CDR: La cuota de espías no está racionada

Maquinaria de vigilancia fidelista, con su aparato para la delación popular, se disuelve como sal en el inodoro

LA HABANA, Cuba, julio, www.cubanet.org -Los cubanos sabemos que el gobierno de Fidel Castro, desde sus inicios, violó el derecho a la privacidad de los ciudadanos. El 28 de septiembre de 1960 fundó los Comités de Defensa de la Revolución -CDR-, una organización con raíces fascistas, cuyo programa es ¨Espiaos los unos a los otros¨.

Me consta -porque trabajé de joven en esa organización, durante cuatro años- que al propio Raúl Castro no le gustaba la idea de los CDR.

Esta organización no sólo sirvió para dividir al pueblo, sino además para violar de forma sistemática la vida privada de todos, para que dejara de ser un derecho de cada cual desarrollar la propia intimidad.

Tal vez el señor Edward Snowden,  fugitivo ex agente de la CIA, según dicen aquí por tratar de alertar a los americanos sobre el espionaje electrónico del gobierno, no sepa mucho sobre la historia de nuestra dictadura, ni le interese saber. Pero lo que sí resulta definitivamente incomprensible es que sean el gobierno cubano y sus incondicionales amigos del ALBA, los más ardientes defensores de este hombre, que supuestamente lucha por defender el derecho de las personas a su privacidad.

La historia de los CDR ha dejado un sabor amargo en la sociedad cubana. Proliferó el chisme, la maledicencia, la envidia, la mentira y el odio.

Los teléfonos de los que ingresamos en la oposición pacífica, por los años 80 del siglo pasado, y los de cientos de miles de ciudadanos no simpatizantes con el castrismo, se mantenían intervenidos a través de un centro de escucha del Ministerio del Interior, un programa ampliamente criticado por los defensores de los derechos civiles, en franca violación de la Constitución.

Recuerdo que en 1987, mi pequeña hija descolgó el teléfono de casa y escuchó que un hombre le dijo que me iba a aplastar con su auto, porque yo era una cucaracha contrarrevolucionaria –así llamó públicamente Fidel Castro a los que se oponían a él-. Mi hija, llorando, apenas podía repetir las palabras de aquel que cumplía una orden de la Seguridad del Estado.

Luego, no hubo más amenazas. Me suspendieron el servicio telefónico que yo poseía desde mucho antes de la Revolución, así como a todos los que pertenecían al Movimiento de los Derechos Humanos en La Habana. Y para que nos sintiéramos bien vigilados, una cámara de vídeo funcionaba las 24 horas del día frente a nuestras casas.

Esta organización de tips o soplones tiene incluso su museo, idea de Fidel Castro, para todo aquel que le quiera conocer las entrañas. Está situado en la populosa calle Obispo, número 310, en La Habana. Allí se exhiben documentos históricos, donde se reflejan las tareas de espionaje de algunos CDR, con múltiples denuncias a los vecinos, gente humilde del pueblo, llamados enemigos internos de la Revolución.

Este antiguo y valioso edificio del bulevar capitalino representa hoy una de las historias más lamentables y fracasadas del castrismo, en la que una buena parte del pueblo fungió como protagonista voluntario, para vigilarse unos a otros, con el fin de mantener apuntalado a un régimen en bancarrota.

El significado de esta organización en los tiempos de cambios estructurales, surgidos durante el raulismo, está por verse. Ya los vecinos no son ¨los ojos y oídos¨ de la revolución, el elemento fundamental para detectar inconformes. Hoy casi todos son inconformes. Por eso cabe preguntarse quién espía a quién, si todos ven que el socialismo fidelista se está disolviendo, como un puñado de sal en una taza de inodoro.

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