Algo más oscuro que claro

Invitamos a otros demócratas cubanos preocupados por la exacerbación de los conflictos raciales, a pronunciarse sobre importante asunto

LA HABANA, Cuba, febrero, 173.203.82.38 -En días pasados, Leonardo Calvo Cárdenas respondió a los criterios que sobre el tema racial expresamos en nuestro artículo “Claroscuros cubanos”, publicado por Cubanet. De inicio, sacó en ese mismo órgano un comentario relativamente breve; después, Primavera Digital divulgó una versión más extensa, que va acompañada por una foto que volveremos a mencionar.

El referido autor recuerda la frase martiana con la que iniciamos nuestro artículo: “Combatiendo por Cuba volaron juntas hacia el cielo las almas de los blancos y de los negros”. Ironizando, expresa no saber “cómo les habrá ido a las almas por el cielo”. Pierde de vista lo esencial: el Apóstol, en forma poética, expresó simplemente que cubanos de todos los colores murieron luchando codo con codo por la independencia de su Patria. ¿Es mentira?

Precisamente, la fotografía antes mencionada, con que Primavera Digital inició la publicación de “Contra los prejuicios y la injusticia”, constituye una demostración irrefutable del aserto de Martí, pues en el grupo de miembros del Ejército Libertador aparecen no sólo “los valerosos oficiales afrodescendientes” de los que habla nuestro oponente, sino de todo el espectro étnico de Cuba.

Con su peculiar lente, que capta todos los colores en blanco y negro (sobre todo este último), Calvo insiste una y otra vez en las manifestaciones de racismo durante nuestras luchas contra el colonialismo español. Por desgracia, es cierto que tal fenómeno existió.  Lo que pasa es que el colega, de conformidad con la agenda que se ha trazado, lo sobredimensiona, alcanzando extremos inauditos.

Critica, por ejemplo, a “los caudillos y hacendados blancos [que] nacieron a la guerra como generales”. Calvo olvida un “pequeño detalle”: En 1868, fueron esos personajes quienes dieron inicio a la insurrección, por lo que parece natural (al menos, así pensamos los autores) que fuesen ellos mismos quienes asumieran, con los más altos grados, la dirección del nuevo movimiento.

Calvo cita con fruición los trabajos de Ada Ferrer y Francisco Pérez Guzmán, sobre “las injusticias y desigualdades sufridas por los cubanos negros en la manigua redentora”. No se trata de que esos hechos sean falsos, pero no estaría de más que recordase también anécdotas de sentido opuesto.

Ya que él proclama su disposición a “acercarnos de manera consecuente y equilibrada a la verdad histórica”, entonces hubiera podido aludir —es sólo un ejemplo— a la admirable devoción con que en 1895 los jóvenes blancos pertenecientes a la más rancia aristocracia santiaguera, seguían y atendían al mayor general negro Guillermón Moncada, que casi agonizando de tuberculosis, marchó a la manigua para encabezar la insurrección.

En su desenfreno por demostrar sus tesis, Calvo no se detiene ni ante un crimen de lesa historia: especular sobre lo que pudo haber sido. Así, teoriza sobre el posible curso diferente de la Guerra Grande si “las curtidas tropas orientales, encabezadas por los valerosos oficiales afrodescendientes”, hubiesen invadido la llanura Habana-Matanzas.

Nuestro oponente menosprecia el papel de la Intervención Norteamericana, que propició el rápido fin de la Guerra de Independencia y enormes avances de nuestro país en el aspecto material; pero que, por desgracia, coadyuvó también a la exacerbación del racismo. Con respecto a nuestros pronunciamientos sobre ese particular, él señala lo que considera nuestro principal pecado: que “varios académicos oficialistas” han planteado lo mismo.

Como es obvio, lo que interesa no es el origen gobiernista u opositor de la idea, ni lo que resulte “más fácil”. Lo único importante es si la afirmación es cierta o no. Al respecto conviene recordar un pasaje de la biografía de un personaje que, dados los temas que han constituido el centro de las preocupaciones intelectuales del señor Calvo, suponemos que haya sido objeto de su máxima atención: el Titán de Bronce.

¿No sabe nuestro impugnador que, cuando Maceo visitó Cuba entre las guerras, se hospedó en los mejores hoteles y visitó los sitios más exclusivos, como la famosa Acera del Louvre? El color de su piel no representó obstáculo alguno para ello. A la luz de esa verdad, tal vez el señor Calvo, que se precia de ser especialista en temas raciales, pueda ilustrarnos sobre cómo (ya que, según él, no fue durante la Intervención) se entronizó en esos lugares la reprobable práctica de vedar la entrada a las personas atezadas.

Hablando de este mismo héroe, nuestro oponente califica de “inexplicable alarde de festinación argumental” y de “paroxismo de la insensatez intelectual” nuestra afirmación: “Al fijar una fecha para conmemorar a todos los muertos por nuestra independencia, no se escogió la de la caída en combate de —digamos— Ignacio Agramonte, sino la del mulato Antonio Maceo”.

El señor Calvo hubiera podido reducir en algunas palabras su kilométrico escrito si hubiese constatado lo obvio: que nuestra afirmación es, sencillamente, verdad. No se trata de que la selección haya sido injusta; nos parece, al contrario, acertadísima. (Y por supuesto que, para pensar así, no necesitamos invocar las opiniones del genocida Valeriano Weyler.)

Lo que llama la atención es que en este país (el cual, si creemos el discurso de Calvo, habría sido una especie de sucursal de la Sudáfrica del apartheid), los “racistas” en el poder hayan tenido la ocurrencia de seleccionar con ese fin a un mulato, cuando podían escoger entre varios blancos, que constituían otras opciones, no mejores, pero sí válidas y respetables.

Un fragmento curioso del escrito de Calvo es el que se refiere al Partido Independiente de Color. Nos atribuye desconocer el programa de ese movimiento político. Esa afirmación es mentira. Lo que pasa es que no concedemos tanta importancia a ese documento porque tomamos por buena la certera expresión alada del colega norteamericano: “Los manifiestos de los partidos políticos son documentos importantísimos…, que nadie lee”.

Lo más simpático es que, después de intentar rebatir nuestros argumentos a lo largo de seis párrafos, Calvo reconoce en definitiva que los líderes del PIC pudieran haber “desarmado la argumentación de la enmienda colocando en posiciones visibles a los miembros blancos del partido”.

Es decir, que en definitiva —y aunque sólo en parte— nos da la razón. A esto agregamos que también hubieran podido escoger otro nombre para su agrupación política, pues la frase eufemística “de color” proyectaba el verdadero sentido sectario de su acción mucho mejor que los miles de hermosas palabras de su programa, que tanto aprecia nuestro oponente.

En un pasaje antológico de su réplica, Calvo expresa: “Hoy los descendientes de españoles, chinos, árabes y hebreos conservan intactos sus espacios culturales, fraternales y de recreo, a diferencia de los descendientes de africanos”. De modo lamentable confunde —pues— las diferencias nacionales y regionales con las raciales. Con esas ideas, ¿le parecerá acertada la loca propuesta hecha por el viejo Partido Comunista en los años treinta para crear en la región de Songo la República Autónoma Negra de Oriente!

En la tercera entrega de su réplica, nuestro oponente menciona lo que —ahora nos enteramos— se denomina “Salón de negras y negros ilustres de Cuba”. Al aludir a ese extremo, al igual que en el resto de “Claroscuros cubanos”, tuvimos la finura de no mencionar nombres, pues deseábamos que nuestra argumentación se centrara en las ideas, no en las personas.

No tuvimos éxito. En nuestro idioma, para ejemplificar a quien realiza un despilfarro inútil, existe un refrán: Echar rosas a los cerdos. De manera análoga, uno se encuentra también con personas, que, en su descoco, llegan incluso a confundir la delicadeza con el temor. Es lo que expresa Calvo con una frase en la que alude a nosotros: “sin atreverse a mencionar sus nombres”.

En otro pasaje incurre nuestro oponente en otro planteamiento parecido. Él recuerda que, al referirnos al mantenimiento de la situación desfavorable de los afrodescendientes en Cuba tras el triunfo de la Revolución, hubimos de aseverar: “No creemos que esto se deba a una política deliberada de la dirigencia castrista”.

A esa constatación, no sigue, como cabría esperar, una exposición de las razones por las cuales él discrepa de nuestra afirmación. Sino un comentario gratuito: “Es posible que mis estimados colegas piensen que el despojo sistemático de derechos y propiedades, tantos fusilamientos y el envío de cubanos a morir en guerras lejanas y ajenas tampoco se deba a una política deliberada”.

Para su tranquilidad de espíritu, podemos responderle que esto último no es cierto. Si pese a nuestra aseveración le queda alguna duda al respecto, lo invitamos a leer documentos que en su momento calzamos con nuestras dos firmas, tales como La Patria es de todos —con consecuencias bien conocidas— y Cuba es lo primero.

Retornando al “Salón de negras y negros ilustres de Cuba”, destaquemos que el señor Calvo, en las seis páginas de su escrito, no encontró espacio para contestar nuestra pregunta: ¿Cómo correspondería calificar los actos de un “ario puro” que montara en su domicilio una galería de blancos destacados y dijese que el color de los escogidos era fruto de una decisión deliberada!

Ante su silencio, responderemos por él: Con toda seguridad diría que la exclusión de cualquier persona de tez negra o parda constituye la prueba más evidente e irrefutable de un racismo furibundo, y que el reconocimiento del carácter intencional de la selección representa una muestra insuperable de desfachatez. A buen entendedor…

En lo que respecta a los desmanes castristas mencionados hacia el final de la segunda entrega de su trabajo, sería bueno que el señor Calvo no olvidara que víctimas de esos atropellos fueron no sólo los luchadores afrodescendientes —únicos que merecen su desvelo—, sino cualquiera que de un modo u otro osara enfrentarse a la voluntad de poder absoluto de los Castro.

Amigos lectores, hemos dedicado a este tema más tiempo y esfuerzos que los que considerábamos necesario. Constatamos que los argumentos esenciales de “Claroscuros cubanos” no han sido respondidos. En vista de ello, nos parece superfluo continuar escribiendo al respecto. Sí estamos invitando, a otros demócratas preocupados por la posible exacerbación de los conflictos raciales, a que se pronuncien sobre este asunto tan importante para el futuro de nuestra Patria.

Reiteramos que con nosotros dos se podrá contar en cualquier esfuerzo dirigido contra los prejuicios, que no son sólo los que algunos blancos experimentan contra los negros y mulatos.

Acerca del Autor

Rene Gómez Manzano y Felix Bonné Carcasés

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