Nanita y la esperanza

Una mujer que no escarmienta ante las ingratitudes del régimen ni el desamor de sus vecinos

CORRALILLO, Villa Clara, Cuba, julio, 173.203.82.38 -Nanita puede ser una de las pocas mujeres cubanas que se ha enfrentado al timón de una combinada cañera y logró doblegarlo felizmente.

Durante sus muchos años de labor, a la par de los hombres más rudos, fue condecorada innumerables veces, hasta conquistar la medalla de Heroína del Trabajo.

Hoy, Nanita se encuentra barriendo las calles de su poblado natal, La Esperanza, al centro de Cuba. Aquella estupenda labor que realizó como cortadora de caña no le sirvió de nada a la hora de que un médico le diagnosticara cáncer en el seno.

Extirpado el cáncer, y luego de haber soportado los rigores de la quimioterapia, Nanita continúa con vida, pero muy mal atendida por el gobierno, a cuyas entidades acude constantemente en busca de ayuda para alimentarse y para el sostenimiento de su casa y su familia.

No obstante, sigue siendo revolucionaria. Es una de las mujeres que más aporta al gobierno de su municipio, ocupándose voluntariamente de diversas tareas en la Federación de Mujeres Cubanas (FMC). Es también la mujer más destacada en labores de Comunales (limpieza de calles), a nivel municipal, por lo bien que atiende la zona que le corresponde limpiar.

El sol avasallador o el aguacero constante no la detienen. Sigue prestando sus servicios con una constancia corajuda. Y al mismo tiempo, desde hace más de cinco años, insiste en rogarle al gobierno que la ayude a construir un piso de cemento en su humilde casita con piso de tierra.

Desde su ingenuidad y mansedumbre a prueba de cañonazos, Nanita espera que algún día se le reconozca, no solo con diplomas y medallas, la labor revolucionaria que ha llevado a cabo, a lo largo de toda su vida.

Pero desafortunadamente para Marta Inés Pérez, alias Nanita, o “la Mariana”, como también le llaman a menudo en su pueblo en referencia a Mariana Grajales, la aguerrida madre de los Maceo, nadie presta oídos a sus dolores físicos, ni a sus reclamos más elementales.

En La Esperanza, pueblito donde la esperanza jamás traspasa los límites de un letrero en la valla de entrada, nadie se explica de qué ésta hecho el corazón de Nanita, quien aún se pasea por las calles con más de doce medallas conmemorativas colgándole del pecho. Sin que parezca preocuparle demasiado, no ya la ingratitud y la indolencia del gobierno, sino el desamor de sus propios vecinos, que tampoco quieren ayudarla, pues su lengua suelta de chivata es más mortificante que el agua que se cuela por el viejo guano que le sirve de techo en su casita.

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