Interrogantes de Rosalía

El drama de una mujer sin memoria y un hombre sin derecho a la jubilación

PUERTO PADRE, Cuba, diciembre, 173.203.82.38 -La demencia senil le robó los recuerdos. Pero a veces, cuales destellos, a su cerebro acuden interrogantes sin respuestas. Se llama Rosalía y tiene 81 años.

Por esas paradojas del destino, vive en el número 33 de la calle Itabo, de la oriental ciudad de Puerto Padre.  Es como si la edad de Cristo o la sangre de los indígenas  asesinados  por  momentos vivieran en ella.

Pasa de la enajenación al  estado de vigilia, alerta desde que, hace un año, la trabajadora social del Consejo Popular Número 2 vino a retirarle su chequera. Mediante ese acto cancelaban el expediente de asistencia social número 15180.

A cambio de dar a la nación la vida útil de su marido, de parir 2 hijos para que sirvieran de soldados a la patria, de alumbrar una  hija  para  que  fuera  mujer de un confidente, y de cuidar 6 nietos y 4 biznietos para que cada mañana gritaran: Pioneros por el comunismo, seremos como el Ché, a Rosalía le daban 158 pesos (8 dólares) al mes, suprimidos de un plumazo por el Gobierno, para que su familia, la que tanto había ayudado a sostener al gobierno, la sostuviera a ella.

Por esas raras coincidencias del destino, la noche de noviembre de 1956 en la que Fidel y Raúl Castro abordaron en México un  yatecito para venir  a hacer “justicia social” en Cuba, ella, Rosalia, parió un soldado.

Cuando en enero de 1959 Fidel Castro entró  a La Habana sobre un tanque de Guerra, su marido Alberto ya tenía acumulados17 años de trabajo, según consta en la Caja de Retiro de los Trabajadores Azucareros.

Luego vendrían las Zafras del Pueblo, en las que cada media noche Rosalía se levantaba a preparar el macuto para que su marido se fuera a trabajar bien alimentado en los cañaverales del pueblo.

En 1966, puestos a elegir entre proseguir trabajando con el Estado o ser campesinos independientes, Rosalia y Alberto optaron  por  permanecer  afincados en su terruño. Y así fueron a parar en saco roto los 23 años de trabajo acumulados por Alberto en la Caja de Retiro de la Industria Azucarera.

En Cuba, los campesinos individuales no tienen derecho a retiro, pese a pagar impuestos,  y deben ahorrar para la vejez durante décadas, algo imposible dado el monopolio ejercido por la empresa  estatal de Acopio con su listado oficial de precios.

“¿Cómo ahorrar para la vejez  si  nos pagan 6 pesos con 50 centavos (30 centavos de dólar) por 100 libras de pepinos, o 9 pesos con 90 centavos (40 centavos de dólar) por 100 libras de lechugas o de pimientos?”, rezonga Alberto.

Rosalía lo mira. Es como si Alberto fuera la visión de los años idos. Sus ojos claros sólo reflejan ausencia.

“Dice el Presidente Chávez que a las 3:00 de la tarde le toca tomar yogurt”, comenta ahora Alberto, sin que venga al caso. Y a continuación, añade: “Tiene suerte. Nosotros no desayunamos hoy, porque dice el lechero que no hay leche”.

“¿Habrá mañana?”, pregunta Rosalía con un gesto  inescrutable.

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