La palabra revolución

Castro dio un nuevo giro al discurso revolucionario, combinando el lenguaje populista con el antinorteamericano tradicional

LA HABANA, Cuba, enero (173.203.82.38) – Muchas han sido las definiciones que se han dado a la palabra revolución; pero ninguna abarca lo que el concepto encierra en toda su amplitud.

Desde que en 1642 se produce en Inglaterra la primera de las revoluciones liberales (replicada después en Europa y América), se aceptaba que una revolución implicaba el establecimiento de ciertos cambios más o menos radicales que afectaban el estatus socio-político vigente en el país en el cual se producía.

La Revolución de Octubre, de 1917, la subsiguiente toma del poder por los soviets, y la constitución en 1921 de la URSS, conllevaron a una nueva definición del término revolución, ahora con el apellido “socialista”. Revolución Socialista, implicaba ruptura del orden socio-económico-político existente, que sería sustituido por la “dictadura del proletariado” donde, hipotéticamente, todo era de todos. Aunque en la práctica una “nueva clase” se apropiaría de los recursos de la nación, garantizando así su perpetuación en el poder.

En enero de 1959, el triunfo de la revolución cubana llevo al poder a Fidel Castro, quien apostó por el modelo político unipartidista soviético, pero con características tropicales, distintivos de una nueva doctrina: el castrismo, cuyo proyecto ideológico se caracterizaba por una vuelta al estalinismo y el culto a la personalidad como política de estado. El castrismo gobernó por decreto hasta 1976, fecha en que se aprobó la nueva Constitución. A diferencia de la soviética, la institucionalización cubana preservó la denominación de “revolución” para identificar al proceso castrista; estableciendo una constante relación entre Fidel, patria y socialismo.

Castro dio un nuevo giro al discurso revolucionario, combinando el lenguaje populista con el antinorteamericano tradicional, matizándolo con la imagen del pequeño David asediado por el gigante Goliat. Este discurso sedujo a los  intelectuales jóvenes de la década de los 60.

El derrumbe del llamado campo socialista y la ulterior desintegración de la URSS, trajeron evidenciaron el fraude marxista-leninista, y lo anacrónico e insustancial de su discurso.

El régimen de los Castro logró sobrevivir a la debacle socialista debido a sus fuertes métodos represivos, el estricto control de la información y las instituciones. No obstante, la imagen del “joven e idealista caudillo revolucionario”, y la falacia de los logros de la revolución, quedaron irreparablemente afectados.

Probablemente, dentro de unos años, cuando se le pregunte a un joven cubano el significado de revolución, ni sabrá responder la pregunta, para él será solamente “una palabra”.

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