Inmunes a la desilusión

Inmunes a la desilusión

La fe inquebrantable de los convencidos no necesita de milagros: les basta con las consignas y los estribillos

LA HABANA, Cuba, noviembre, 173.203.82.38 -No salgo de mi asombro cuando escucho a algunas personas  que dicen seguir siendo “revolucionarias”, hablar con una convicción que parece impermeable a todos los desencantos, las mentiras,  los desastres y el país que se nos cae literalmente a pedazos.

No me refiero a los dirigentes y funcionarios. ¿Qué van a decir esos tipos? Tampoco a los peloteros que dedican sus triunfos a Fidel y la revolución mientras buscan el modo de eludir a los segurosos y pedir asilo en cualquier lugar del mundo donde los lleven a jugar. Ni a los artistas e intelectuales que se cambian por un viaje al exterior, una exposición, un libro publicado o un premio nacional; de ellos se puede esperar cualquier payasada para complacer a sus tacaños mecenas.

No hablo de los simuladores, que con sus dobles y triples morales, que en realidad equivalen a ninguna, es la fauna que más abunda en la sociedad cubana. Hablo de los incondicionales, los convencidos, los “a prueba de todo”.  Por increíble que parezca, todavía los hay. Aun hablan como lo hacían 50 años atrás ellos o sus padres, en los tiempos de las trincheras, las caminatas milicianas de los 62 kilómetros, las subidas de los no sé cuantos picos, con las botas rusas puestas y los pies llenos de llagas, cuando decían  estar dispuestos a morir por la revolución, con el nombre de Fidel en los labios.

La pregunta no es cómo se podía ser tan comunista y tan picúo, sino cómo se puede seguir siéndolo a estas alturas. Como si no hubiese pasado el tiempo o ese tiempo lo hubiesen pasado en un capullo, inmunes a la desilusión.

Sabemos que es muy duro dar el brazo a torcer, reconocer que se dedicó la vida y todas las energías a algo que no sirvió,  pero no hay que exagerar…

Peor son los  que reconocen que no sirvió de nada, pero afirman que no se pudo hacer de otra manera, que tuvo que ser así y que ahora es demasiado tarde para bajarse del mulo, que vamos a ver cómo se arregla, si es que se arregla…

Cuando se habla  con los convencidos, los pocos que quedan, no escuchan lo que no les gusta escuchar, ni ven lo que no es conveniente ver porque  flotan a kilómetros del suelo y su prosaica realidad, con la vista fija en el futuro.

Los convencidos tienen la versión de lo que ocurre en el mundo según el Granma, la Mesa Redonda, el Noticiero de la TV y los programas expurgados de Telesur que ponen por un canal de la TV cubana a la misma hora de la telenovela. No ven lo que ocurre a su alrededor porque miran desde una nube hecha de ingenuidad y fanatismo que desmiente cualquier otra razón que no sea la que les inculcaron. Y si ven algo malo, siempre tienen una explicación: Fidel no lo sabe, es por culpa de los  indisciplinados, los corruptos, los burócratas, el bloqueo yanqui…

Su fe inquebrantable no necesita de milagros: les basta con las consignas y los estribillos. Hablan de la sangre derramada y los sacrificios hechos para construir una sociedad mejor, que dicen estar dispuestos a perfeccionar, aunque nos pasemos varias generaciones más en ese empeño.  Están convencidos de que tienen la razón de su lado. Les  duele y les resulta increíble que alguien pueda cometer el error de tener una opinión que difiera unos milímetros de la de ellos, que es exactamente la misma de los Jefes.

Y uno no sabe si tenerles lástima o pegarles con un bate de aluminio, a ver si despiertan de una puñetera vez.  Parece que nunca habrá forma de hacerles comprender cuanto nos han jodido la vida,  y se la han jodido ellos mismos,  tan puros, tan candorosos,  tan idealistas, tan desinformados, tan tontos…

luicino2012@gmail.com

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