Meditaciones sobre un acto público

Meditaciones sobre un acto público

Este acto simbólico, o performance político, pudo haberse llamado, irónicamente, el Observatorio observado

LA HABANA, Cuba, mayo, 173.203.82.38 -No soy un valiente. Por eso decidí quedarme fuera, sentado sobre una baranda de piedra, cuando el grupo del Observatorio Crítico marchó hacia el muro donde está esculpida la efigie de Carlos Marx, en el parque ubicado en la esquina de las calles Belascoaín y Carlos III. Me quedé lejos, mirando a la distancia, donde ni siquiera se podía oír, como si viese una película silente, que sólo rompió su mutismo cuando oí el canto de La Internacional. La invitación pública, hecha para el sábado 12 de mayo, a las 2 de la tarde, no había dado los frutos esperados, o tal vez sí. La tensión era evidente, la jaula estaba preparada: había dos o tres policías en cada esquina del parque, y varios hombres, vestidos de civil, miraban atentamente las acciones del pequeño grupo (que no llegaba ni a veinte personas), y hacían llamadas por su celular.

Este acto simbólico, o performance político, pudo haberse llamado, irónicamente, el Observatorio observado. Gracias a Dios, o a la inocencia del gesto, no fui testigo de un “espontáneo” mitin de repudio, ni de porrazos o detenciones forzosas para un camión de policía. Tan sólo hubo la breve interrupción de un cuadro del Partido ­­–después que alguien llamara a Pedro Campos, apartándolo del grupo, y conversara con él– para decirles, en resumen, que ustedes no están solos (los estamos vigilando), y aquí mando yo, pero se lo permitimos, y es más, hasta los apoyamos (ya que al parecer hablamos el mismo lenguaje); pero no se vayan a pasar de la raya, que ya están bastante cerca. ¿Sino qué sentido tendría la intervención de un “factor”?

Hay varias conclusiones que pueden derivarse de esta pequeña reunión pública, convocada para solidarizarse con el movimiento de los indignados del mundo. La primera es que todos los papeles de la comedia social ya están repartidos: unos son los que mandan, y otros son los que obedecen. Hay un líder histórico, con la potestad irrevocable de guiarnos por los siglos de los siglos; hay una “dirección histórica”, con la capacidad incuestionable de dirigirnos por los caminos de una sociedad más justa; hay un partido histórico, con la facultad indiscutible de orientarnos hacia la moral revolucionaria; y también hay un pueblo, que ya no aguanta más esta historia, y quiere salir del museo, porque no le interesan más las explicaciones de la visita dirigida.

La segunda conclusión está relacionada con el albedrío. El “pecado original” no está en el contenido de la ideología, ni en la forma o el carácter con que se defienda; el pecado original es la soberanía, ya que nadie (del pueblo) es alguien para convocar algo por su cuenta, y fuera de programa. ¿Quién eres tú para hacerlo?, es la pregunta retórica que lleva implícita un profundo nadie. El convocado no puede ser convocante. La oveja no puede convertirse en pastor. Los animales de la granja no pueden asumir el rol de los humanos.

¿Y por qué tanto recelo, por qué tanta acechanza? La respuesta es evidente. El hecho de no pertenecer a una organización tradicional, es un signo de sospecha. Si en apariencia hablan el mismo lenguaje, ¿por qué no se suman? Pero la tribuna es diferente, el contexto social es diferente. Un socialista y un liberal de Centro Habana tienen más en común, que ese mismo socialista y uno del reparto Kohly. Un socialista de guaguas socializa de manera distinta a un socialista de limusina.

Imagenes del acto- Foto tomada de internet
Imagenes del acto- Foto tomada de internet

Uno de los carteles decía “Abajo los capitalismos”. Y en los recodos de esa S cabía un discurso completo. Abajo el capitalismo de mercado, pero también el capitalismo de Estado. Sin embargo, no podían gritar tampoco “Arriba el socialismo”, a menos que quisieran lucir como una caricatura del discurso oficial, como un eco huero y desfasado en el tiempo. El socialismo es hoy una ideología de la liberación reseca, momificada, puede verse su esqueleto, pero sus carnes están muertas, y solamente uno puede imaginar la apariencia de su antigua lozanía.

La situación actual de la ideología de Estado en Cuba me recuerda un cuento que estudié en la primaria. Se trataba que un rey que amaba mucho a su caballo favorito, pero un día éste se enfermó, y el rey –por soberbia, por capricho y por dolor– prohibió que nadie, bajo pena de muerte, le trajese noticias desfavorables sobre la salud del caballo, que para entonces ya había muerto. Entonces un hombre sabio se le acercó y le dijo: “Majestad, su caballo ya no quiere comer, ya no quiere beber agua, ya no quiere levantarse, ya no puede moverse, ya no puede respirar”. “Entonces –dijo el rey–, tú me quieres decir que el caballo está muerto.” “Usted lo ha dicho, su Majestad” –contestó el sirviente. De igual forma, todos saben que el socialismo está muerto, pero nadie se atreve a decirlo, y se siguen utilizando eufemismos y subterfugios, llenos de ambigüedad, como los de “actualizar el modelo económico” (como si fuese posible hacerlo sin “actualizar” el modelo político), y “perfeccionar el socialismo”, cuando sólo se puede perfeccionar lo que ya es efectivo. Mientras tanto, el cadáver apesta cada vez más, y nadie se atreve a convocarle un entierro digno. Se pasea la momia, y todos deben hablar de su vitalidad y frescura.

El Observatorio crítico pretende ser la ortodoxia del socialismo, así como un día la ortodoxia cristiana pretendió regresar al camino recto y verdadero del cristianismo, del cual (decían ellos) se había apartado el catolicismo. Y tal como aquellos se separaron de la pirámide católica, para volver a las mastabas de los antiguos reinos, estos socialistas quieren hacer un retorno a los orígenes puros del socialismo decimonónico, cuando todavía no se había convertido en una ideología de Estado. Pero no puede borrarse la historia de las palabras, así como no pueden borrarse todas las manchas de la ropa. El fascismo, tanto como el socialismo (aunque éste lleve los apellidos de utópico, científico, o real) se referirá siempre a unos horizontes hermenéuticos e históricos muy concretos. Ni siquiera llamarlo democrático lo salva de su carga autoritaria, pues la democracia también es un concepto polémico. Sin embargo, como hay que elegir un lema que los distinga, propongo que sea, más que el reclamo de un sistema político, o la oposición a otro, el reclamo de un derecho, que puede vestirse de muchos nombres: más libertad, más soberanía, más autonomía.

Y como no se sabe aún hacia dónde evolucionará el Observatorio crítico: hacia un partido político, una cátedra neo-marxista (o post-marxista), o tal vez hacia una cooperativa hippie, ecológica, industrial, o maoísta, les recomiendo que sean moderados pero firmes, y sólo se comprometan con su ideal, y con su derecho a ser lo que quieran ser.

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