El viejo mago que hace andar viejos carros

El viejo mago que hace andar viejos carros

Contra toda escasez y desventaja impuesta por el gobierno, un mecánico habanero hace magia

LA HABANA, Cuba, diciembre, 173.203.82.38 -Su fama como mecánico quizás se extiende más allá del barrio habanero de El Vedado. Porque lo cierto es que siempre tiene varios autos dentro y fuera de su taller, esperando por su trabajo. Así que sobran quienes buscan a Rufino el mecánico, el tipo que arregla cualquier cacharro, que siempre está manchado de grasa, desde temprano en la mañana hasta el anochecer. El mago que echa a andar cualquier antiguo automóvil que otros mecánicos dan por imposible.

Y no sólo porque lo diga él, que habla todo el tiempo con su vozarrón bien articulado e indetenible, sin dejar de trabajar.

Su especialidad son los viejos autos norteamericanos, y eso es evidente viendo los que hay a su alrededor. Pero no siempre fue así. Su interés por la mecánica automotriz comenzó a los nueve años y ya a los dieciséis trabajaba en el Ministerio de Industrias, que dirigía el Che Guevara, pero además estudió mecánica en un curso por correspondencia de la National School. Luego trabajó en otros lugares, incluyendo la fábrica de ómnibus Girón, hasta que perdió el puesto, cuando esta fábrica cerró, al principio del Período Especial.

Entonces decidió dedicarse al trabajo por cuenta propia. Una resolución crucial y de duras consecuencias, pues durante muchos años ha tenido que sufrir la falta de ventajas con que el Estado ha tratado a este tipo de trabajador, así como la imposibilidad de comprar herramientas y otros artículos necesarios para su labor. Por no hablar de los impuestos abusivos.

Sin embargo, en los últimos meses, esa situación asfixiante para los trabajadores por cuenta propia se ha aliviado un poco en comparación con los años anteriores, aunque todavía sufren desventajas.

Pese a todo, Rufino confiesa un amor incondicional por su oficio, en las buenas y en las malas. Y ostenta el orgullo indiscutible de que, gracias a la inventiva de mecánicos como él, el terrible problema del transporte de pasajeros en el país no es más grave aún. Además, admira mucho “los viejos autos americanos”, cuya tradición no se perdió ni siquiera durante el auge del campo socialista.

“La importancia de estos carros” –dice, mostrando un Plymouth del año 53 que ahora le ocupa-, “se debe a su fuerza, a una tecnología muy duradera y simple, y a una estructura que puede ser transformada. Son tanques de guerra”.

El auto en cuestión se hallaba desahuciado, y él, después de mucho esfuerzo, adaptando o elaborando piezas, lo ha convertido en un buen automóvil. De hecho, el sesenta por ciento de la carrocería ha sido construida por el propio Rufino, manteniendo fielmente la forma original.

Pero el empeño, el conocimiento y las habilidades no significan mucho sin herramientas, y para conseguirlas muchas veces hay que inventarlas, partiendo de lo que se tenga a mano, después de recoger en los basureros cosas con alguna utilidad, aprovechando cualquier desecho, cualquier pedazo, lo más inimaginable, porque no hay otra manera.

El mago mecánico muestra cómo almacena piezas y herramientas, y restos de ellas, en un aparente caos sobre el suelo del portal de su casa. Mil y un pedazos de hierros oxidados, viejos y que uno diría inservibles. “Todo esto me sirve”, dice Rufino, “con esto echo a andar eso”; y señala los dos automóviles que hay dentro de su taller. “Siempre hay una solución. No hay un carro que yo no ponga a rodar”, asegura.

Rufino tiene ya más de sesenta años, pero tiene la esperanza de que, como dice, “cuando no pueda trabajar más por mí mismo, dirigiré a otros, porque he tenido muchos discípulos que incluso se han abierto camino en otros países”. De todas maneras considera que siempre se puede seguir aprendiendo y que, por el momento, espera seguir haciendo lo que hace, sobre todo si tiene como ayudante a algún mecánico experimentado y con inventiva.

Son muchos los discípulos suyos que se han abierto paso en el extranjero. Rufino confiesa, sin remordimientos y sin un dejo de amargura: “Si me hubiera ido a otro país, creo que hubiera podido alcanzar una vida mejor, con más seguridad”. “Pero entonces dejarías de ser el mago del Vedado”, le digo yo.

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