El fantasma de Gaddafi

El fantasma de Gaddafi

La imagen de Gaddafi, ajusticiado en plena calle, no deja dormir tranquilos a los caciques de Cuba

LA HABANA, Cuba, agosto, 173.203.82.38 -Debe ser angustioso estar en el pellejo de los caciques de Cuba. Agotadas sus posibilidades de hacer cre√≠ble ante la gente el timo de las reformas, no les ha quedado otro camino que el regreso a las cavernas, lo que es decir al monopolio abusivo e in√ļtil del poder, ligado a partes iguales con una atm√≥sfera de terror que les permita mantener al pueblo en catatonia, por un tiempito m√°s aunque sea.

Lo malo (lo bueno) es que ya no les resulta cómoda la posición del gallo que más canta en el gallinero. La imagen de Muammar al Gaddafi, ajusticiado furiosamente en plena calle, parece haberles aguado la fiesta para siempre amén.

Abismados como hemos estado en los √ļltimos d√≠as ante los detalles de la tr√°gica muerte de Pay√°, no son muchos los que se detuvieron a pormenorizar las inusuales manifestaciones de miedo que el poder pol√≠tico, y muy en particular su brazo represor, exteriorizaron durante las horas de su velatorio e inhumaci√≥n.

De humor negro -m√°s negro pero tambi√©n m√°s irrisorio cuanto m√°s triste el drama- era el talante de la polic√≠a, esforz√°ndose, a su bruta manera, para que nadie participara en una procesi√≥n a pie hasta el cementerio. Era absolutamente obligatorio transportarse en √≥mnibus. Si la prensa extranjera reportara desde La Habana con un m√≠nimo de comprometimiento civilista, ese hecho le habr√≠a bastado para el gran reportaje del d√≠a, en tanto anormalidad que puede ser vista √ļnicamente en Cuba, o en las pel√≠culas de los hermanos Marx.

Justo esa grotesca prohibición de que la gente fuera caminando con sus pies al cementerio fue la que provocó las golpizas y detenciones reportadas. Es obvio que los esbirros habían recibido órdenes precisas. Y también muy fundadas por parte del régimen, hay que decirlo, pues el velatorio tenía lugar ante los predios de uno de los barrios más populosos y más endiabladamente empobrecidos de la capital.

Una chispa, un leve descuido de la jaur√≠a policial, y la cachimba se le llenaba de tierra al r√©gimen. M√°s a√ļn trat√°ndose del funeral de un vecino del propio barrio del Cerro, un hombre humilde, cuyas ideas podr√≠an ser m√°s o menos populares, pero cuya decencia, as√≠ como la valent√≠a con que √©l y su familia soportaron por a√Īos los atropellos del r√©gimen, eran conocidos y respetados por todos.

El respeto ante la decencia y ante la valent√≠a, est√°n entre los muy pocos valores que los cubanos, muy especialmente los pobres, no han perdido a√ļn del todo.

El a√Īo pasado, m√°s de cuatro mil personas, residentes pobres del barrio El Condado, en Santa Clara, se lanzaron a la calle para apoyar las protestas iniciadas por un peque√Īo grupo de opositores, entre los que sobresal√≠a Guillermo Fari√Īas. Ellos acudieron al lugar para impedir el desalojo de una mujer sin hogar ‚Äďembarazada, con dos ni√Īos enfermos-, que hab√≠a buscado refugio en un consultorio m√©dico deshabitado y en total abandono desde hac√≠a¬† 9 a√Īos.

Muy dura se la vio la jaur√≠a policial en aquella ocasi√≥n, pues le gente ni siquiera les dejaba llegar hasta el sitio donde estaban los opositores, para detenerlos. M√°s tarde, el jefe de los esbirros le advertir√≠a a Fari√Īas que estaban dispuestos a cualquier cosa con tal de impedir que ellos convirtieran a Cuba en una nueva Libia.

Y otra vez ahora, durante los sucesos relacionados con el velatorio y entierro de Payá, han vuelto a repetir la advertencia, con lo cual dejan al destape los dos flancos débiles de su poder: el miedo y, sobre todo, el miedo a la explosión de los pobres.

Está el barril lleno de pólvora, que son los ánimos de la gente sufrida, empobrecida y desesperanzada. Está la hoguera, que es el movimiento opositor. Sólo falta que una circunstancia cualquiera haga converger uno y la otra. Luego, para colmo de la intranquilidad de los caciques, está el espectro de Gaddafi.

A los que hemos vivido durante tantos a√Īos con la zozobra de acostarnos cada noche en casa sin saber en qu√© calabazo de la polic√≠a pol√≠tica nos pillar√° el amanecer, nos cuesta poco comprender las circunstancias en que hoy viven y duermen los caciques. Ojal√° que sirva para humanizarlos, al menos un poquito.¬† Despu√©s de todo, el miedo hace m√°s humanas a las personas. A las personas normales, claro.

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