El paladar de Pérez

Pérez, a principios de la década de los ochenta, comenzó a utilizar el garaje de su casa como fonda clandestina, vendiendo comidas y cervezas

LA HABANA, Cuba, marzo (173.203.82.38) – El paladar de Pérez, el más famoso de Jaimanitas, sigue cerrado, a pesar de las nuevas autorizaciones para  operar negocios particulares expedidas por el gobierno.

Pérez, a principios de la década de los ochenta, comenzó a utilizar el garaje de su casa como fonda clandestina, vendiendo comidas y cervezas, pero en una incursión policial contra negocios ilícitos, le decomisaron varias cajas de cervezas,  ron, carne de cerdo, de res y dinero en efectivo. El hombre tuvo que vender hasta el  carro para no ir a prisión, y quedó prácticamente en la ruina.

Con  las aperturas de los años noventa solicitó  una licencia de cuentapropista y abrió otra vez las puertas del garaje, colocó un llamativo cartel, un mostrador de cristal, servilletas, palillos de dientes, una tablilla donde anunciaba sus platos y  un  tocadiscos  con  música  suave  para amenizar la cena. Los clientes comían de pie, porque su licencia no permitía tener mesas ni empleados. Pérez cocinaba, servía, fregaba, cambiaba los discos y conversaba con los comensales.

Una de las cosas que concedieron a Pérez el liderazgo en el negocio de la comida en Jaimanitas, fue que atendía a sus clientes a cualquier hora. Jamás se molestó si lo llamaban de madrugada con un apuro. A la hora que fuera abría el paladar, ponía un disco, calentaba el congrí mientras freía el pollo o el bistec de cerdo (que servía con viandas y ensalada) mientras conversaba amigablemente.

En el año 2000 los  impuestos sobre  negocios particulares subieron hasta el cielo y las multas de los inspectores arreciaron. Santy,  Rosa la del Rumbo, María Gema, Dolores, Margot y Marina cerraron sus paladares, y sólo Pérez soportó con estoicismo el acoso de las penalidades, continuó abierto, prestando a la comunidad sus servicios, aunque  la calidad de la comida decayó. El congrí siempre estaba recalentado, el bistec era tan fino que apenas aguantaba la candela a la hora de freírlo. Un día, en el año 2006,  sin fuerzas para seguir con el negocio, Pérez cerró las puertas del garaje y retiró el cartel.

La pasada semana fui a visitarlo para informarle que estaban abiertos  nuevamente los paladares de Santy, Dolores, María Gema, el de  Rosa, el de Margot y el de Marina, solo faltaba él. La gente en Jaimanitas lo extrañaba. Con la elocuencia de otros tiempos se limitó a decir:

-Ya lo sabía, pero qué te puedo decir. Que reabran los viejos, y que experimenten los nuevos. Para mí, ya el juego se acabó.

Frank Correa

Frank Correa, Guantánamo, 1963. Narrador, poeta y periodista independiente. Ha ganado los concursos de cuento Regino E. Boti, Ernest Hemingway y Tomás Savigñón, todos en 1991. Ha publicado el libro de cuentos La elección

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