Adiós al trabajo voluntario

Adiós al trabajo voluntario

El trabajo voluntario era la competencia para poder comprar un televisor, un refrigerador, un ventilador o un radio, casi siempre soviéticos y anticuados

LA HABANA, Cuba, agosto, 173.203.82.38 -Algunas muchachas, iniciada la adolescencia,  habían empezado a curtirse en 1962, cuando la primera recogida de café en las montañas del oriente de Cuba.  Desde La Habana 16 horas en una estrecha guagua, más de 4 en un viejo camión, y de ahí camina que camina,   sube loma hasta llegar al sitio intrincado.  Allí estaban los recogedores, los guajiros de siempre, hasta viejos haitianos y jamaiquinos –como se decía entonces.  Las miraban sorprendidos y los muchachos sonreían pícaramente, no tanto por sus caídas loma abajo entre los cafetos, los gritos por las ratas y ranas, como por la forma en que ellas cogían los rojos granos,  esos que llamaban cerezas.  En las noches, después de la muy poca y mala comida, abrían los folletos para practicar a los recién alfabetizados.  Casi al mes se terminó la cosecha, las montaron en otro camioncito para el traslado de zona.  Se cruzaron con camiones de militares y milicianos.  Las dejaron en un caserío hasta nuevo aviso.   Era la movilización por la Crisis de Octubre, o de los misiles.  Sin contacto con las lejanas  familias, casi sin comida y ya sin dinero volvieron a recorrer las carreteras y los senderos hacia otros cafetales.  Pero no desistieron y se esforzaron con ahínco un mes más en su primer gran trabajo voluntario.

Pasado los años, ocurrieron muchas cosas más.  Como los viajes a decenas de kilómetros  para sembrar cebollas en un campo lleno de piedras frente al mar, o para recoger ajos que nunca se habían sembrado.  Y la creencia en que el trabajo voluntario era necesario, comenzó a esfumarse.  Pero entonces, participar en él daba los méritos necesarios para la emulación.  En realidad era la competencia para poder comprar un televisor en blanco y negro, un refrigerador, un ventilador o un radio, casi siempre soviéticos y anticuados. Al principio, los más destacados se premiaban con el derecho a vacacionar en un hotel de una buena playa, aunque el nivel del incentivo fue decayendo hasta convertirse en unos días en centro de campismo con cabañitas o tiendas de campaña, quizás casi sin agua potable e infectado de mosquitos.   Los vanguardias viajaban con un familiar de vacaciones a los “países socialistas” de Europa.

Lo máximo fue cuando comenzaron las asambleas de méritos y deméritos para asignar algún apartamentico, y luego, aquellos interminables años de trabajo en las microbrigadas para  construir el apartamento propio, sin garantías de recibirlo ya que podía aparecer  alguien con más puntos que lo ganara, quizás sin haber cargado un saco de cemento, porque era muy sacrificado, tenía mucha necesidad de vivienda, y por su calificación, enfermedad o por ser dirigentes no podía abandonar su puesto para unirse a la microbrigada.

El Período Especial, al comienzo de los años 1990, progresó hacia la desaparición incluso de los equipos electrodomésticos socialistas, que se deterioraron por cientos de miles en almacenes con filtraciones o a la intemperie, pues el gobierno decidió dejar de venderlos para ahorrar electricidad. Las microbrigadas eran un caos, no les llegaban los materiales, y todo fue languideciendo.

Al cabo de casi 50 años de que Che Guevara iniciara el primer trabajo voluntario, y 20 de Período Especial, gracias al semanario Trabajadores, órgano oficial de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), la población conoció semi-oficialmente el 1 de agosto la siguiente noticia: “Ante un nuevo escenario económico y laboral…Cambios necesarios. Varían concepciones del trabajo voluntario y de movilizaciones a labores productivas”.

Indudablemente las razones expuestas reflejan la realidad: la situación económica junto a fuerza de trabajo disponible (personas a ser desempleadas) de distintas entidades laborales y territorios.  Imposible, pues, convocar trabajo voluntario, en lugar de asegurar un ingreso salarial a quienes quedaron en esa situación.  Se añadía que en febrero, durante el Pleno 87 del Consejo Nacional de la CTC, se acordó que las movilizaciones para el trabajo productivo se desarrollaran en aquellas zonas que presenten una escasez de fuerza laboral que justifique la convocatoria o por afectaciones originadas por desastres naturales, tecnológicos, sanitarios, fenómenos climatológicos que dañen cosechas u otras producciones o servicios. ¡Ya era hora!

En el artículo se pregunta “cuántas veces observábamos gigantescas movilizaciones hacia campos agrícolas u otras actividades sin un contenido productivo, donde prevalecía la pérdida de tiempo, y el gasto de recursos era muy superior al efecto económico del trabajo que se iba a realizar.  Tal fenómeno, mucho más si ocurría el día de descanso, contribuía a generar el disgusto y la apatía entre los trabajadores”.  También podríamos preguntar qué ocurría si alguien osaba plantear criterios semejantes.  En el mejor de los casos se tildaba de apático, y no pocos fueron acusados de contrarrevolucionarios, imposibilitados de ascender en sus puestos o continuar sus estudios, y más.

Esas actividades tenían una incidencia definitoria en la vida de los cubanos desde la más tierna edad.  Estuvieron entre  los parámetros fundamentales para medir a niños y jóvenes como “seguidores del Che” y sus progresos para convertirse en el “hombre nuevo”.   La CTC las tuvo como objetivos primordiales,  de manera que ahora en Trabajadores se continúa insistiendo en que “el trabajo voluntario como concepción no desaparece, pues constituye una formidable fuente de conciencia, a la vez que desarrolla el colectivismo, la solidaridad, y es reconocido por la Constitución cubana y el Código del Trabajo”, y añade lo que no argumentó durante los decenios en que compulsaban a realizarlo: “sin embargo –en innumerables ocasiones- solo sirvió para tapar o eliminar la ineficiencia, malos métodos de trabajo y otras deficiencias administrativas”.   Y se añade que “en estos momentos se desarrolla un proceso de información y preparación de los ejecutivos de secciones sindicales, funcionarios y cuadros, para contribuir a la mejor comprensión de porque es necesario un cambio de mentalidad al respecto y tales razonamientos lleguen en forma convincente a los colectivos obreros”.

En fin, que la CTC es incapaz de renunciar a ser ejecutora de las determinaciones del Partido Comunista y el gobierno, como actualmente demuestra al encabezar los despidos de cientos de miles de trabajadores, cuyos intereses no defiende. Impone las decisiones de las autoridades que envían la partida del Presupuesto Estatal para que los dirigentes sindicales puedan ser la burocracia de esa supuesta organización no gubernamental.  Sin embargo no reconocen que  al trabajo voluntario acabó con las tradiciones laborales en Cuba y contribuyó a la pobreza actual.

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