El broche de Juana Bacallao

El broche de Juana Bacallao

A propósito de la historia de un famoso tenor holandés que avergonzó a su pueblo al simpatizar con la opresión

LA HABANA, Cuba, enero, 173.203.82.38 -Muchos dicen -y muchos más lo piensan aunque no lo digan- que quienes nos quedamos a vivir en Cuba, optamos por un modo muy menguado de perder la vida.

Tal vez tengan razón. O tal vez no. Es cuestión de puntos de vista. Los que no tienen razón son aquellos que creen identificar dos tipos dispares de cubanos, desarticulándonos a priori: a un lado, los que se fueron; al otro, los que nos quedamos.

La verdad es que somos tan iguales que hasta quienes han querido escindirnos sucumben ante la evidencia. Y más a la hora de intercambiar nuestras pasiones, súmmum de la miaja patrimonial, surtidoras de una fuerza que nos arrastra juntos, homologados por los genes y por las circunstancias, para bien y para mal.

Nuestro consuelo –o decepción, ya que también depende del punto de vista- es que en eso no somos diferentes a otros pueblos, o no tanto como algunos creen.

Hace pocos días los medios de información daban cuenta del fallecimiento del famoso tenor holandés Johannes Heesters, al cual sus coterráneos no le perdonaron nunca la ligereza de haber cantado en un escenario exclusivo para Hitler.

Fue tal la repulsa de su pueblo, que este artista se vio precisado a emigrar, terminada la Segunda Guerra Mundial. Y sólo 44 años después regresaría a Holanda, para cantar en su ciudad natal, Amersfoort, donde una vez más lo abuchearon.

Claro que no se trata de un caso único. Apenas es el último que la novedad nos trae a colación. Las habas del rechazo apasionado, desde actitudes más y menos justas pero siempre vehementes, se cuecen en cualquier rincón del mundo.

Visto desde esa óptica, tendríamos que ubicar dentro de la media humana la conducta que algunos cubanos de Miami asumen hoy ante las visitas de ciertos paisanos artistas residentes en la Isla, los que, más que cantar (o escribir sus panfletos) en exclusiva para nuestra dictadura, se dedican a hacerle abierta promoción.

No se trata de aplaudir la actitud -desfasada y contraproducente- de aquellos entusiastas boicoteadores de conciertos, dados a sufrir con lo que otros gozan. Pero es comprensible que la valoremos desde el carácter que suele tipificarnos, ya no sólo como cubanos, también como imperfectas criaturas de Dios.

Más estrepitoso a ojos vista, aunque menos publicitado, es que mientras los cubanos de Miami ganaban notoriedad como sujetos recalcitrantes y rancios, debido a este asunto, sus paisanos de la Isla (contra toda tipificación nacional y aun contra toda lógica) nos limitáramos a consentir sin reparos la intolerancia del régimen, que de manera mucho más contraproducente e irracional, ha impedido, y todavía impide, no ya que canten en Cuba nuestras grandes estrellas del exilio, sino que meramente la visiten para reencontrarse con su familia.

Sucede incluso que últimamente, a raíz del inicio de nuevos intercambios culturales con instituciones estadounidenses –los cuales discurren sin prejuicios selectivos a la hora de recibir a las representaciones allá, pero no al enviarlas desde Cuba-, son muchos los lisonjeros del régimen que van en vuelo libre a Miami, a la caza del verde, por más que al regresar posen en la televisión echándole pestes a lo que graciosamente llaman “el capitalismo feroz”.

Se aprecia una distancia de años luz entre la recua de estos advenedizos arañadores del dólar que ahora viajan desde La Habana a Miami (donde algunos resultan rechazados, no sólo por lo que representan, sino también por lo que son), y otros artistas del patio que, bien hayan tenido o no la oportunidad de ir, son respetados allí, donde nunca perdieron popularidad, aunque viviesen en la Isla.

Antes era fácil distinguir, por contraste, la manera en que aceptaban en Miami digamos a Elena Burke, aplaudida y elogiada por todos, y a Omara Portuondo, valorada quizá como artista pero no como persona. Algo semejante es lo ocurrido entre Pedro Luis Ferrer y Silvio Rodríguez. Pero ya que en estos días parecen estrecharse al tope las correspondencias entre la falta de talento y la exigüidad de los valores éticos, a nadie debiera resultarle extraña la estela de recusación o hasta de franco desprecio que han dejado por allá Paulito FG, Baby Lores o el dúo Buena Fe, junto a otras yerbas aromáticas que ni el chivo se come.

A propósito, con sujetos de esa laya parece estar tomando cuerpo ahora un cierto sedimento socio-político que es nuevo en Cuba, y es además muy curioso. Diríamos que se trata de una naciente aunque muy endeble pequeña burguesía, o tal vez un engendro de vanguardia (sólo económica) del proletariado, que se hace notar por su activo intercambio de toma y daca con el régimen.

Es la nueva hornada de perfeccionadores del socialismo, que contrariamente a los viejos (estalinistas y profesionales de la politiquería en estado puro), ahora son músicos, artistas plásticos, escritores, cineastas, periodistas, actores y actrices… generalmente jóvenes, y al parecer comisionados para sustituir el discurso de barricada por un talante de progres y falsos iconoclastas, guevaristas y fidelistas a título aparentemente individual, amantes de la paz, la patria, la justicia y hasta de la madre de los tomates, ya que tiene su chic ecológico.

Más que el intento de salvar nuestro insalvable sistema de caciquismo retrógrado, la misión de esta nueva “vanguardia” de clase, constituida por gente sin clase, parece estar encaminada al intento de airear (para su prolongación) los fundamentos doctrinarios del sistema. Es, a todas luces, un proyecto para el futuro. Así que entre col y col se preparan, armándose sobre todo económicamente.

Johannes Heesters, el tristemente célebre tenor holandés, tuvo al menos la franqueza de decirle a sus compatriotas: “Intenté rebelarme, algo difícil con los nazis”.

Pero uno se pregunta qué podría decirle esta recua a las futuras generaciones de cubanos. Y no sólo los advenedizos, los que a fin de cuenta nadie recordará en el futuro. También, y muy en particular los consagrados, como Juan Formell o Silvio Rodríguez.

Ciertamente el único argumento que podrán esgrimir en el futuro los cubanos honrados, fuesen o no grandes artistas, es el que puede esgrimirse hoy mismo, ni más ni menos. Lo demostró hace poco una de nuestras grandes artistas y filósofas de la calle, Juana Bacallao, al ser ovacionada por el público durante su presentación en el escenario de The Place, en Miami, donde, según me contaron, al referirse al cariño con que es recibida por los cubanos en todas partes dijo, para la historia, la aparentemente apolítica frase: “Mi pueblo me quiere porque todos saben que Juana nunca le ha hecho daño a nadie”.

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José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro.

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