Centros médicos lanzan una botella al agua

Centros médicos lanzan una botella al agua

La dictadura cubana, que sólo genera miseria, atraso y decadencia, está hablando ahora de un socialismo próspero

LA HABANA, Cuba, mayo, 173.203.82.38 -Este año, los trabajadores cubanos desfilaron bajo el lema “Por un socialismo próspero y sostenible”. En algunos letreros se leía también la palabra “sustentable”. La ironía es doblemente graciosa. A estas alturas, todo el mundo sabe que el socialismo real es enemigo de la prosperidad. Y un socialismo sustentable debe ser –para los más crédulos– una utopía, la quimera de un paternalismo de Estado sin límites, ni fin.

¿Qué sostiene al socialismo sino el miedo, la desesperanza y la represión? ¿Cómo puede ser sustentable una economía parásita, que ha vivido aferrada de sus aliados políticos durante décadas, primero de la Unión Soviética, y hoy de Venezuela?

¿Cómo puede hablarse en Cuba de un socialismo próspero cuando las propias vitrinas de propaganda están sucias y desbaratadas?

El Hospital Docente Clínico Quirúrgico de 10 de Octubre, conocido por los habaneros como “La Dependiente” -debido a su antiguo nombre-, es una clínica vetusta, con pabellones en ruina. En estos días, para el paciente hacerse un lavado de oídos, tiene que llevar el agua caliente de la casa, porque se robaron las tuberías de gas que servían para calentar el agua.

Nadie podría imaginar hoy el antiguo esplendor de “La Dependiente”. Allí, la caseta de Información es una especie de armario desvencijado y sin cristales. Todo se ve roto: los mármoles de escalinatas, los anchos portales de granito, y los cristales nevados, con hermosas letras iniciales. Por fuera, los pabellones evocan  casas coloniales, y por dentro, una fábrica abandonada.

En el hospital docente y clínico-quirúrgico Joaquín Albarrán Domínguez, llamado popularmente el Clínico de 26, también hay que llevar el agua de la casa, si quieres hacerte un lavado de oídos, aunque no sé si por la misma causa. Pero todo es más moderno. Lourdes, acompañante de un enfermo, recuerda que a finales de los años 70, o principios de los 80, las salas de ingresos tenían duchas de teléfono, aire acondicionado, cortinas y televisores en los cubículos. Pero, luego de más de tres décadas, ha cambiado el panorama.

Hace unos años, hubo que clausurar una sala de este hospital, debido al pillaje y al saqueo desde el exterior. De tres elevadores nuevos, uno ya está roto. No hay rejillas en los tragantes de los pisos y azoteas. Cuando llueve, se forman charcos en algunas áreas del techo, por la tupición de las cañerías. Desde las terrazas, la basura es arrojada constantemente, y puede verse amontonada en el piso, en un tragante, arriba del falso techo.

En las salas de ingreso, los baños no tienen espejos, ni duchas. Ni siquiera se ve dónde pudo estar el caño de salida. Los azulejos están rotos. La taza está empotrada en el suelo, sin tanque de agua, y hay que descargar a mano. No hay picaportes, cerraduras, ni pestillos en las puertas. De noche, los cubículos se cierran con tubitos plásticos de suero, que se amarran por donde una vez hubo una cerradura. Esos tubitos cumplen muchas funciones: sirven para hacer nudos en las puertas (porque hay que cuidarse de los ladrones), o para hacer tendederas en los balcones.

Muchas camillas del Clínico de 26 están fijas, porque no tienen las maniguetas que varían la altura de la cama. No hay cortinas, ni televisores, ni ventiladores, y algunos tubos de luz fría están asegurados con presillas plásticas, para que no se los roben.

A favor, hay que decir que la comida es decorosa y se cocina en el día: hay desayuno, almuerzo, comida, y meriendas. Sirven leche o yogurt, según la dieta fijada al paciente, y un pan. Para las comidas, a cada paciente le asignan un tipo de dieta: libre, blanda o reforzada. La bandeja puede llevar arroz, frijoles, sopa, puré, huevo, pollo, alguna verdura, y vianda.

La única cafetería del hospital solo vende ron y cigarros. Los acompañantes pueden comprar en las afueras del hospital, desde una pizza hasta una colcha de trapear. También se les puede comprar a los vendedores ambulantes, que  van por todas las salas, ofreciendo dulces, galletas, o un calentador de agua.

El 2 de mayo, el Ministro de Salud Pública visitó el hospital. Ya había estado allí la semana anterior. Al parecer, una funcionaria del Comité Central estuvo recientemente acompañando a un enfermo, y le bastó una noche para quedar escandalizada. Gracias a su condición, no fue necesario “elevar la queja”.

Dicen que por eso mejoró la comida . También se vio a unos trabajadores que sustituían los cristales de algunas puertas. Y mientras en un cubículo había uno que estaba poniendo silicona, el otro, apurado por seguir con las demás puertas, le dijo: “Oye, vamos, y el que lo quiera mejor, que se vaya pa’l Yuma” (o sea, para los Estados Unidos).

¿Es sostenible una cultura del “no me importa” y del “comoquiera”? ¿Es sostenible la depredación económica y la autofagia cíclica?

Después de tantos años de consignas y decadencia, creo que los más indiferentes deben aspirar a un socialismo “práctico y soportable”, y los más optimistas, a un socialismo postrero, y superable a través de la democracia.

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