El papel de víctimas

El papel de víctimas

Jineteras, pingueros, timadores, pillos, ancianitos chivatones, falsas santeras, viejitos disfrazados de Fidel… ¿Y qué queda de nuestra dignidad?

LA HABANA, Cuba, enero, 173.203.82.38 -Con la nueva película del director Daniel Díaz Torres, “La película de Ana”, como en otras muestras de la más reciente cinematografía cubana, uno no sabe si deprimirse, abochornarse o seguir la rutina de volver a reírnos de nuestras vicisitudes y el modo en que las afrontamos. Si es que en definitiva, todo eso no resulta tristemente lo mismo.

En el filme, Ana, encarnada muy convincentemente por Laura de la Uz  -probablemente sea su mejor papel hasta ahora- es una poco afortunada actriz que a cambio de ganarse 500 dólares para comprarse un refrigerador, acepta fingirse una jinetera y contar la mala vida que se inventa en un documental extranjero. Para ello, recurre a la exageración y el regodeo escatológico en nuestras miserias y desventuras.

Es una actitud muy frecuente entre muchos cubanos cuando quieren describir el modo en que viven a los extranjeros. Más aun si esperan  sacar algún provecho que los ayude a paliar su pobreza. Como si con la realidad, dura y fea como es, no fuese suficiente para conmover a cualquiera.

La culpa de eso, en buena parte, la tiene -además de ya sabemos quiénes-, cierto tipo de turista extranjero, que luego de dar por perdida la meca revolucionaria, ahora se deleita con los edificios en ruina,  el exotismo folklórico, la prostitución barata, nuestra dignidad en subasta.

No les basta la literatura del realismo sucio y las películas de jineteras, balseros y freakies que se inoculan el SIDA; necesitan estimular su morbo con  las historias en boca de los perdedores, tan francos y desinhibidos como somos;  luego, si se sienten suficientemente conmovidos, ejercen la caridad, de la manera que es entendida en el Primer Mundo.

No fuimos capaces de construir el paraíso revolucionario, ni siquiera de simularlo, y ahora, para no defraudar a los foráneos, con lo baja que anda nuestra autoestima nacional luego de tanto fracaso, es como si estuviéramos obligados a  complacerlos mostrándonos ante los lentes de sus cámaras, desaforadamente despelotados, sexys, sicalípticos, extremados en el remeneo y la chusmería, en los solares y entre las ruinas, a ritmo de timba y reguetón.  Y siempre recordándoles que necesitamos con desesperación sus dólares y sus euros para no morirnos de hambre.

Del papel de víctimas no se salvan ni siquiera algunos disidentes, que exageran acerca de la represión, como si la verdadera, la cotidiana, la de Seguridad del Estado y las brigadas de respuesta rápida, no fuese de por sí aterradora.  Tampoco los gobernantes, con su gastado discurso del bloqueo y la hostilidad de los Estados Unidos.

Jineteras, pingueros, timadores, pillos de toda laya, ancianitos chivatones y desmerengados, babalaos y santeras de utilería, viejitos barbudos disfrazados de Fidel Castro que pagan licencia de figurantes en la Habana Vieja, artistas que por encargo traicionan a sus musas, fanáticos de la pacotilla, gente desesperada por largarse a cualquier lugar del mundo… ¿Y qué queda de nuestra vergüenza y dignidad?  Porque bastante malparados como pueblo quedamos en esto de sobreactuar constantemente el papel  de víctimas. En nada nos ayuda. Más bien, abochorna.

Cuando dejemos  de posar para las cámaras, lo mismo con la honda de David que con la mano tendida en gesto mendicante, cuando dejemos de tenernos lástima y de querer inspirársela a los demás,  tal vez entonces podamos empezar a resolver nuestros problemas.

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Luis Cino

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956).
Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura.
Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Fue subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.

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