Confusión ¿supuesta?

Confusión ¿supuesta?

Un anciano habanero confundió (supuestamente) a la Seguridad del Estado con una banda de asaltantes

LA HABANA, Cuba, enero, 173.203.82.38 -Víctor ya cumplió ochenta años de edad y se ha vuelto un anciano refunfuñón. Algunos dicen que está senil. En política es tan radical que la gente no puede alabar en su presencia la calidad del pan cuando lo venden bueno, porque los insulta con frases como “comunistas de mierda, por eso tienen que seguir pasando hambre”. Sus frecuentes ofensas ya le han traído riñas con otros ancianos en la cola del periódico y en la mesa de dominó.

El día que lo abordé para inquirir sobre aquella historia de la supuesta confusión, estaba sentado en la esquina de la farmacia. Vendía las aspas chamuscadas de un ventilador y un ejemplar ajado de La Historia Me Absolverá.

Yo comencé por regatear, en broma, el precio del libro. Pero Víctor me lanzó una mirada de desprecio: “¿Qué, te volviste a pasar de bando?”. Pero ignoré el insulto. Sólo quería ir a lo que me interesaba.

“No fue una confusión, yo conozco al pájaro por la cagá, y te digo que aquella gente con camisitas a cuadros  y botas rusas eran del G-2!”, me dijo con tono resolutorio.

Por un momento me confundió su certera descripción, pero recelé de su buen juicio y fui en busca de una segunda opinión con su hija. Ella, sonriendo, me dijo que no le hiciera caso, ya que Víctor está casi senil. Me contó, además, que hace años un grupo de asaltantes se hizo pasar por personal de la policía. Mostraron carnés  y orden de registro. En ese tiempo su papá se dedicaba a la compraventa ilegal de joyas, y aquellos policías se las confiscaron.

Pero cuando fueron más tarde a la Estación de Policía, resultó que nadie había ordenado esa operación y allí no trabajaba ninguno de los supuestos policías. Habían estafado a su papá y este juró que jamás lo volverían a engañar.

Puso rejas con candados en la puerta principal y a la entrada del pasillo que conduce a la casa, y siempre las mantenía cerradas. También puso en la alacena de la cocina tres botellas de refresco convertidas en cocteles Molotov.

Cuenta la hija de Víctor que con el paso del tiempo su hermano conspiró contra el gobierno. Cogió cerca de mil hojas de modelos de nóminas abandonadas y las recortó en cuatro pedazos iguales. Por la parte en blanco escribió cosas extrañas -ella confiesa que no sabe nada de política-, como “ABAJO LA DICTADURA” y “VIVA LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN”. De madrugada, puso los millares de octavillas en el techo de la guagua  que manejaba Ñico, un señor que no se atrevía a opinar ni de pelota.

A la mañana siguiente, cuando el ómnibus cogió velocidad, el reguero de octavillas por toda la calzada de 10 de octubre fue de Padre y Señor mío. La Seguridad del Estado estaba furiosa, y el primero que fue a dar con sus huesos a un calabozo de Villa Marista fue el aterrorizado Ñico.

La hija de Víctor aún no sabe cómo la Seguridad se enteró que fue su hermano. Cuando llegaron, le mostraron a Víctor las identificaciones por la reja del pasillo. Él pensó que se repetía la vieja estafa. Fue apresuradamente a la cocina y cogió un coctel Molotov en cada mano. Le prendió fuego a los mechones, se paró frente a la puerta, y gritó: “Si dan un paso más, los convierto en una antorcha, hijos de puta”.

Sorprendidos, al parecer, ante una conducta tan inusual, los agentes se retiraron temporalmente. Pero al hijo de Víctor lo apresaron de madrugada cuando intentaba salir furtivamente de la casa.

“Un tribunal lo sancionó a tres años de cárcel por el delito de Propaganda Enemiga”.

Así concluye su relato la hija de Víctor. Le doy las gracias y salgo a la calle. Pero todavía tengo dudas en cuanto a si lo del coctel Molotov fue o no una confusión.

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