Paranoia del comunismo

Paranoia del comunismo

Pasarán muchos años antes de que el miedo deje a los cubanos

Un cartel de los Comités de Defensa de la Revolución (foto de archivo)
Un cartel de los Comités de Defensa de la Revolución (foto de archivo)

LA HABANA, Cuba.- Argimiro Caro fue un activista por la democracia en Cuba hasta que emigró  a “tierra de libertad” en el 2005. Me juró una vez que, en una visita al dentista, le habían insertado un chip en una pieza para mantenerlo localizado.

“¿No ves una sombra oscura dentro de la muela?”, enseñaba. “Ahí está. Y además de ubicarme donde quiera que vaya, también transmite lo que hablo”.

Me reí de su ocurrencia, pero fue convincente al explicarme que, cada vez que daban una reunión del grupo, estaba monitoreada por la policía política.

“Por mucha compartición que mantenga saben por dónde ando. A veces sólo yo sé lo que vamos a hacer y como quiera dan con el sitio. Luego, cuando me llevan para la unidad, repiten lo que hemos hablado. ¡Hasta en sueños! ¡Cosas que he dicho dormido la conocen  de manera textual! ¡Es una locura! ¡Por eso tengo que irme!”

Le sugerí que la sacara y concluyera aquel martirio, pero me mostró la encía. Aquella muela y tres dientes mal distribuidos, era lo que subsistía de su dentadura.

“La falta de calcio en la prisión, compa, de esa nadie escapa. Y no quiero vivir a base de sopita”.

Le propuse se pusiera una prótesis y se aterró más. “¡¿Tú estás loco?! ¡¿Quieres que me llenen la boca de chips?!”.

Julio Peña, alias Pipo, vecino del callejón de San Felipe en Jaimanitas, también emigrado para Estados Unidos, me visitaba todas las tardes en los días anteriores a su salida y me contaba cómo era seguido a todas partes por agentes vestidos de civil.

“En los ómnibus, a pie, en taxi, como quiera que me mueva ahí están, pisándome los talones. Se turnan cuando los descubro. He aprendido a localizarlos, no solo por sus motos, también por sus camisas, pulóveres y tenis. Un entramado como una tela de araña”.

Intenté convencer a Pipo que era irracional creer que tal gasto de recursos, hombres y salarios, se destinaba solo para saber adónde iba y con quién hablaba. Respondía: “¿Y tú no crees que ahora mismo nos están filmando y grabando?” Me devolvió mi desconfianza diaria que todo lo que hago, hablo y pienso lo saben. Y sentí aversión  por aquel miedo colectivo, especie de “1984” a lo cubano incubado en los genes de estas generaciones post 1959.

Miré a ambos lados de la calle y vi gente parada en los portales, o matando el tiempo en la esquina, y sospeché de todos. Alguno se encargaba seguramente  de “identificar”  qué me contaba Pipo y qué le respondía yo.

La vigilancia comunista comenzó en Cuba con la creación de los Comités de Defensa de la Revolución en 1960. Vecinos que en cada cuadra controlaban la vida de los otros hasta en sus detalles íntimos. No dejaban resquicio para el pensamiento contrario a las ideas del nuevo gobierno revolucionario de “crear una nueva sociedad y un hombre nuevo”.

El movimiento opositor fue quien más padeció estos males y este férreo control, que muchos llamarían paranoia. Andy, mi barbero, comenta que profesa un profundo respeto a “esa gente”. Porque a pesar de ser desvalidos sociales que no poder ni siquiera trabajar para el Estado porque no se le permite, disienten. Hablan. Escriben. Denuncian. En un país con un poderío tremendo sobre el individuo.

Le pregunto cómo deber estar “la cosa” ahora, con la visita de Obama y un escalofrío lo hace persignarse. Con su frase habitual resume ese miedo colectivo que llevará generaciones en arrancarse del cubano: “¡Hay que estar más quieto que una foto!”

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