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Sábado, 18 de noviembre 2017

Organización castrista, coartada de ilegalidades

“Aquí los CDR no se meten en nada porque todos vivimos de lo mismo”

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Muchos se escudan en cargos a nivel de barrio para ocultar ilegalidades. Funcionan como especie de salvoconducto (foto del autor)

LA HABANA, Cuba.- Ya muy pocos reparan en su existencia ni le prestan demasiada atención. Los Comité de Defensa de la Revolución (CDR), junto a las organizaciones sindicales, han sido el principal mecanismo de movilización y manipulación de las masas populares para un gobierno que, de modo constante, necesita proyectar una imagen de consenso. Sin embargo, las cosas no han estado saliendo como años atrás.

Disfrazados de organización civil independiente del Estado, es el propio gobierno quien designa a sus principales dirigentes a nivel nacional y quien elabora sus “programas de acción”.

Pertenecer a los CDR es obligatorio, a pesar de que los estatutos dicen que integrarlos es una acción voluntaria por parte de los ciudadanos. Negarse a colaborar, aún puede obstaculizar la vida privada y el desempeño profesional de los “renegados”.

Pero en numerosos lugares de Cuba, los CDR no siempre son vistos como un elemento negativo. Con los años, la astucia de quienes están obligados a sobrevivir al caos económico y social, ha arrimado la sartén a su fuego, transformando la organización “revolucionaria” en un mecanismo de protección y enmascaramiento de las ilegalidades.

Es la experiencia de Pablo, quien ha sido presidente del CDR de su cuadra durante más de veinte años, así como su esposa es la encargada de Vigilancia. Para ambos, mantenerse en el cargo les ha permitido salir ilesos de numerosas situaciones de riesgo en un barrio tan convulso como el de La Cuevita, en San Miguel del Padrón.

Meca del contrabandeo en Cuba, se ha dicho en broma que en La Cuevita si pides un tanque de guerra, te lo venden al instante.

“Aquí las redadas de la policía son todas las semanas pero no pasa nada. Se meten solo con quien no está mareado o con gente que ha metido la mano donde no debe. Hay que saber dónde dar el palo (robar)”, asegura Pablo: “Casi toda la mercancía de contrabando, la que traen las mulas y lo que la gente se roba por ahí, la encuentras aquí. (…) La Cuevita ya no es lo mismo que hace unos años pero sigue siendo el lugar donde se vende más barato y donde todo está pensado para esto (…). Aquí los CDR no se meten en nada porque todos vivimos de lo mismo. (…) Si viene la policía uno hace su papel y si tiene que pasarle un menudito se le pasa, pero esto no es para chivatear, es para no joder el negocio”, afirma Pablo.

Unas cuadras más adelante, en el mismo callejón, existe otro CDR donde uno de los vecinos entrevistados describe una situación similar.

Yeineris no ocupa ningún cargo en la organización pero sabe lo útil que es estar asociado a ella. Dice, casi entre susurros, no importarle el gobierno e incluso está a favor de cambios políticos, no obstante, prefiere mantenerse al margen de cualquier acción disidente por tal de mantener su negocio.

“Si no eres cederista eso te crea tremendo foco. La policía entonces te pone el dedo y eso es malo para el negocio”, confiesa Yeineris quien usa la sala de su casa para vender mercancías importadas: “Aquí hay que pertenecer a todo, seas revolucionario o no, eso es una protección. (…) Yo doy dinero para la fiesta del CDR, me tomo la caldosa, grito viva la revolución y todo eso, aunque no me importe, la cosa es que el Jefe de Sector (se refiere a la policía) me vea y sepa que yo no ando en nada. Y así llevo una pila de año en esto y nadie se mete conmigo (…). Ojalá que las cosas cambien, es verdad, pero yo no me meto en eso”, dice Yeineris.

Es difícil lograr que en Cuba las personas hablen de estos asuntos con un desconocido, mucho menos con un medio de prensa independiente. Las conversaciones se interrumpen al instante en que uno pide permiso para comenzar a grabar. Las opiniones se transforman en frases ambiguas y comienzan las contradicciones.

No se llama María, pero uso el nombre para ocultar su verdadera identidad. Es residente en Arroyo Naranjo y tiene un par de cafeterías en la barriada de Mantilla. Confiesa que para abastecerse de mercancías acude constantemente al marcado negro y que incluso paga a sus empleados de modo clandestino para evadir los impuestos.

Mientras converso con ella de manera informal me asegura que ha aceptado cargos en el CDR de su cuadra solo para “mantener a raya a la policía”. No le importa la organización pero le ha resultado útil para la estabilidad de su negocio. No obstante, a mitad de la entrevista, se proyecta a favor del gobierno y evita ofrecer más detalles.

“No es que yo lo hiciera para tener ventajas. También es que aquí hay mucha gente envidiosa, ven que uno tiene un poco más de posibilidades y empiezan los problemas porque si compro esto o aquello. (…) Pero yo acepté porque soy revolucionaria. (…) No me meto en como piensen los demás ni me importan las Damas de Blanco ni los derechos humanos pero soy revolucionaria”, reitera María con cierto nerviosismo.

Al igual que María, Juan, que tampoco es su nombre real, dice que pertenecer a los CDR y ocupar cargos a nivel de barrio en la organización le fue de mucha ayuda en un momento crítico.

En el barrio donde vive desde hace más de cuarenta años, cercano al Parque Lenin, se dice que a finales de los años 80 y principio de los 90 Juan cultivaba marihuana en el centro de una finca cercana a la presa Ejército Rebelde y que aunque la policía intervino el lugar, no sucedió gran cosa y todo quedó en el olvido.

“La gente habla lo que no sabe. (…) Yo no sabía que había marihuana en la finca, eso fue alguien que lo hizo para joderme. (…) Por suerte yo siempre estuve integrado y la policía sabía que yo no era capaz de hacer esas cosas. (…) No te puedo negar que eso (ocupar cargos en el CDR) me ayudó y que cualquiera en mi caso hubiera ido preso”, dice Juan y se ríe con cierta malicia.

Para algunos, los CDR continúan siendo un mecanismo policial-represivo para monitorear el barrio y obtener información sobre las personas. Para otros, es una de esas organizaciones obsoletas que existen solo porque disolverlas sería una señal de que el sistema no es funcional.

Las nuevas tecnologías informáticas, la ampliación de la telefonía móvil y de los servicios de internet, todos administrados por un único proveedor estatal, dueño de la información de los usuarios, a quienes no ofrece garantías sobre la seguridad de los datos, le asegurarán al gobierno una sociedad más vigilada que en los tiempos de la creación de los CDR.

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Acerca del Autor

Ernesto Pérez Chang
Ernesto Pérez Chang

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado las novelas: Tus ojos frente a la nada están (2006) y Alicia bajo su propia sombra (2012). Es autor, además, de los libros de relatos: Últimas fotos de mamá desnuda (2000); Los fantasmas de Sade (2002); Historias de seda (2003); Variaciones para ágrafos (2007), El arte de morir a solas (2011) y Cien cuentos letales (2014). Su obra narrativa ha sido reconocida con los premios: David de Cuento, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en 1999; Premio de Cuento de La Gaceta de Cuba, en dos ocasiones, 1998 y 2008; Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, en su primera convocatoria en 2002; Premio Nacional de la Crítica, en 2007; Premio Alejo Carpentier de Cuento 2011, entre otros. Ha trabajado como editor para numerosas instituciones culturales cubanas como la Casa de las Américas (1997-2008), Editorial Arte y Literatura, el Centro de Investigaciones y Desarrollo de la Música Cubana. Fue Jefe de Redacción de la revista Unión (2008-2011).

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