Guillén Landrián: un pasado reciente del que sentimos miedo

El concluido Festival del Nuevo Cine Latinoamericano permitió el reencuentro con el cineasta cubano prohibido

LA HABANA, Cuba, diciembre de 2013, www.cubanet.org.- La obra documental de Nicolás Guillen Landrian  (Camagüey 1938-Miami 2003) es un ejercicio de honestidad. Nunca renunció a explorar lo social diferente. A través de la imagen se asomó a una parte del espíritu de su tiempo e hizo del documental un ejercicio político.

A pesar de ser discípulo del militante cineasta  Santiago Álvarez,  su pensamiento antisistema incomodaba. Siguió los pasos del documentalista holandés Joris Ivens y del danés Theodor Christensen y como pintor admiraba a Wilfredo Lam y a René Portocarrero.

El documental Retornar a la Habana con Guillen Landrián, de los realizadores Raydel Araoz Valdés y Julio Ramos –a diez años de la muerte del cineasta– es una buena oportunidad para mover las sombras que pesan sobre el artista. Este filme reflexivo nos devuelve, con escalofríos, un pasado reciente del cual sentimos miedo.

A través del recuerdo somos testigo de un testimonio inédito. Aún Nicolasito sigue siendo una sombra corrosiva para el poder que lo condenó al ostracismo y a la muerte civil.

Los realizadores ofrecen, durante 34 minutos, el testimonio de Gretel Alfonso Fuentes, su viuda y novia eterna, quien lo trajo de vuelta a La Habana.

Gretel va tejiendo los recuerdos en un testimonio sobre la vida de Guillén Landrián, sus miedos y su amor por la pintura.

El testimonio por momentos se torna incómodo.  Los dolores padecidos por Guillén Landrián producto de su cáncer de páncreas, en el Coral Gables Hospital en Miami, nos cortó el aliento.

Guillén Landrián fue inclaudicable en su rebeldía. Para él era una emoción cruzar líneas peligrosas. Se decidió a no ser ese hombre nuevo y  eso lo pagó bien caro.  En la Universidad de la Habana ingresó para estudiar Ciencias Políticas y Sociales, quería ser diplomático, pero fue expulsado.

Según el poeta Heberto Padilla, “no hay verdadera historia que tenga como fondo una cárcel” y Guillén Landrián fue un huésped del infierno en la época en que nadie escuchaba. Las granjas avícolas de Isla de Pinos, El Morro, La Cabaña, el Combinado del Este y el Hospital Psiquiátrico de Mazorra (donde le daban electroshocks) son algunos de los lugares en los que estuvo recluido.

Sus documentales dejaron de verse. Una gran parte de ellos nunca han sido exhibidos. La censura lo borró de las antologías críticas de los 80. Y en diccionarios de cine fue sistemáticamente silenciado.

Como tantos creadores cubanos, fue víctima de la violencia revolucionaria, humillado, perseguido y silenciado en su propia patria, marcado por las trampas del realismo socialista y la intolerancia.

Fue un enfant terrible que nunca puso en peligro la vida de nadie, pero fue acusado de participar en un plan de atentado contra Fidel Castro, de reunirse con marginales y homosexuales, y condenado bajo los delitos de peligrosidad y  diversionismo ideológico.

Retornar a la Habana con Guillen Landrián alerta a mover las sombras de la vida y obra de este documentalista. También invita a  alumbrar las sombras de otros  realizadores silenciados, como Ramón Peón, Fausto Canel, Eduardo Manet, Néstor Almendros, Orlando Jiménez Leal, Miñuca Villaverde, Nat Chediak, Orlando Rojas y Sergio Giral.

A pesar de libros recientes sobre cine cubano que permiten conocer algo de la vida de Nicolasito, como Una Mirada bajo Asedio, del crítico Dean Luis Reyes,  Los Cien Caminos del Cine Cubano, de Marta Díaz y Joel del Rio,  y Romper la tensión del Arco, del cineasta Jorge Luis Sánchez, las puertas del Instituto de Cubano de Artes e Industria Cinematográficos (ICAIC) no le han dado el lugar que merece a Guillén Landrián, por ser  considerado un  autor maldito, un lumpen e inadaptado, o un  negro chocante y problemático.

Muchos de sus documentales aún permanecen bajo las siete llaves de la censura, incluido su último Inside Dowtown (2001), codirigido con José Egusquiza Zorrilla, en el cual necesitaba comunicar que estaba vivo, y en Miami.

Los documentales   El Fin pero no es el Fin, de Víctor Jiménez y Jorge Egusquiza Zorrilla (2005),  sobre Nicolás Guillen Landrián, aún no han sido exhibidos públicamente en Cuba. Café con Leche, de Manuel Zayas, fue exhibido, sin ruido, en el Festival de Cine Latinoamericano del 2003.

La obra de Guillen Landrián es un catálogo de referencia para bucear en la Cuba revolucionaria. Coffea Arábiga (1968) es su obra más conocida, pero la que lo condenó a la cárcel fue Taller Línea y 18 (1971).

Aun desde la distancia, el artista tiene mucho que decirnos. Su vida siempre será una sinfonía inconclusa.

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