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Puerto Padre: cuando el pollo vuela

Puerto Padre, Pollo, Las Tunas

LAS TUNAS, Cuba. ─ Reconstruía el muro de un embalse en la tierra que perteneció a mi padre ─a unos 12 kilómetros de Puerto Padre─ cuando a las 10:24 a.m. del pasado 20 de octubre recibí en mi celular un mensaje diciendo: “Ahora andaba Marta pidiendo dinero no sé para qué”.

Como Marta es mensajera de algunos vecinos cercanos y recoge dinero cuando hay algo que comprar en la carnicería o en la tienda por la cartilla de racionamiento supuse que algo estaría a la venta y respondí: “Yo estoy allá sobre las 2:00 pm”. Sin embargo, rápidamente entró otro mensaje diciendo: “Es el pollo por cajas el que van a vender”.

Entonces, respondí el SMS con un confiado “ya voy, hay tiempo”. Eso fue a las 12:44 p.m. Pero me equivocaba: no llegaría a tiempo para comprar mis 7,5 kilogramos de pollo, equivalente a media caja vendido a precio de mercado por cartilla de racionamiento, que, en teoría, y por razones administrativas y epidemiológicas de COVID-19, suministrarían de forma mensual las ya escasas TRD (Tiendas Recaudadoras de Divisas), que todavía venden en pesos cubanos luego de la dolarización galopante que experimenta Cuba.

Casi al mismo tiempo de recibir el SMS anunciándome que venderían “pollo por caja”, recibí otro mensaje diciéndome: “Hay pollo por la libreta en la carnicería y pollo por caja en la tienda”. El pollo de la carnicería es el racionado; una postita, un muslito, media cadera o algo así por “consumidor”, así es que respondí: “Voy en camino con viento de frente (en bicicleta) pero antes que cierre la carnicería y la tienda estoy ahí”. Y en la carnicería estuve a tiempo para recibir el mismo desconsuelo que en el pasado septiembre: “Deme la libreta para anotarlo”, dijo el carnicero vestido de verde cual cirujano en un quirófano.

Pero la tienda ya a las tres de la tarde estaba con la puerta bien cerrada. ¡Ni un alma! ¡Ni una caja de pollo a la vista! Y entonces proseguí hacia carnicería, donde había una cola pequeña, digamos de 15 a 20 personas delante de mí, y otras tantas que fueron llegando después de llegar yo, pero ¡ay! ¡Sorpresa…! Al hombre y a la mujer que iban delante, el carnicero vestido de cirujano comenzó a decirles: “Denme la libreta para anotarlos”. Y ese “denme la libreta para anotarlos” es santo y seña de maldición. El de se acabó. No hay. Hasta la otra vuelta. Y cuando me paré delante de él, y como igual me había sucedido en el mes anterior, sonriendo, el carnicero me dijo: “Bueno, no vas a comer pollo por la libreta, pero vas a comer pollo de la shopping”.

Harto de estar harto de no llevar a casa nada que comer llamé a un dependiente conocido: “Y mi media caja de pollo, ¿qué?”, dije. El dependiente me dijo que la orden que tenían ellos era de vender un día por tienda, y el que se quedó sin comprar se quedó, pero que fuera al día siguiente a las siete de la mañana que ya verían qué hacer por mí. Y fui. Y a otro cliente en igual condición a la mía nos vendieron en 640 pesos una caja de pollo de 15 kilogramos para los dos: “Vayan a la carnicería para que pesen la media caja de cada uno dijo el dependiente”.

Pero el carnicero sabía lo que iba a suceder porque puso en la pesa pieza sobre pieza hasta llegar a siete kilogramos. “Falta”, dije. “No”, replicó el carnicero, y comenzó otra pesada que supuestamente debía alcanzar los 7,5 kilogramos, pero que sólo pesó 6,95. Y volviéndose con gesto triunfal, el carnicero dijo: “Siete y siete 14, falta un kilogramo, ¿vieron de donde falta el pollo aquí en la carnicería? ¡Todas las cajas vienen iguales, a todas les falta!”.

Un kilogramo de pollo en la “shopping” cuesta algo así como 42,66 pesos cubanos, que sumados por, digamos, 500 clientes de una tienda a la que le sustraigan un kilogramo por cada caja, suman 21,330 pesos. Y así sucede en cualquier lugar de Cuba. Así me sucedió a mí en Puerto Padre, donde el pollo vuela.

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