Crónica de un secuestro en La Habana

Crónica de un secuestro en La Habana

Advierte que su departamento tiene el expediente de cada uno de los 109 comunicadores independientes del país, “listos para presentarlos a la fiscalía, como hicimos en el 2003”

LA HABANA, Cuba, abril, 173.203.82.38 -El viernes 22 de abril, en la esquina de H y Calzada, Vedado, La Habana, fui interceptado a las 3:45 p.m por un auto Lada sin chapa policial, del cual bajaron 4 agentes de la Seguridad del Estado vestidos de civil. Ante la sorpresa intenté pedirles la orden de arresto; mientras el conductor ordena “¡Sube Iturria que llegó tu hora!”, y uno de los dos gendarmes de me da un puñetazo y me empuja hacia adentro con ayuda de otro.

En el vehículo me despojaron de mis pertenencias (celular, cámara, un libro, papeles y el carnet de identidad). Ya en marcha, bajaron por la calle G hasta 23 y de esta a 41 y 31. En el Hospital Militar de Marianao doblaron hacia Siboney y desembocaron en la estación policial de San Agustín, municipio La Lisa.

Durante parte del trayecto me mantuvieron con los brazos maniatados hacia atrás y la cabeza hacia abajo. El chofer respondía a llamadas del móvil con frases como “llevo la carga, llama después”, o “coge diez equipos y espérame en el punto 30”. A su lado un oficial cincuentón, alto, negro, de labios gruesos y cara de hastío; el único que llevaba botas militares.

En la estación me registraron minuciosamente. Estuve en el lobby bajo vigilancia del tipo del puñetazo –un trigueño treintañero y medio calvo con cara de odio-, y del mulato joven del asiento trasero, hasta que una suboficial me condujo a una oficina medio desvencijada, donde entró uno de los militares que estuvo en mi casa el ocho de marzo, cuando rechacé la citación a una entrevista con el “oficial Octavio”, quien se presenta y busca dos sillas; pero llega el capitán Tamayo y me traslada a un local con aire acondicionado, comenzando el repetitivo “intercambio verbal” con Tamayo, escoltado por los subordinados que estuvieron en casa, ambos bravitos y silenciosos.

Tamayo es blanco, de tamaño mediano y ojos claros. Padece de incontinencia verbal y le gusta deslumbrar con estadísticas que demuestran el control de la Seguridad del Estado sobre la oposición pacífica, las organizaciones del exilio, los periodistas independientes y los bloggers alternativos, a los cuales denigra y minimiza incesantemente, lo que contradice la poca importancia que les conceden. Menciona con desprecio a Elizardo Sánchez Santa Cruz, Presidente de la Comisión Cubana de Derechos Humanos; Wilfredo Vallín Almeida, líder de la Asociación de Juristas Cubanos; los comunicadores Juan González Febles, director del Semanario digital Primavera; Julio Aleaga Pesant, José Álvarez y otros que como yo “se pasan del límite de tolerancia que hemos trazado” y “se atreven a rechazar las citaciones de la Seguridad del Estado, sin saber que nosotros no necesitamos cumplir los artículos de la Ley de procedimiento penal, nos basta con una citación verbal; averígualo para no detenerte otra vez en plena vía”.

En su monólogo, Tamayo combina las informaciones y estadísticas con elogios al Comandante en Jefe, “el hombre del siglo”, y al General Raúl Castro, “modesto y humanitario como el Comandante”. Pondera a la “generación histórica que dirige la revolución”, al sistema de salud, de enseñanza, los logros deportivos y la participación del pueblo en las elecciones y los actos políticos. Para compensar, desata sus agravios contra las penurias del pasado en Cuba (aunque él nació en 1970), las agresiones de los Estados Unidos a la isla (cita las palabras del presidente Obama en Chile), el capitalismo mundial y la miseria de África, Asia y América Latina. Como si fuera poco, culpa al embargo económico como causa de nuestros problemas y piensa que “si los yanquis liberan el turismo y nos permiten la extracción de petróleo en el Golfo de México, salvaremos el socialismo y viviremos mejor”.

Habla de su origen campesino y de la pobreza de su familia, pues nació en un caserío de la Sierra Maestra del municipio Contramaestre, provincia Santiago de Cuba. Reitera que lleva 23 años en el Ministerio del Interior, donde apenas gana para comer a pesar de tener una casa La Habana y ser comunista. Lamenta no poder tomarse una buena botella de ron cada semana y llevarles cajas con regalos a los parientes de la montaña.

Más que interrogarme, Tamayo combina el discurso del poder con amenazas contra quienes piensan diferente. Advierte que su departamento tiene el expediente de cada uno de los 109 comunicadores independientes del país, “listos para presentarlos a la fiscalía, como hicimos en el 2003”. Agrega que “la Seguridad del Estado determina quien obtiene el permiso de salida o se pudre en la isla”.

Ante una mentalidad tan codificada me limité a hacerle algunas preguntas irónicas y rectificarle ciertas opiniones con datos contrapuestos. Le aclaré que él sirve a una tiranía totalitaria y no a una revolución socialista, de la cual quedan las consignas, los rituales y las máscaras de la mayoría amedrentada que dependen del estado, cada vez más parecido a un sultanato árabe; que el embargo económico y las supuestas agresiones externas no son las causas del desastre nacional, sino la ineficacia, la corrupción y la ausencia de libertades y oportunidades para liberar las fuerzas productivas y las iniciativas ciudadana.

A las ocho de la noche, el oficial me entrega mis pertenencias como “gesto de buena voluntad”, en espera de que “no arme un circo con lo sucedido”. Le aseguro que seguiré escribiendo sin censura y denunciaré el secuestro ordenado por él.

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