Hermanas Giralt

Incongruencias de prensa oficial sobre crimen de las terroristas revolucionarias

LA HABANA, Cuba, junio, www.cubanet.org -El 15 de junio pasado se conmemoraron 57 años de la muerte de las hermanas Lourdes y Cristina Giralt Andreu, dos jóvenes (de 22 y 28 años, respectivamente) nacidas en la ciudad de Cienfuegos. Ambas se dedicaban al trasiego de armas para el Movimiento 26 de Julio, que comandaba Fidel Castro, y además a la venta de bonos, a distribuir propaganda revolucionaria, y a recaudar medicamentos para la guerrilla que luchaba contra el Ejército de Batista.

Analizados decenas de recortes de prensa sobre su muerte, podría comprobarse fácilmente que los periodistas que narran el crimen de aquel 15 de junio de 1958,  no se ponen de acuerdo en cuanto a cómo ocurrieron realmente los hechos.

A través de la lectura de esos recortes, sacamos en conclusión que aquel fatídico día, los policías de Batista llegaron en el momento equivocado al edificio de la calle 19 y 24, en El Vedado, donde vivían las hermanas, y que si se ensañaron con ellas al verlas allí, sus razones tendrían, por más que ninguna persona debiera tener suficientes razones para matar extrajudicialmente a otras. Una de esas razones pudo ser que, como las hermanas Giralt eran literalmente de armas tomar, se enfrentasen a la autoridad con valentía.

En un apartamento contiguo al de Cristina y Lourdes (aunque ellas lo desconocían), se alojaban los revolucionarios Eduardo García Lavandero, Faure Chomón y Enrique Rodríguez Loeches, quienes, dos días antes, habían intentado asesinar al Ministro de Gobernación, y que al saberse descubiertos, habían cambiado de domicilio. A ellos era a quienes buscaba la policía, y no a las hermanas Giralt.

Es lógico pensar que éstas, probablemente armadas, al creerse descubiertas, se enfrentaron a los guardias. También es lógico suponer que la policía pudo percatarse de que las muchachas se delataban por su comportamiento, nada natural.

La verdadera historia es que se trató de una fatal coincidencia. Lourdes y Cristina fueron muertas a tiros por la policía sin haber podido entrar a su apartamento. Unos periodistas cuentan que sus cuerpos fueron lanzados salvajemente a puntapiés por las escaleras del edificio, ante la vista de los vecinos. Otros, que ocultos los cadáveres en sábanas, se colocaron en uno de los carros patrulleros.

Pero una verdad es innegable: las tareas clandestinas del Movimiento 26 de Julio, compuestas por actos terroristas de toda índole, eran vigiladas y perseguidas muy de cerca por la policía de la dictadura batistiana. Fue, nadie puede negarlo, una guerra entre revolucionarios y la autoridad policial, desde que los estudiantes universitarios comenzaron lanzando gritos contra Batista, luego, piedras, y por último, tiros.

Todos los conspiradores endosan una lista de nombres no tan numerosamente exagerada como se dice hoy. Incluso, las mujeres víctimas de la policía, tal vez no llegasen a diez. Y los hombres, no pasaron de doscientos.

El Museo de las hermanas Giralt, fundado –tardíamente- el 16 de noviembre de 1984, lo integran doce trabajadores dedicados por entero a la investigación histórica de los seis años que duró la lucha clandestina contra Batista. Es sorprendente entonces que no hayan explicado bien a los periodistas cómo ocurrió el asesinato de Lourdes y Cristina, mientras en la prensa ni siquiera se ponen de acuerdo para escribir correctamente el apellido Giralt.

Miente el periodista Pérez Betancourt, del periódico Granma, órgano nacional del Comité Central del Partido Comunista, cuando al escribir sobre las hermanas Giralt, dice que fueron veinte mil aquellos mártires clandestinos.

Es de todos conocidos que Miguel Ángel Quevedo vivió exiliado en Venezuela desde 1960. Fue el director de la Revista Bohemia. El mismo día que se suicidó, el 12 de agosto de 1969, redactó una carta donde aclara que fue el periodista Enrique de la Osa quien inventó la cifra de los veinte mil muertos, y que por él aceptar esa mentira, su conciencia no lo dejaba vivir en paz. Enrique de la Osa, quien sustituyó a su jefe cuando éste marchó de Cuba, continuaría repitiendo la misma mentira, de acuerdo con los planes de Fidel Castro.

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