Cómo huele La Habana

Cómo huele La Habana

Lamento defraudar a los exiliados que añoran la fragancia de su tierra, pero La Habana huele a rayos

LA HABANA, Cuba, julio, 173.203.82.38 -Lamento defraudar a los exiliados que llevan décadas añorando la fragancia de su tierra – los emigrados, como pueden venir de visita, aun la conservan fresca-, pero si me preguntan a qué huele La Habana,  no tengo más remedio que contestar que huele a rayos.

No hablo de La Habana virtual, al gusto de los clientes extranjeros, con puros Cohiba, mojitos, daiquiris y música de Compay Segundo. Esa ciudad de utilería huele a lechón asado, a mariscos y al  aire acondicionado que escapa de las tiendas en divisa con precios del Primer Mundo. No me refiero a esa pintoresca estafa, ni tampoco a las zonas congeladas en los barrios del oeste de la ciudad, al otro lado del Túnel de Línea, donde habita la elite, y que también forman parte de la engañifa para turistas, sino a la otra  Habana,  la real, la que habla a gritos y con palabrotas.

En ella hay una mezcla de olores que salen de las cocinas: el olor a fritanga y churros de cuentapropistas, a café mezclado ligado sabrá Dios con qué, a alcohol de reverbero –también sirve para beber-, a picadillo de soya y pescado podrido, a la comida subsidiada y mal cocida de los que comen gracias a la libreta de abastecimiento

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En Habana Vieja y Centro Habana, huele a arrecife sucio y muy contaminado. Y en todos los barrios, huele a basura sin recoger desde hace varios días,  al petróleo adulterado con kerosén  que despiden los  almendrones de alquiler y que se nos mete en los ojos, nos hace llorar y parece que va a destrozarnos los pulmones.

Se siente fuerte la peste a amoniaco que despiden los  meaderos en portales, escaleras, árboles, columnas -tantas como son-, en una ciudad donde apenas hay baños públicos.

Pero sobre todo, la peste a mierda  nos sale al paso en cada esquina, nos acompaña, ligada con la sempiterna peste a grajo, en cada atestada guagua que montamos.

No puede ser de otro modo. Para caminar por la ciudad hay que sortear los paquetes de basura y los papeles cagados que lanzan por ventanas y balcones a punto de derrumbarse,  los baches llenos de agua verdosa, los ríos de aguas albañales que brotan  de  cualquier parte, cual manantiales inmundos, y corren a cualquier lugar, o se acumulan en las esquinas, represadas por los escombros, y hacen un lagunato que crece y crece…hasta hacernos recordar a otra Venecia, más cálida y gris.

Y si cree que en la periferia respirará aire puro, se equivoca. En Luyanó, Lawton y El Cotorro, reina el hollín y la peste a sebo. Del vertedero que está a un costado de la calle 100 se eleva, hacia Marianao, el humo negro y marrón de la basura quemada. Y si va hacia el sur, de La Palma hacia allá, en Arroyo Naranjo, ni hablar. Las mismas aguas albañales, todavía más, y la misma basura, que como no la recogen, los vecinos la queman, lo que se suma al hedor del sancocho y las cochiqueras, las vísceras de cerdo, las cabezas de claria, los perros muertos en las cunetas,  los cagajones de chivos y caballos, las alcantarillas tupidas –si es que hay alcantarillado-, los arroyos convertidos en mojoneras…

Lamento decepcionarlos. Si lo prefieren,  no me crean. Tal vez exagero: la opresión me hace demasiado susceptible a la peste. O viceversa.

luicino2012@gmail.com


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