¿Muñecos de cuál esperanza?

¿Muñecos de cuál esperanza?

El año nuevo se esperó en esta ciudad con más esperanzas que realidades palpables

PUERTO PADRE, Cuba, enero (173.203.82.38) – Si agujerear muñecos es una modalidad de hechicería que se pierde en los tiempos, consistente en clavar agujas en un monigote que representa al maleficiado, incinerar muñecos justo a las doce de la noche del 31 de diciembre, es una de las tradiciones  preferidas de los cubanos para conjurar influencias maléficas del año que termina, y pedir buenaventura para el año nuevo.

Rellenos de aserrín, hojarascas, o de vaya a saber usted de cuánto material inflamable, quizás por aquello de “al mal tiempo buena cara”, el pasado 31 de diciembre proliferaron en esta localidad los muñecos ardiendo para recibir el primero de enero.

Aunque monseñor Dionisio García, arzobispo de Santiago de Cuba, y presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, pidió públicamente a la familia cubana celebrar la Navidad, en una difusión inusual de la televisión, la celebración de Nochebuena fue escasísima, lo que se atribuyó a la tradición perdida por las ya conocidas razones políticas.

Pero casi otro tanto ocurriría el 31 de diciembre, día que sí es tradicionalmente festejado por la familia cubana por todo lo alto; aun por las más humildes, que con frecuencia sufren carencias por muchos días con tal de despedir el  año, y recibir el nuevo con el muy añorado cerdo asado.

Este 31 de diciembre, cual símbolo de la cotidianidad cubana, el año nuevo se esperó aquí con más esperanzas que realidades. Si en otro tiempo la ciudad permanecía en estado de éxtasis, en comunión con el olor mágico de la carne asándose lentamente sobre las hogueras de los patios de las casas, o en los hornos de las panaderías, este año fueron los muñecos quienes ardieron en profusión, mientras los cerdos asados fueron escasos.

La carne de cerdo en pie, es decir, el animal vivo, subió a catorce pesos la libra. Gente con dinero hubo que llegó a pagarla a quince. Un pequeño cerdo de 40 libras, para una familia pequeña, sin invitados (téngase en cuenta que al sacrificarse pierde alrededor del 30 por ciento del peso vivo), se cotizó nada menos que en 560 pesos, casi 23 pesos convertibles, cifra nimia para quienes ganan  buen dinero, o lo obtienen de regalías, pero inaccesible al común de los cubanos de a pie.

Listo para asar, el cerdo mantuvo su precio fijo, 25 pesos la libra, cotizándose una pierna de tamaño medio en unos 600 pesos; esto es, 24 pesos convertibles. Pero en las típicas celebraciones cubanas, con mucha gente comiendo y bebiendo, una pierna mediana es insuficiente para la cena del 31 y proseguir la parranda de año nuevo.

En honor a la verdad, las autoridades hicieron un esfuerzo para que el pueblo la pasara lo mejor posible. Prácticamente obligaron a las cooperativas a comparecer con sus producciones; incluso, hasta las destinadas al autoconsumo de los trabajadores agrícolas.

La mañana del día 30 fue abierta la feria agropecuaria. Personalmente, Santiago Burey, primer secretario del Partido Comunista en Puerto Padre, comprobó la asistencia de las cooperativas convocadas. Así y todo, aquello fue como arar en el mar.

A lo largo de unos 300 metros del malecón de Puerto Padre, unas dos docenas de cooperativas levantaron sus tenderetes con precios de venta relativamente módicos: la libra de conejo a 10 pesos, y a 15 la de carnero. A 17 pesos la libra de cerdo era una verdadera ganga.

Pero resulta que entre todas las cooperativas acaso vendieron unos veinte carneros, quizás la mitad de conejos, y la empresa porcina se presentó con dos o tres de sus cerdos grandes, de 150 kilogramos.

Atado con una soga al cuello, un marrano miraba al mar, y como si fuera un velero, a un costado se podía ver su precio: mil 400 pesos.

Un mar de gente, y la frase no es metáfora, desde antes del amanecer hacía colas para comprar un pedazo de cordero. Pero mucho antes del mediodía ya no quedaban ni las piltrafas de los grandes cerdos de la empresa porcina. El marrano de mil 400 pesos voló del lugar, y ni siquiera se veía una costilla de los carneros traídos por las cooperativas.

-Nosotros no producimos carne. Estamos aquí cumpliendo una tarea que el partido nos asignó –dijo un cooperativista.

Quizás la respuesta de este hombre, expresada ante el descontento del pueblo, explique el por qué de tantos muñecos ardiendo el primero de enero. ¡Ah!, noticia de última hora: en las tiendas recaudadoras de divisas no aparecieron anuncios de rebaja de precios por el Día de Reyes. ¿Así se recibe al Papa en Cuba?

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