Día del educador

Día del educador

El aforismo conserva vigencia después de medio siglo de apostar por la formación del hombre nuevo

LA HABANA, Cuba, diciembre (173.203.82.38) – El eminente ensayista y pedagogo cubano Enrique José Varona, Secretario de Instrucción Pública durante el Gobierno de ocupación norteamericano (1899-1902), dijo: “Enseñar a trabajar con las manos, con los ojos, con el oído y después, sobre todo, con el pensamiento, es la tarea del maestro”.

El aforismo conserva vigencia después de medio siglo de apostar por la formación del hombre nuevo, del cual aflora el reverso de la apatía, la ausencia de valores, el hedonismo a ultranza y otras hierbas juveniles que certifican la disonancia entre dichos y hechos.

En estos días de diciembre, la prensa ha retomado el aluvión de consignas sobre la enseñanza. Hoy, precisamente, se celebra el Día del Educador. Bajan del pedestal de bronce a próceres como José Marti y Enrique J. Varona, cuyas frases vienen como anillo al dedo para maestros y profesores, quienes cargan con la culpa de nuestro desastroso sistema pedagógico, aunque nadie los consultó al trazar la política educacional, basada aun en utopías que intentan anular la voluntad individual mediante el adoctrinamiento estatal, el ascetismo militante, el promocionismo encubridor y el hábito de obedecer sin preguntar.

Un gobierno que se dio el lujo de cerrar las escuelas normales de maestros y enviar a los futuros pedagogos a estudiar bajo yaguas en las montañas de la Sierra Maestra, no acaba de encontrar la senda del equilibrio en una esfera tan importante. El síndrome de la emergencia y las alambradas de censura de los textos escolares, marcha parejo con el atosigamiento de propaganda ideológica, las carencias de materiales escolares y el panorama desolador del país, donde se estimula el servilismo cómplice y la delación contra la diversidad de pensamiento.

La enseñanza es uno de los pilares del régimen castrense, que consuma el adoctrinamiento con la propaganda de los medios de comunicación, aderezada a su vez por los preceptos de las entidades culturales, en sintonía con el monótono discurso de poder, capaz de penalizar la discrepancia política, insultar a quienes se expresan sin máscaras y suplir la carencia de argumentos con consignas y dogmas anticuados.

Un sistema de enseñanza que inculca la fidelidad al caudillo, obliga a los niños a hacer juramentos absurdos y excluye de las universidades a quienes no avalen su pedigrí  revolucionario, es como una valla contra la inteligencia, la creatividad y el desarrollo individual.

Como cada 22 de diciembre, los maestros esperan sus regalos y las autoridades repican las campanas en torno a las maravillas de la educación en Cuba. Olvidan, sin embargo, la frase de Varona sobre enseñar a trabajar con el pensamiento, y la máxima de Martí acerca del respeto a la libertad y el pensamiento ajenos.

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