Bistecs de lomo para los perros

En restaurantes exclusivos para magnates del régimen se botan los manjares, mientras el hambre cunde entre la ciudadanía

LA HABANA, Cuba, febrero, 173.203.82.38 -Los regímenes socialistas no se caracterizan por lograr la abundancia de alimentos para el pueblo, pero sí para aquellos otros que, a punta de pistola, sostienen la endeble armazón del Estado, totalitario y obsoleto.

Hay dos lugares en Cuba, muy cerca de mi casa, donde sobra la comida: el 99 y en el Guajaibón, dos restaurantes que pertenecen a las unidades militares más importantes del régimen castrista, situados al oeste de La Habana, en la periferia de Punto Cero, el complejo residencial de Fidel Castro.

Así me lo cuentan dos de sus empleados más jóvenes, con más miedo que otra cosa:

“La clientela de estos dos restaurantes -me dice uno de ellos- es completamente exclusiva. Se trata de lugares bien discretos, alejados y ocultos de la gente, donde sólo entran militares de alto rango, o los que van vestidos de civil pero que por su porte y miradas misteriosas son fácilmente reconocibles, y muchos otros miembros de la familia Castro, o allegados: hijos, nietos, sobrinos, esposas, novias, etc.

Por su lado, me cuenta el otro empleado: “Mientras que por todos sus alrededores el cubano de a pie pasa un hambre de las mil y una noches, los ancianos no pueden comer carne de res, ni los niños tomar leche, en el 99 y en el Guajaibón se botan platos de comida completos, por muy buena que sea. Muchas veces hemos visto cómo un general recibe un palto de primera, y, por un error de pedido, o haber cambiado de idea, hace que se la cambien por otro plato. Sin preocuparle que el otro se pierda”.

Ambos empleados me explican el escandaloso desperdicio de alimentos que se ve a diario en estos restaurantes, no solamente por las sobras de los comensales, sino porque para que no falte nada, se compra más de lo que se vende y muchas veces se deteriora la mercancía.

Al preguntarles qué se hace con las sobras y los alimentos que ya no están frescos, me dicen que en ese sentido se benefician los empleados de limpieza, porque se los llevan como salcocho para sus casas.

“No se imagina usted –puntualiza el empleado más joven- cómo se alimenta mi perro. Casi a diario se come un par de bistecs de lomo. Mejor que esos cubanos con hambre que buscan desechos en los contenedores de basura de la calle, y no encuentran nada más que bazofia y pudrición”.

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