Mi vecino el coronel

A media mañana, el coronel salió a comprar el pan, acompañado de su sonrisa indescifrable

LA HABANA, Cuba, noviembre (173.203.82.38) – Anoche mi vecino el coronel no me dejó dormir. Celebraba una fiesta en su casa. Pasaron las doce, la una, las dos de la madrugada y todavía se escuchaban gritos, fuertes pasos, choques de vasos y música. No las congas de Ricardo Leiva, las canciones de Polo Montañés, del Guayabero, o melodías de la Nueva Trova. Al viejo coronel y a su familia les gusta el rock, el reggaetón y el hip hop. Era lo que se escuchaba a diez cuadras a la redonda.

Seguramente como yo, otros vecinos se extrañaban de tanto jolgorio, y sobre todo, de la música, porque el coronel, circunspecto y serio como el Morro de La Habana, de carácter introvertido y callado, jamás dio la impresión de ser un tipo tan guarachero.

Pero el coronel se divertía de lo lindo mientras sus vecinos, sobre todo yo que vivo frente por frente a su casa, no podíamos dormir de tanto escándalo, y algunos lo veíamos saltar y bailar a través de su ventana.

Los vecinos padecimos la fiesta del militar, resignados porque sabíamos que no había nada que hacer, sólo esperar a que el coronel decidiera darla por terminada. Llamar a la policía, como se acostumbra en el resto del mundo civilizado, hubiera sido una pérdida de tiempo.

Decía mi padre, fallecido en el exilio con más de ochenta años y racista como mucha gente de su época, que “cuando más de dos negros se juntan se forma la de San Quintín”. Me acordé de mi padre entonces, porque en la casa del coronel había más de dos y fue grande lo que se armó. Y eso que su casa es pequeña.

Lo veo todas las tardes cuando sale a buscar sus panecillos crudos y malos de la libreta de racionamiento; compra primero que nadie el pésimo arroz de la casi desaparecida libreta y hace su cola para comprar la bolsita de yogurt  de las pocas que sobran después que las reparten a los niños mayores de siete años, a los que ya les han quitado la cuota de leche de vaca.

A las tres se acabó la fiesta. Di gracias a la vida y me dormí, preguntándome si sería su cumpleaños o el de su mujer, porque ese 29 de octubre, según la prensa, nada especial ocurrió.

A la mañana siguiente a la fiesta el coronel no salió temprano como es su costumbre, con su paso como cansado y lento por la acera, bien uniformado de verde olivo y con sus muchas estrellitas en los hombros  y en la gorra, saludando a algunos  con un ligero y tímido gesto de cabeza y esa sonrisa suya, tan indescifrable.

Acerca del Autor

Tania Díaz Castro

Tania Díaz Castro

Tania Díaz Castro nació en Camajuaní, Villaclara, en 1939. Estudió en una escuela de monjas. Sus primeros cuatro libros de poesía fueron publicados por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y dos por Linden Ediciones Line Press y ZV Lunaticas. A partir de 1964 trabajó como reportera en revistas y periódicos de Cuba y escribió durante ocho años guiones de radio en el ICRT entre 1977 y 1983 y en 1992 y 1993, cronicas sobre la historia de China en el periódico Kwong Wah Po, del Barrio Chino de La Habana. En 1989 y 1990 sufrió prisión por pedir un Plebiscito a Fidel Castro. Comenzó a trabajar en CubaNet en 1998 y vive con sus perros y gatos en Santa Fe, comunidad habanera.

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