Reconciliación de rosca izquierda

Reconciliación de rosca izquierda

El régimen debiera comenzar la reconciliación entre los cubanos, con la de sus fuerzas represivas y el pueblo

LA HABANA, Cuba, abril, 173.203.82.38 -Parece que los caciques de Cuba también se han propuesto adaptar a su modelo propio el término reconciliación. De pronto, vemos a sus adláteres de afuera y adentro empeñados en hacernos creer que buscan sinceramente la reconciliación entre los cubanos de allá y de acá. Pero ocurre que para reconciliarnos, primero necesitaríamos estar peleados. Y obviamente, los cubanos de a pie nunca nos hemos peleado entre nosotros. En todo caso, tanto los de allá, como muchísimos acá nos peleamos solamente con el régimen.

Los caciques y sus adláteres debieran empezar por dejar claro el tipo de reconciliación que tienen en mente. Porque si lo que intentan es atraer y acordar los ánimos desunidos de nuestros emigrantes y exiliados, con respecto al poder en la Isla, la reconciliación es fácil, y queda completamente en manos del cacicazgo. Sólo tendrían que renunciar al poder, propiciando el paso a un sistema democrático, con igualdad de condiciones y de participación para todos los cubanos.

En caso contrario, que es el caso, tal vez el régimen debiera concentrarse, por lo menos, en la procura de una posible reconciliación entre sus fuerzas represivas (policía, Seguridad del Estado, tropas antimotines, brigadas de respuesta rápida, delatores, dirigentes corruptos, generales, comisarios políticos…) y el pueblo, dirimiendo leyes y ordenanzas que nos hacen irreconciliables.

Pero como ello no es factible, ya que no se contempla en su modelo de reconciliación con rosca izquierda, entonces nos conformamos con que se concentren en la prevención y en la evitación de que en un futuro los cubanos blancos y negros no necesitemos reconciliarnos. Pues, tal como van las cosas, peligra nuestra armonía, y es por la misma razón de siempre: el prejuicio y la bruta discriminación, condicionados, ambos, por la desidia histórica del régimen ante el asunto.

Mientras ciertos personeros del cacicazgo, autotitulados antirracistas, se conforman con que los estén dejando formular algunas puntualizaciones (siempre en el tono de tímidas sugerencias, dicen que para perfeccionar el socialismo), los negros de aquí tocan fondo en materia de pobreza y falta de oportunidades. Están al borde del colapso social, y están a solas con ellos mismos, enfrentando las consecuencias de un impasse de más de medio siglo en su lucha por el progreso.

A la vez que aumentan las diferencias socio-económicas entre cubanos, un fenómeno en el que, como siempre, los negros tienen las de perder, se va calentando el clima de rencilla y desconfianza y de rechazo a priori ante el otro. De un lado, los perdedores, que se refocilan en la lógica y hasta justa roña, apartados en sus tugurios de mala muerte. Del otro lado, los pobres “ganadores”, que empiezan a mirar hacia abajo por encima del hombro. Y abajo, claro, es donde están los negros, posiblemente más abajo (pero, en todo caso, igual de hundidos) que como los encontró la revolución, hace más de 50 años.

Hay que ser demasiado optimista, o inocente, o ciego para no vislumbrar en este cuadro el germen de discordias –violentas o no, nadie podría predecirlo con seguridad-, que empezaron siendo, sobre todo, de carácter socioeconómico, pero que traen en la base y en la praxi graves implicaciones raciales.

Aunque sea con voz temblante, los personeros oficiales que se autitulan antirracistas debieran aconsejarle al régimen que, si en verdad le interesa la conciliación entre cubanos, no debe desperdiciar su última oportunidad ensayando manipulaciones inútiles, sino aprovecharla en la búsqueda de remedios que ayuden a desenredar los hilos de este drama socio-racial, que ya erupciona a ojos vista, sin que la mayoría de nosotros queramos darnos por enterados.

La peor gestión es la que no se emprende. Por más que resulte imposible hacer en tres días lo que no se hizo en 50 años. Y aun con el agravante de que la conciliación que pretende el régimen no está inspirada por un verdadero deseo de deshacer su propio entuerto, sino por el apuro de disfrazarlo, para seguir medrando a costa de lo que se pregona sólo para que aparezca en las estadísticas.

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Acerca del Autor

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro.

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