Rastreadores de escombros, piratas de hierros torcidos

Los cubanos no dan mantenimiento a sus casas no por un descuido deliberado, sino porque sencillamente no pueden

LA HABANA, Cuba, diciembre, www.cubanet.org -Los derrumbes que han ocurrido en La Habana, cuya frecuencia se ha disparado en las últimas semanas a consecuencia de un par de días de lluvias fuertes, son el resultado de años de abandono por parte del gobierno. De pronto, más personas se suman a los miles que han perdido sus viviendas y sobreviven en un albergue de los poquísimos disponibles, pues este servicio que supuestamente debería garantizar el Estado omnipresente también ha colapsado como otros tantos. Estos desdichados dejan atrás tal vez a un ser querido que quedó aplastado bajo el techo caído, o quizá las pocas pertenencias que los hacían un poco menos miserables.

Ni siquiera las buenas prácticas que caracterizaron a los constructores de épocas pasadas han sido suficientes para evitar que las estructuras terminen desmoronándose. Es que ningún edificio aguanta cincuenta y tantos años con tan solo una mano de pintura mala, si es que se la dan. La economía doméstica, que ya es insuficiente para conseguir el sustento diario, no puede asumir el mantenimiento mínimo que lleva cualquier inmueble. Y las partes más viejas de la ciudad (los municipios Habana Vieja, Centro Habana, Cerro y otros) están llenas de antiguas edificaciones, centenarias algunas de ellas, que han soportado por sí solas un intemperismo tan largo como el gobierno de los Castro. Es algo lógico: algunas cosas se tienen que derrumbar primero que otras y, eventualmente, hasta las piedras más duras acaban por fracturarse.

A falta de un mercado accesible, los materiales para la construcción se consiguen de formas muy poco ortodoxas. Si se trata de productos nuevos, entonces está el comercio ilegal que nace del robo en almacenes y empresas estatales; pero también están los materiales viejos, que son aquellos sacados de entre los escombros de derrumbes.

En esta última cuestión, los cubanos no tenemos la primicia porque en el mundo civilizado de hoy, dado lo caro de las edificaciones enteramente nuevas y el reto ecológico que enfrenta toda producción industrial, ha proliferado el reciclaje de los materiales  también en la construcción. De tal modo que en una demolición casi todo es aprovechado. La gran diferencia es que mientras en otros lugares se emplean equipos adecuados y se observan rigurosamente las normas que regulan los procedimientos, en Cuba la actividad se realiza a la buena de Dios.

En cuanto ocurren los lamentables derrumbes (diferentes de las demoliciones en tanto que  éstas son programadas y controladas) se despliegan brigadas de recuperadores furtivos que salvarán lo que valga la pena a riesgo de su propia vida, si es necesario. Se les puede ver llenos de polvo a estos filibusteros urbanos, con sus vagones o carretillas y sus jibes “para cernir”  los escombros. También están los buscadores de madera de calidad y aceros, puesto que a algunas de las piezas encontradas les bastará con una limpieza profunda para quedar como nuevas. Servirán posiblemente para una barbacoa o para algún mueble que haya que reparar.

De esta forma, la industria de la construcción, la ebanistería y la herrería tienen algo de búsqueda, porque la economía cubana es incapaz de suplir la materia prima necesaria. Son poquísimas, si no inexistentes, las entidades estatales que se dedican a tales actividades: debe ser porque uno de los requisitos fundamentales para este trabajo es la eficiencia, y el régimen ya ha demostrado sobradamente el fracaso en este último aspecto cuando se trata de generar ganancias que no le tocan directamente. Los cubanos no mantienen sus casas no por un descuido deliberado, sino porque sencillamente no pueden.

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