Los cofrades

Los cofrades

Cayo Lara encaja que ni hecho a molde para el prototipo de la cofradía: descerebrado, falsario y feo

LA HABANA, Cuba, noviembre (173.203.82.38) – ¿Por qué serán tan feos? No debe ser normal que todos se parezcan tanto entre sí, provengan lo mismo de Europa que de América. Como si estuvieran hermanados por la sangre y no por esa especie de descerebración endémica que sufren, o por el entusiasmo que los trae a La Habana (con los gastos pagados), ilusionados por hablar ante las cámaras de televisión y con la esperanza de que al fin conseguirán que alguien les haga la caridad de escucharlos.

Son los cofrades internacionales de nuestro cacicazgo, el rastrojo de su cosecha: estalinistas y trotskistas en estado puro (de pura putrefacción), o grises vaciladores de la vida, prestos a hacerle la pala a cualquier ideología retrógrada y perdedora pero con la solvencia imprescindible para costear su complicidad.

Hace pocos días, Cayo Lara, coordinador general de la rancia coalición de comunistas españoles de Izquierda Unida, disparó un par de sandeces acerca de los presos políticos cubanos, y acto seguido hizo públicos sus deseos de visitarnos. Está claro que no quiere perderse su tajada del pastel. Y no se la perderá, seguramente. A esta hora ya debe haber sido invitado. Porque encaja que ni hecho a molde para el prototipo de la cofradía: descerebrado, falsario y feo.

Tendríamos que parafrasear a Martí, respecto a lo hermosos de cuerpo que se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria. Pues, parece que del mismo modo se vuelven feos los que persisten en esclavizarla, además de sus cofrades internacionales. Y no sólo los hombres. Conste que también las mujeres. Con todo y la rareza que implica hallar a una mujer completamente fea, es decir, por dentro y por fuera. Excepto en el caso de las cofrades. Puesto que a ellas la fealdad les viene de adentro (del retorcimiento espiritual y a través del discurso dogmático y crispado) hasta que termina explotándoles en la cara.

Para completar, cuando más feos se ponen es cuando hablan. Sus chácharas en el programa Mesa Redonda, condimentadas con los memos balbuceos de Randy Alonso, provocan el mismo efecto que si obligaran al televidente a tragarse un sapo.

Lo único que resulta igual de raro -o todavía más- que esa fealdad que los hermana, es la inexplicable contorsión visual que contraen todos apenas aterrizan en el aeropuerto de La Habana. Es un mal que impide a sus pupilas abrirse para dar paso a la luz, o a otra luz que no sea la de las postales turísticas que previamente les repartieron a domicilio las embajadas del régimen.

No por condescendencia, que en buena ley no se la debemos, pero al menos por sentido común, habría que suponer que no todos sean tan ciegos como para venir al pueblo y no ver las casas. Ni todos tan lerdos para no distinguir el abismo entre lo que cuentan los voceros del régimen y lo que comenta la gente en las calles. Así que unos serán ciegos, otros lerdos, y el resto ambas cosas a la vez.

Luego, para más inri, parece que estamos en época de zafra, pues nos están cayendo por racimos.

Sumido en el último naufragio con todos sus argumentos a bordo, al régimen sólo le queda vocear contra el imperialismo yanqui (lo cual pudiera ser un argumento, pero en su caso no pasa de celada oportunista y demagógica). En tanto, el coro está a cargo de sus cofrades de Europa y América, quienes, encima de ser ciegos y lerdos, han asumido la aburridora misión de ser monotemáticos.

Éramos pocos y parió la abuela, como dice el dicho. Si por lo menos no fueran tan feos.

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José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro.

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