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Jueves, 23 de marzo 2017

‘Vivir en un solar no es tan lindo nada’

Hacinamiento, derrumbes inminentes… una imagen muy distinta de la que ha intentado vender el régimen

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LA HABANA, Cuba.- La estructura de las ciudadelas, cuarterías, casas de vecindad o de los solares ha variado en La Habana según las necesidades de vivienda. Antes de 1959 eran edificaciones subdivididas con baños comunes ubicados por lo general en los barrios marginales de la ciudad; después pasaron a ser solares también los palacetes abandonados que la revolución repartió en calidad de usufructo a quienes lo necesitaban.

Hoy una cuartería puede ser cualquier cosa, desde un cine que comenzó siendo un refugio para evacuados tras el paso de un ciclón, una librería que fue cedida a damnificados tras un derrumbe, o un almacén de víveres ocupado por un grupo de necesitados que se colaron ilegalmente.

También existe la variante de familias que han ido creciendo y han segmentando la casa para ganar en privacidad. En el Vedado, detrás del Convento de Letrán viven los Caín; en el municipio 10 de Octubre, por años entre los primeros en sobrepoblación, proliferan las casas fraccionadas en cuartos con cocinas, baños y salas independientes.

Neptuno 620 antiguamente era una tienda, después pasó a ser una librería, ahora las paredes —lo mismo de bloques que de madera— se confunden con lo que queda de vidriera. En la entrada por lo general hay una manicura con sus clientas. Una de ellas cuenta las vicisitudes de los vecinos.

“Imagínate que aquí nos han echado hasta maletines con mierda porque el ambiente es lo peor”, y agrega: “Nosotros vivíamos en el 616, y cuando se cayó, hace 15 años, nos dijeron que nos evacuáramos aquí porque en cualquier momento nos daban un apartamento en Alamar… y ya ves, hemos tenido que crearnos nuestras propias condiciones. Aquí quedamos los que hemos sobrevivido. Unos se han muerto, otros se han ido del país…”

La manicura guarda menos esperanza: “En cualquier momento lo que vienen es a ponernos una multa porque ya empezamos a cogernos el portal y con esas leyes de que no se puede cambiar nada en las fachadas, nos la aplican. ¿Pero qué querían? ¿Que estuviéramos toda la vida así viviendo como en un corral, todo el mundo mirándonos a la cara?”

En San Lázaro 58 viven, entre otras personas, una señora de sesenta y tantos años y su madre con demencia senil. Su casa, hecha de todos los materiales imaginables, está dentro de un parqueo.

“Uy, esto era por un ratico y llevamos 24 años aquí”, dice la más joven, “y sin esperanzas de que cambie la cosa. Bueno, es que ni siquiera nos han dicho que puede cambiar”.

En San Miguel 559, Centro Habana, una adolescente dice no tener recuerdos de su casa en buen estado. “Hace 16 años que estoy viendo el techo apuntalado, y me acuerdo cuando el segundo piso se cayó, cuando yo era niña”.

El solar de La California ha sido uno de los más afortunados: Isaac Delgado lo popularizó, se graban vídeos clips en su patio interior, en el 96 fue reparado y, de 51 cuartos, pasó a tener 36 apartamentos.

Bárbara, la encargada de proyectos del solar, confiesa: “Lo que nos queda es solo la fama”.

“En el 96 estuvimos seis meses albergados, reconstruimos el solar con nuestros propios esfuerzos, un grupo de familias se fueron a vivir a otro lado, y como mejoraron las condiciones de vida, por supuesto que mejoraron las relaciones”, explica. “Ahora no tengo que preocuparme por el baño colectivo ni por la barbacoa a punto de caerse”. Sin embargo, la tendedera de ropa para algunos es la reja de la entrada y  los espacios comunes son para que los ancianos cojan sol en sillas desvencijadas.

Línea y B es uno de los tantos palacetes del Vedado que perdió hace años los balcones, las tuberías de desagüe sobresalen de las paredes y está dividido en 21 cuartos.

“¿Qué diferencia puede haber entre vivir en un solar en el Vedado y otro en la Habana Vieja o en Luyanó si son 5 libras de arroz y dos adicionales en cualquier parte de la ciudad?”, dice un vecino de Línea y A, que acostumbra a coger aire en lo que queda de portal. “La revolución se ha encargado de equilibrarlo todo, pagas 21 dólares por un par de tenis lo mismo en el Vedado que en el Cotorro, hay lo mismo en el agro de 26 que en el de la Víbora, lo importante es sentirse bien”, y busca aprobación en la presidente del Comité de Defensa de la Revolución (CDR) que está pendiente a todo.

La vida en una casa de vecindad no es solo la imagen de solidaridad, de café compartido con amor entre los vecinos o la complicidad que han promocionado en no pocas ocasiones por los medios cubanos. También es el hacinamiento, la promiscuidad de más de veinte apartamentos donde debiera haber solo uno o dos. A veces lo más duro de la convivencia con desconocidos —que después de años ya no lo son tanto— son los pequeños detalles constructivos y de higiene.

“Vivir en un solar no es como lo pinta Buena Fe en sus canciones, ni parece una telenovela ni es tan lindo nada”, dice Javier, que tuvo una novia en una cuartería famosa del Vedado, la de los Caín. “Lo peor son los detalles, la música a todo meter, la basura en el pasillo, el tendido eléctrico que parece tendedera, si se arma una bronca te meten aunque no quieras”, a lo que se puede agregar las soluciones para las entradas de agua colectiva, los baños construidos donde apenas hay espacio, las entradas obstruidas por las ampliaciones, las fosas desbordadas o abiertas, las tendederas de ropa en  espacios comunes y la intimidad que los vecinos hacen colectiva.

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Acerca del Autor

María Matienzo Puerto
María Matienzo Puerto

Maria Matienzo Puerto: Una vez soñé que era una mariposa venida de África y descubrí que estaba viva desde hacía treinta años. A partir de entonces construí mi vida mientras dormía: nací en una ciudad mágica como La Habana, me dediqué al periodismo, escribí y edité libros para niños, me reuní en torno al arte con gente maravillosa, me enamoré de una mujer. Claro, hay puntos que coinciden con la realidad de la vigilia y es que prefiero el silencio de una lectura y la algarabía de una buena película.

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