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Miércoles, 28 de septiembre 2016

Hojalatero

A pesar de varias gestiones de su mamá en varios centros de trabajo, no logró que se lo aceptaran como aprendiz, por ser menor de edad

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LA HABANA, Cuba, diciembre (173.203.82.38) – Michel es un joven frustrado, de esos muchos que encontramos a lo largo y ancho del país. Fue tan incomprendido de adolescente, que se convirtió en un rebelde. Él mismo se bautizó como “el loco”. Anda con su carretilla recorriendo las calles en busca de algo que hacer, para ganarse unos quilos y comprar su “jama” y la de la “pura”. Es noble, pero no tonto; también respetuoso y diligente. Para los ancianos y desvalidos tiene un trato especial: los ayuda a cruzar la calle, les carga las jabas. Siempre lo acompaña Canelo, su perro, que unas veces anda a su lado, y otras va montado en la carretilla.

Dice la madre que a Michel no le gustaba estudiar. No copiaba las tareas, conversaba mucho, jugaba, se fajaba, no repetía los lemas, botaba la pañoleta de pionero. Pero aún así ella logró que terminara la primaria, aunque repitió el sexto grado. Cuando comenzó en la secundaria las cosas empeoraron. En lugar de estudiar, se escapaba a casa de Melquiades, un viejo hojalatero que vivía cerca. Allí se le iban las horas mirándolo trabajar. Un día se apareció en la casa con una vieja tijera de cortar lata que Melquiades le regaló.

Melquiades no lo podía tener en la casa, porque el jefe de sector le llamó la atención. Aún así, de vez en cuando le regalaba algún material sobrante, con el que Michel se ponía a inventar en la casa, poniéndole asas a las laticas, haciendo espumaderas, etc.

Pero los problemas siguieron. Citaron a la madre al departamento de atención a menores de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) debido a las ausencias a la escuela y su mal comportamiento. Le levantaron un acta de compromiso para obligarlo a estudiar. Esto lo alteró mucho. No se cansaba de repetir que él quería trabajar, que todo el mundo no podía ser médico, ingeniero ni técnico.

A pesar de varias gestiones de su mamá en varios centros de trabajo, no logró que  lo aceptaran como aprendiz, por ser menor de edad.

Michel nunca pudo aprender el oficio que quiso. Hoy, lo único que queda de aquella vocación son los arreglos que realiza en algún que otro cacharro de su casa, o en la de algún vecino. Y sus ratos libres, que son muchos, los dedica a beber ron.

Acerca del Autor

Gladys Linares
Gladys Linares

Gladys Linares. Cienfuegos, 1942. Maestra normalista. Trabajó como profesora de Geografía en distintas escuelas y como directora de algunas durante 32 años. Ingresó en el Movimiento de Derechos Humanos a fines del año 1990 a través de la organización Frente Femenino Humanitario. Participó activamente en Concilio Cubano y en el Proyecto Varela. Sus crónicas reflejan la vida cotidiana de la población.

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