24 de febrero: Las trascendencias de una fecha

24 de febrero: Las trascendencias de una fecha

El 24 de febrero, fecha que de modo recurrente marca hitos en el decursar de la historia de nuestra nación

LA HABANA, Cuba, febrero, 173.203.82.38 -Hay fechas que marcan significación y coincidencias trascendentes para  la historia personal, nacional o universal. Cuando el apóstol José Martí y su amigo el periodista y  patriota Juan Gualberto Gómez —organizadores en el extranjero y Cuba respectivamente— se pusieron de acuerdo mediante mensaje cifrado para que el 24 de febrero de 1895 se iniciara la última guerra de independencia contra el colonialismo español, estuvieron lejos de imaginar cuanta repercusión e importancia  en el tiempo iba a tener  aquel día en que el ansia de libertad de los cubanos se convirtió en la guerra necesaria.

Una vez más se unieron en la manigua redentora y en las lejanas celdas coloniales del norte de África los grandes héroes de la primera Guerra de Independencia (1868-1878) y los jóvenes patriotas que habían crecido inspirados en las pasadas epopeyas mambisas. Nuevamente los combatientes negros jugaron un papel determinante en la contienda, pero esta vez todos como hombres libres, junto a ellos la incipiente clase obrera de la Isla y la emigración demostró sensibilidad y desprendimiento para hacer un aporte capital a la campaña libertaria.

De la cruenta batalla por la emancipación salió una nación materialmente desolada, una independencia, de momento, limitada por las apetencias  y el tutelaje del vecino del norte, un pueblo dispuesto a enfrentar el reto de impulsar su desarrollo y fortalecer aquella recién nacida democracia.

Ochenta y un años después de que en el poblado oriental de Baire y otros tantos lugares de la Isla los cubanos se lanzaron a su última contienda emancipatoria, la fecha del 24 de febrero volvió a adquirir connotación fundacional. Luego de tres lustros de un andar revolucionario colmado de la entrega y el sacrificio de un pueblo convencido y del ilimitado poder de un gobierno henchido de voluntarismo improvisatorio,  Cuba, con el entusiasmo casi intacto y su cuerpo económico bastante agotado, enfrentó la necesidad histórica y practica de institucionalizar el sistema, para terminar de insertarse definitivamente en la orbita soviética.

El 24 de febrero de 1976, con una mayoría que solo pueden exhibir los poderes totales, se aprobó la nueva Carta Magna en la cual, antes de definir el Estado que refrendaba, se declaraba la fidelidad a la Unión Soviética. La Constitución, todavía vigente con algunas modificaciones, daba carácter de Ley Suprema al paternalismo incontestable y coactivo que ha regido nuestra nación por tantos años. Finalmente la Constitución del 76 quedó como letra muerta, en tanto nunca se instaló en la percepción de los gobernados y en la convicción de los gobernantes como el patrón de las relaciones sociopolíticas que, por principio, debía ser.

El 24 de febrero de 1996 en medio de una profunda crisis de fe, credibilidad y de proyecto, que estremecían el sistema hasta los mismos cimientos, los cubanos que habían demostrado capacidad y determinación para expresar pública y organizadamente su discenso político se disponían a confrontar sus criterios y propuestas en el marco del más grande y reconocido intento de integración de la corta historia de la oposición pacifica. Con Concilio Cubano los cubanos de a pie comenzaron a percibir que nuevas opciones de vida y desarrollo se anunciaban desde la Cuba alternativa y el centro de atención de los observadores internacionales comenzó a trasladarse del diferendo Cuba-Estados Unidos hacia los complejos entresijos de las correlaciones políticas internas.

Ese día en lugar del resultado de una reunión de cubanos que reclamaban su derecho a pensar y equivocarse por si mismos, el mundo recibió la inesperada noticia de la pulverización en el aire de frágiles avionetas de las que utilizaba una organización de exiliados para localizar y salvar a compatriotas escapados de la Isla por mar y que en aquella fecha se ocupaban de innecesarias tareas de propaganda antigubernamental. El crimen —con el tiempo se demostró que había sido fríamente planificado— fue humanamente inadmisible, técnicamente innecesario, aunque políticamente muy útil para reafirmar los tradicionales ambientes de confrontación que garantizaban al alto liderazgo histórico seguir gobernando, como plaza sitiada, una nación cerrada, pero por muchos años más.

El 24 de febrero de 2008, con la investidura oficial de Raúl Castro, se confirmó el reciclaje nominal de la más alta magistratura de la nación. Ese día el fin de medio siglo de liderazgo absoluto, personalista y carismático comportó para los gobernantes recién electos un reto moral  y un compromiso histórico que se identificaba con las, hasta ahora pospuestas, esperanzas del pueblo cubano.

Pocos años han bastado para confirmar que aquel día no comenzó el esperado reordenamiento estructural y conceptual prometido por el nuevo ungido de la dinastía castrista.

El 24 de febrero del año 2010 el mundo amaneció estremecido, pocas horas antes lo increíble e inadmisible había acontecido en Cuba. Orlando Zapata Tamayo, obrero, negro, humilde, nacido dentro de la revolución, luchador por los derechos humanos, y condenado a injusta prisión por sus ideas, moría después de una prolongada huelga de hambre en demanda de sus derechos más elementales.

El gobierno cubano pasó, sin transición, del crimen a la bajeza de calumniar al mártir, poniendo, de paso, una vez más al descubierto su naturaleza inhumana y racista. La inmolación de Zapata Tamayo sirvió para demostrar de manera concluyente cual es el verdadero rostro del totalitarismo decadente que destruye a cada paso el cuerpo material y espiritual de una nación que parece castigada por el destino

A pesar de la indolencia intolerante y antinacional de las autoridades cubanas, el legado y el ejemplo de quienes han entregado sus  vidas en la manigua redentora o en las mazmorras castristas renuevan la esperanza de ver a Cuba, más temprano que tarde, iniciar un camino más o menos largo, seguramente azaroso, pero necesariamente irreversible, dispuesta a conservar la independencia y soberanía alcanzadas en total armonía con la madurez institucional que no se concretó en 1976 y el respeto al pluralismo inmisericordemente bombardeado en 1996, única manera de lograr la patria unida, sin imposición ni excluidos, que los valientes de aquel primer 24 de febrero soñaron junto a Martí “Con todos y para el bien de todos”.

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