Festival y miedo

La actividad se desarrolló en la parte exterior del templo al aire libre, pero dentro del área del santuario

LA HABANA, Cuba, marzo (173.203.82.38) – El santuario del Rincón, lugar donde cada diciembre miles de devotos van a rendirle tributo a San Lázaro, acogió la noche del pasado sábado, 5 de marzo, a la edición número 13 del Festival de Música Cristiana, Eres tú.

Este tipo de encuentro comenzó en 1998 por la parroquia de Quivicán, y se realiza anualmente, aunque en  2010 no se efectuó. En él participan comunidades católicas de varios municipios rurales o suburbanos. Esta fue la primera vez que el santuario sirvió de sede. La actividad se desarrolló en la parte exterior del templo al aire libre, pero dentro del área del santuario. En esta ocasión no hubo sólo música, también hubo miedo, en algún momento pánico.

Mientras cerca doscientas personas que formaban el público, todas sentadas, esperaban el inicio del espectáculo artístico, en el cielo aparecieron luces de bengala, con pequeños intervalos entre ellas. También algunos proyectiles trazadores abrieron surcos a la oscuridad nocturna.

Pero aunque todo eso tiene su propio lenguaje en el mundo militar, nadie allí pareció darle importancia a esas a las “lucecitas”.

Un grupo de danza clásica abrió el festival, luego tocó el turno a un coro de niños. Pero cuando los niños cantaban se escuchó una explosión en la distancia. Casi de inmediato una mujer se puso de pie y comenzó a llamar a viva voz, por su nombre, a una niña. Y entonces se escuchó otra voz: “El polvorín explotó”.

Fue como una orden imperiosa, aunque nadie parecía saber dónde estaba el dichoso polvorín. Todo el mundo echo a correr, unos hacia la iglesia, y otros hacia los costados del templo. Yo estaba entre esos últimos. Pasados diez minutos de la estampida, el padre Sergio, quien había pronunciado lindas palabras de bienvenida a los participantes y asistentes al festival, acudió nuevamente al micrófono, y dijo: “No ha pasado nada. Siéntense que vamos a continuar. Su escuchan alguna explosión son los micrófonos, no se preocupen”.

Profético el padre. Nada más reiniciada la música, y las grandes bocinas emiten un ruido tremendo en forma de estallido. La mujer que estaba a mi lado me apretó el brazo izquierdo con tal fuerza que me dejó dos dedos de su mano marcados; necesitaba descargar  su miedo. Creo que ella todavía no se ha enterado de lo que hizo.

El nerviosismo continuaba. Comenzaron a aparecer teléfonos móviles, sobre todo en manos de mujeres, para llamar a familiares o conocidos, en unos casos para alertar, y en otros para preguntar a los receptores si sabían algo.

Un hombre en bicicleta, vistiendo camiseta y pantalones cortos y calzando chancletas de bañó, apareció en el lugar; de inmediato varias personas se le acercaron a preguntarle si tenía detalles sobre lo ocurrido. “Si eso explota aquí no queda nada. Todo esto desaparece” –dijo. Es mejor que este tipo no hubiera aparecido, pensé.

Las interpretaciones musicales continuaron. En la parte de afuera del santuario se había congregado un grupo grande de personas. Allí se comentaba que habían evacuado a gran cantidad de vecinos de la zona y que a ellos también les habían dicho que salieran de sus casas. Pero nadie parecía saber a qué distancia estaba el supuesto polvorín.

Pasadas las nueve llegó un hombre y dijo en alta voz que los que vivían antes de la línea del tren (yendo hacía Santiago de Las vegas) ya podían regresar a sus hogares. Que el peligro había pasado.

Como estaba un poco distante, le dije a una mujer que estaba delante que preguntara quien era él. Ella preguntó pero fue evidente que no entendió la respuesta, porque de inmediato dijo, extrañada:

-¿Cuarto de qué?

A lo que otra mujer, que escuchó claramente, replicó:

-¡Cuadro del Partido, niña, no cuarto!

Algunos se fueron, pero la mayoría se quedó. Veinte minutos más tarde, el auto de la policía número 820, con dos agentes a bordo, llegó a la escena. A través de un altavoz, informaron que todo el mundo podía regresar a sus casas. Una mujer que estaba con dos niños, preguntó con disgusto: “Ahora es que lo viene a decir”.

Tronó una voz dentro del auto: “Porque ahora fue que nos enteramos”.

El festival concluyó sobre las diez y treinta. Algo después de las doce, la trasmisión de la televisión del canal 6 fue interrumpida y un inusual locutor leyó una escueta nota del Ministerio de las Fuerzas Armadas, informando sobre lo ocurrido.

La prensa escrita publicó la nota el domingo: “Aproximadamente a las 20 horas del sábado 5 de marzo se produjo una explosión en un depósito de municiones de Boyeros, provincia La habana. No se reportaron heridos ni fallecidos. Al producirse el hecho fue activado el Consejo de Defensa Municipal. A las 22.45 horas, fuerzas conjuntas de las FAR y MININT dieron por controlada la situación. Una comisión creada al efecto investiga las causas del incidente”.

El mencionado depósito de municiones colinda con áreas del sanatorio para enfermos de SIDA, conocido como Los Cocos, en Santiago de las Vegas. El santuario del Rincón está a dos o tres kilómetros del sanatorio. El mensajero de la bicicleta tenía algo de razón en lo que dijo.

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Acerca del Autor

José Antonio Fornaris

José Antonio Fornaris

José Antonio Fornaris. Trabajó como periodista, guionista y director de programas de radio en las emisoras Radio Progreso, Cadena Habana y C.O.C.O. Fue secretario de prensa del Comité Cubano Pro Derechos Humanos. En enero de 1998 ingresó en la prensa independiente, a través de la agencia Cuba-Verdad. Actualmente escribe para las páginas digitales CubaNet, Primavera, y los periódicos La Primavera de Cuba, de Suecia y Hospodárske Noviny, de Eslovaquia. También fue miembro fundador de la Asociación Pro Libertad de Prensa (APLP).

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