pequeñito tiene buenos contactos con los extranjeros en esta zona”, exclamó mi acompañante cuando se alejaron. Ese pequeñito que vimos –le aclaré yo- se llama Roberto Robaina. Es pinareño, y un día dejó a un lado su tamaño natural y estuvo tan alto como para poder pararse al lado de Fidel Castro.

Teniendo en cuenta la edad de mi compañero de viaje (17 años), con trazos breves y precisos comencé a dibujarle el perfil de Robaina:

Fueron tiempos de gloria para el pinareño más famoso de su época. Cambió la manera de hablar y andar de buena parte de la juventud cubana, rompió más de un esquema, y aprovechando al máximo su habilidad de sujeto inteligente, con todas las concesiones otorgadas, hizo historia, a su modo, y al extremo de colocar a Fidel Castro encima de una tribuna improvisada y a golpe de aplausos, hacerlo saltar, teniendo como fondo los gritos de una multitud de jóvenes que coreaban “el que no salte es Yankee”.

Robaina dejó de ser Roberto para convertirse en Robertico, mediante simpatía autorizada. Alcanzó el número dos en la nomenclatura civil cubana, durante todo aquel período dorado que le duró en los labios “la miel del poder”. Pero la aureola del pequeño elegido comenzó a despertar los demonios en las alturas. Y un buen, día, ante las cámaras de la televisión cubana y de las televisoras del mundo, se anunciaba la designación absurda al hombrecito del momento como canciller del régimen. Era también miembro del Buró Político del Partido de los comunistas en la Isla.

A la sombra del cargo, desanduvo tierras en todos los continentes, estrechó manos nunca soñadas, fue adulado, vilipendiado y objeto de burla por los más viejos en el oficio de la diplomacia, quienes sabían que tarde o temprano la vida iba a demostrar sin falta, que el cargo ostentado por el tipo era demasiado grande para su altura.

Una tarde de julio, en un local escogido en Pinar del Río para efectuarse una actividad política con un grupo de coterráneos, ejercía yo mi antiguo oficio de periodista oficial, cuando Roberto Robaina proclamó, finalizando su discurso: “… somos dignos herederos de nuestros padres, tenemos ese legado…”.

¿A qué padres se refiere?, comenté en voz baja, pues, que yo sepa, en lo único que era bueno el padre de Robertico era en los negocios. Pero, por mucho que bajé la voz, fui escuchado. Dos días después, me citaron para la oficina del director de mi emisora. La inquisición partidista a punto estuvo de lanzarme a la hoguera, alegando como argumento panfletario mi ofensa a la persona del canciller cubano y a sus ancestros.

Lo demás es historia antigua. Me dio la razón la vida, al menos en parte, aunque nadie se ha acercado hasta la fecha a decírmelo, ni en voz baja. Robertico Robaina fue defenestrado de su cargo y condenado al destierro político dentro de Cuba. Ahora es dueño de uno de los negocios más visitados en La Habana, tanto por extranjeros como por nacionales.

“Se le acabó el poder”, dice mi joven interlocutor. Y yo le rectifico de nuevo: lo sigue teniendo, muchachón, sólo que a su manera.

Acerca del Autor

Rafael Ferro

Rafael Ferro

Rafael Ferro, Pinar del Río, l956. Se inició en la radio en el año 1976, en la emisora Radio Guamá, donde trabajó durante 23 años como director de programas. En la prensa independiente trabajó en la agencia Cuba Press y en la página Cuba Free Press. Fundó la agencia Abdala, y actualmente es colaborador de CubaNet. e-mail: [email protected]

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