La palabra maldita

El sacrificio, implantado por quienes jamás sufrieron sus rigores, instituyó el delito como nueva tradición de los cubanos

LA HABANA, Cuba, abril, 173.203.82.38 -Cuba es un país en caos delictuoso, donde se cultiva la transgresión de la ley como práctica corriente, orgánica, desde altos y bajos fondos articulados en dos estratos que hoy se entremezclan, complementándose, debido a la crisis sistémica.

Y la culpa de todo, digámoslo así, la tiene una palabra: sacrificio. Su significado latín de hacer sagradas las cosas le cayó del cielo a la dictadura para imponernos el hambre y la total miseria como conductos sacrosantos para la conquista de un futuro, que es como la verja, mientras más cerca, más lejos.

Al final, por el conducto sacrosanto nos vino justamente el origen de esta muy grave falla antropológica que ahora marca nuestra identidad, la cosa nostra cubana.

En la historia de las últimas décadas, el trapicheo y el cambalache ilegal no dejaron de ser nunca palancas para el socorro de la gente de a pie. Lo que menos importaba es que desde lejos nos dieran cero en urbanidad y aun en comportamiento civilizado. Quizá en Helsinki o en Tokio resulte moralmente inadmisible (además de inaudito) que un empleado se robe dos pollos en el mercado donde trabaja, uno para la comida de su familia y el otro para venderlo con el fin de cubrir otras urgencias. Pero, en Cuba, antes de evaluar la implicación moral del acto, se impuso comprender que era imperativo de supervivencia.

Así empezamos. Y es lo dicho, no era malo completamente, aun cuando tampoco fuera bueno. Lo malo consistía en que, casi sin querer, estábamos trenzando, desde abajo, los primeros hilos de este entramado facineroso que hoy nos enreda a todos en la Isla, sea como actores activos o copartícipes pasivos.

Desde abajo, he dicho, porque desde arriba el entretejido de nuestra plataforma mafiosa se trenzó mucho más atrás, en las propias bases del surgimiento de Cuba como nación. Sólo que con el gobierno revolucionario alcanzaría estatus de mal endémico, omnipresente e irremediable, donde la corrupción económica, el nepotismo, el fraude y el violento abuso de la fuerza bruta dejaron de manifestarse a través de casos puntuales, más o menos abundantes, para ser la esencia misma del poder, su esencia delictiva.

Por arriba, el entretejido de esta cosa nostra a escala nacional obtuvo sus primeras puntadas en los propios inicios de la revolución. Mientras que por abajo, nos vimos obligados a degenerar, atrapados en la red de un totalitarismo arrasador de bienes y valores, que nos impuso el delito como derivación del sacrificio.

El sacrificio, dispuesto, implantado y férreamente controlado desde arriba por quienes jamás lo asumieron para sí, nos inoculó el acto delictivo como parte de nuestra idiosincrasia, de nuestras nuevas tradiciones. Mientras, en los bajos fondos del poder la corrupción ya estaba a cargo, con mando absoluto y sin contrapartidas institucionales. No es que en otros países y sistemas no exista, pero generalmente suele darse como excrecencia, en tanto en Cuba se ha hecho esencial como representación del poder, al tiempo que entre la población común sustituyó al trabajo y a sus agentes naturales, la eficacia económica, la producción de bienes y la formación de valores morales y espirituales.

Así, pues, hoy, vivimos en un país de manos arriba y todos al suelo, y, según parece, nuestra inminente inserción en (digamos) la democracia, lejos de subvertir tan vergonzoso cuadro, en los primeros años al menos será campo fértil para su afianzamiento. Si el totalitarismo incubó el patógeno, un sistema democrático lastrado con todas las taras del subdesarrollo vendrá a ser su ideal caldo de cultivo.

No obstante, algo ganaríamos si, aunque fuese para empezar, obligáramos a los políticos del futuro a desechar de su vocabulario esa palabra maldita: sacrificio.

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