Los últimos mandarriazos

Los últimos mandarriazos

Al ratificar que no renunciará a la tiranía de partido único, el régimen asegura su derrumbe

LA HABANA, Cuba, febrero, 173.203.82.38 -Son muchas las cosas que están derrumbándose en La Habana por estos inicios del tercer milenio. Aquí nos gusta creer que se caen solas, bajo el peso de la vejez. No es verdad, y no es de gran ayuda creerlo, pero nos sirve como lenitivo contra los retortijones de la conciencia. Ya que ante la ley de la naturaleza es inútil hacer algo que no sea esperar, esperamos, elevando los ojos al cielo.

El más reciente de los derrumbes no metafóricos fue el del inmueble donde estuvo el teatro Campoamor, todo un símbolo de la cultura popular habanera en épocas idas, como ya se ha dicho. Tenía 91 años, edad que lo ubica entre las más viejas de las 3.200 edificaciones no metafóricas que han sufrido derrumbe total, y las más de 10.000 derrumbadas parcialmente, en los últimos tiempos.

En ninguno de estos desmoronamientos la naturaleza actuó sola. Como también se ha dicho, el indolente abandono de varias décadas, por parte del gobierno, y la desesperada pero irresponsable pero suicida pero irremediable acción de sus moradores, le allanaron el paso, en forma casi siempre determinante.

Ello indica que aunque nos gusta acreditarle el muerto a la vejez, en realidad corre por nuestra cuenta en sustancial medida, sobre todo a la hora de dar el tiro de gracia.

Pero esto es así únicamente cuando se trata de los derrumbes no metafóricos. Ante el lento derrumbe de nuestro caciquismo de estado, con sus paredes de doctrinas mohosas y sus columnas idiosincráticas reducidas a heces de comején, nuestra actitud es otra, digamos como la de Penélope: destejer lo tejido, sin perder la ilusión ni la calma, pero dándole tiempo al tiempo, y nada más.

Mucho más viejo que el inmueble del antiguo teatro Campoamor, y muchísimo menos funcional, ya que ni su historia puede ser aprovechada para bien, es el poder totalitario de partido único. Sin embargo, los habaneros, los cubanos continuamos sin mover un dedo para socavar sus pilotes, al menos conscientemente.

Y eso es malo, porque tampoco las edificaciones metafóricas suelen caerse solas, bajo la simple tara de los años. Lo bueno, en cambio, es que de la misma forma en que nosotros incidimos en los derrumbamientos no metafóricos, los propios caciques están precipitando resueltamente su metafórica caída.

La reciente declaración del general presidente y primer secretario del partido comunista de Cuba, ratificando que no renunciarán a la dictadura de partido único, para no hacerle el juego, dijo, a la demagogia y la mercantilización de la política, viene siendo para los podridos pilares de su régimen como los mandarriazos con que los pobres sin casa de La Habana tumban tabiques y reblandecen cimientos en los vetustos inmuebles no metafóricos, buscando oxígeno para sus barbacoas, u oquedades por donde arrojar sus excrementos a la calle.

Senectus ipsa est morbus, escribió Terencio, lo cual significa (más o menos) que la vejez es una enfermedad incurable. Algo que en sí mismo no hay por qué lamentar, en tanto constituye una mera regla de la vida. Lo lamentable, por ridículo y contranatural, ocurre cuando el carácter incurable de la vejez resulta asumido como un último chance por quienes se creían predestinados a ser eternos.

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José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro.

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