Guaguas buenas volverán con el deshielo

Guaguas buenas volverán con el deshielo

Aunque ha mejorado, el problema del transporte público no se solucionará sin profundos cambios en nuestro país

LA HABANA, Cuba, abril, 173.203.82.38 -Más allá de las estadísticas, es evidente que el servicio corriente de ómnibus metropolitanos de La Habana –los llamados metrobús, y en especial de los P–, ha mejorado. Originalmente, se les dio esa letra porque debían circular en las calles “principales”, en tanto los A debían moverse en los circuitos “adyacentes”.

Es cierto que a veces sorprenden, como la noche en que vi pasar 5 guaguas de la ruta 400, que va de la Terminal de Trenes hasta Guanabo, mientras no aparecía el P5. Sin embargo, cada vez es más extraño esperar más de una hora en una parada de guaguas, a menos que esté la “confronta” (un régimen especial, que comienza después de las 10 de la noche, dura toda la madrugada, y en el cual toparse una guagua es como tener una epifanía).

Según las calcomanías informativas del P5, la confronta dura desde 10:26 pm, hasta las 6:40 am. A lo largo de esas ocho horas, deben hacerse 3 recorridos. La frecuencia promedio en que una guagua debería llegar a la misma parada sería de 2 horas y 45 minutos aproximadamente. Sería mejor que tuviesen una flota de microbuses, más económicos, que pasaran más frecuentemente.

Desde 2008, cuando rodaron por La Habana los últimos camellos, los metrobús chinos y rusos (articulados, que van desde la ruta P1 hasta la P16, además del PC) han modernizado la imagen de la ciudad, y le han dado un mayor dinamismo.

Pero la nueva imagen no ha traído la modernidad completa. Una vez más, los comunistas se equivocan cuando afirman que lo más importante en los países capitalistas y democráticos (es decir, modernos) es el dinero. No, lo más importante es el tiempo. Y aquí, las guaguas están muy lejos de valorarlo. De día, los ciudadanos más sencillos arriban a la parada, con esperanza, resignación o indiferencia. Lo único que saben con certeza es que debe pasar “algo” hoy, y quizás, con la gracia de Dios, llegue una guagua “de a peso” en cualquier momento, como el Mesías.

Nadie sabe con certeza cuándo pasará una guagua de transporte público. Los más proféticos, anuncian una hora, con cierto optimismo. Los más afortunados, tienen 10 ó 20 pesos cubanos para coger un “almendrón” (es decir, un viejo carro americano, que funciona como taxi colectivo), en caso de emergencia. Algunos cautelosos llaman por teléfono al paradero, para saber si va a salir alguna guagua, de esas que van a la periferia de la ciudad, o transitan por el interior de los barrios.

En Cuba, una parada de guagua es una franja de acera al borde de la calle, que puede abarcar cuatro cuadras, dos antes y dos después del sitio “oficial”. Cuando van repletos los ómnibus, o no quieren los choferes que se les “cuelen” por las puertas de atrás, se detienen lejos, descargan los pasajeros, y siguen. Uno de los grandes misterios del transporte público estatal es por qué a veces los choferes, teniendo espacio en los pasillos, no se arriman a las paradas. Quizás vayan apurados, o no estén con ánimo para tumultos y empujones.

Claro que los más aptos pueden correr y alcanzar el ómnibus. Pero esas irregularidades, que estimulan el juego del gato y el ratón, acentúan la norma del “sálvese quien pueda”, desbocada con el Período Especial, cuando era común ver los racimos de personas colgando de las puertas hacia fuera, y el abordaje a un ómnibus recordaba las escenas de piratas asaltando un galeón lleno de oro. Esos vaivenes han motivado la costumbre de que, salvo excepciones, sólo se respete la cola en la primera parada.

Otra de las inconveniencias del trasporte público estatal es su relativa inseguridad. Si se rompe una guagua, bájate rápido y coge lo que puedas. Ni te preocupes por reclamar: perdiste el dinero. Y si se sube un grupo de jóvenes, que comienzan a escandalizar, e intimidar a los pasajeros –en el mejor de los casos, vociferando canciones de reggaetón– deberás soportarlos, y rezar para que no se pongan agresivos. Mientras, el chofer se desentiende del asunto. Yo no le exijo que sea un mártir, o un “guapo”, pero al menos, que se detenga ante la primera patrulla que vea, y les pida ayuda a los policías, a fin de que bajen y multen a los que perturban la tranquilidad y seguridad de los demás pasajeros. Los conductores deberían tener una radio de transmisión, o un teléfono celular, para cualquier urgencia.

Otra de las lecciones que deben aprender nuestros choferes de ómnibus es el concepto de “música de fondo”. Algunas veces, he viajado tapándome los oídos, porque el volumen de las bocinas me atormenta.

No importa que las flamantes guaguas sean chinas, rusas, holandesas, catalanas, o italianas; al poco tiempo, ya se habrán “cubanizado”. Tendrán un aspecto sucio, y marginal. A los graffiti de plumón “Las locotas de la Lisa”, “los inrresistibles” (sic), y “los chicos del sabor”, se añadirá un escenario de vagón de tercera clase, con asientos rotos, sin plástico para sentarse, y los de forro y espuma, destripados; a veces, hasta con cucarachas alemanas que desfilan por las paredes.

Los servicios públicos, como el transporte, no tienen que ser mantenidos por el Estado, aunque este quizás pueda regularlos. Los almendrones (o taxis particulares) son propiedad de sus dueños, y le ofrecen gran servicio a la población.  Lo importante en una sociedad orgánica es la calidad y eficiencia de los servicios, no quien los brinde.

Los problemas del transporte en Cuba se asemejan al calor: algo natural, que no tiene solución. Aunque a diferencia del calor, el transporte luce invariable, rutinario, y no se alivia con el cambio de estación, ya que esta Isla vive en una glaciación política y económica desde hace décadas. El transporte, como tantos otros servicios, volverá a la vida solamente tras el deshielo.

David Canela Piña

David Canela Piña. Nació el 27 de abril de 1981 en Ciudad de La Habana. Estudió en la escuela primaria Fabricio Ojeda y en la secundaria Otto Barroso, ambas en el municipio Habana del Este. Obtuvo la beca para el Instituto Preuniversitario de Ciencias Exactas V. I. Lenin, donde se graduó en 1999. En 2006 se gradua de la carrera de Letras en la Universidad de La Habana, con una tesis sobre la cosmovisión poética del escritor cubano Raúl Hernández Novás. Ha trabajado como editor, profesor de gramática, especialista literario, y ahora como periodista de medios digitales. Durante siete años vivó en Diez de Octubre, ahora vive en el Municipio Playa.

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