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Miércoles, 07 de diciembre 2016

Muerto el hombre, nace el mito

¿Cómo se está orquestando la eternidad de Fidel Castro?

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Fidel Castro (foto: Granma)

Fidel Castro (foto: Granma)

MIAMI, Estados Unidos.- La noticia corrió como pólvora de boca en boca: “Fidel Castro acaba de morir”. Gracias a la expansiva red comunicativa que los celulares han facilitado en estos últimos años, el dato llegaba de manera instantánea desde la Isla y los medios de comunicación internacionales. Aquello que parecía inminente y que tantas veces se convirtió en un falso rumor terminó por concretarse el pasado 25 de noviembre, a pocos días de concluir el año 2016 y cuando  muchos cubanos exiliados y emigrantes habían celebrado el día de acción de gracias en suelo estadounidense.

En Miami la algarabía no tardó en concentrase frente a un sitio que desde hace tiempo acoge en sus alrededores eventos relacionados con la vida política cubana. El Versailles vive desde entonces un prolongado Black Friday con superventas de café cubano y pastelitos, cosas que nunca faltan en cualquier velorio cubano en la llamada capital del exilio. Sonido intermitente de bocinas, gritos de júbilo, exclamaciones sobre la libertad y otras no aptas para cualquier oído, se escuchan en el entorno. Sobre el área en el que ocurría este singular carnaval de la Calle 8, sobrevolaban dos helicópteros, a tiempo completo desde el momento en que se comenzó a congregar la gente. Los accesos al sitio permanecían ocupados por la policía y el tráfico estaba cortado en ese tramo de la célebre vía miamense. Un coste imprevisto que el presupuesto condal debe deducir para este acto de despedida a un enconado enemigo.

La pregunta que ronda es el porqué de esta celebración y sobre la razón de aplaudir con alegría la muerte de una persona, aunque se trate del dictador cubano. Desde el punto de vista cristiano no existe fundamento que lo apoye. En primer lugar la muerte natural viene de Dios y nunca ella puede apreciarse como castigo. Si así fuera el cuestionamiento se tornaría sobre el trágico final que sufren tantos inocentes en el mundo. Por otro lado, si Dios es infinita misericordia y perdón, entonces no puede tomarse el final de la vida como el pago por las fechorías cometidas.

Pero tomando el hecho desde el punto de vista agnóstico, que es el que predomina en este jolgorio, tampoco habría mucho para celebrar. Fidel Castro se fue con una edad venerable, rodeado de los suyos y en la cúspide de un poder que concentró en sus manos durante casi sesenta años. Un dominio que la enfermedad obligó a legar en su hermano, pero que siguió detentando hasta última hora a través de la influencia personal de ideas y palabras. Fidel muere en casa propia, lejos del destino que corrieron otros dictadores que tuvieron que huir al exilio tras ser removidos por la fuerza. A diferencia de las celebraciones que festejaron la caída de Batista, Machado o Somoza, la que nos ocupa se organiza en el exterior, en diferentes lugares donde se ha establecido una comunidad cubana llevada por  la circunstancia política que construyó el Comandante.

Como si fuera poco los textos noticiosos exhibidos para expresar satisfacción por la noticia, llevan todos sin excepción en primera plana y a todo tamaño la foto del extinto gobernante en algunas de sus más reconocidas imágenes: Castro jugando pelota, Castro fumando tabaco, Castro en la Sierra, Castro pronunciando un discurso, Castro en la ONU o vistiendo traje. O en esas últimas, ya anciano, con aquella enigmática sonrisa socarrona (estilo Mona Lisa) donde resulta impreciso definir la frontera entre el gesto senil y la burla consciente. La propia exclamación con la que se proclama su muerte pareciera indicar la asimilación de su inmortalidad.

A contracorriente del rechazo, la fuerza del mito se hace evidente. Una realidad que garantizará la eternidad que no puede dar el breve paso por la vida física. Las noticias rememoran sus frases célebres, historias familiares de todo tipo inéditas hasta el momento, amoríos que algunos titulares cifran en “miles”, intentos de atentado que, adelantan, pueden rebasar el número 600. El mito se construye con símbolos y fechas. El día escogido para partir coincide con aquella salida del Granma desde Tuxpan. Es el mismo día en que muere Pablo Lafargue y en que Elián González fue rescatado del mar. Casado con la hija de Carlos Marx, el cubano Lafargue es considerado uno de los divulgadores principales de las ideas del socialismo. Elián se convirtió en una prolongada batalla política dirigida por Castro, cuyas secuelas derivaron en el episodio de los Cinco Espías y todo lo que ello significó hasta la solución del caso en el 2015.

A lo anterior se une la fecha escogida para el funeral del 4 de diciembre en Santiago de Cuba y el enterramiento justo al lado de la tumba del prócer José Martí. Religiosidad popular de Santa Bárbara, patrona de los artilleros, reverenciada por los isleños desde el catolicismo y el credo afrocubano, en el que se amalgama la historia de la santa milenaria, mártir por su firmeza de fe; y la divinidad africana, dueño del rayo y de la guerra, mujeriego pertinaz que burla a sus enemigos con su capacidad de transformarse. El círculo se cierra con la conexión al Héroe Nacional con el que siempre identificó su impronta nacional.

Ocupar un lugar definitivo junto a la tumba que ocupan los restos de José Martí, confiere a Castro el  estatus de seguidor de un apostolado de independencia, justicia y libertad que él siempre reclamó. Lejos de ello la Cuba que nos queda de inmediato adolece de ese ideal martiano en muchos de sus aspectos.  A su ida Fidel deja un país arruinado (aunque las culpas las cargó al embargo de su mayor enemigo, al que debe paradójicamente gran parte de su gloria), con un pueblo empobrecido, familias divididas por la ideología y la distancia. Un país que envejece aprisa porque sus jóvenes no quieren vivir en él.

Como gobernante absoluto, Fidel Castro se va con sus objetivos logrados. Permaneció en la cima del poder hasta el final y su ego fue colmado hasta la saciedad al ocupar ya en vida un espacio en la historia que nadie puede discutirle. Un aire de grandeza que viene de nacimiento. Una foto suya de sus años de estudio en una escuela religiosa muestran al Fidel niño atento al objetivo de la cámara, dando espaldas a una mesa llena de golosinas, de las que sí están pendientes otros pequeños, incluidos su hermano Raúl, ajenos al suceso de una instantánea.

En ocasión de una visita a la ONU un periodista le preguntó a Castro que ocurriría tras su muerte. Entonces, cuando aquello parecía imposible, Fidel respondió que el Diluvio. Para él iba a ser lo mismo porque según su expresión tras su desaparición física todo le daba igual. Pero el comienzo del caos lo pudo apreciar en vida el Comandante y tal vez este fue su verdadero castigo. Alejado del poder por fuerzas mayores tuvo que asistir a cambios que él nunca hubiera implementado. Incluso que el primer presidente negro de Estados Unidos, un joven lleno de vitalidad y carisma, restableciera los vínculos con la Isla. Su visita al país, el calor de aprecio popular que recibió, el discurso histórico visto por todos y el hecho de que echara abajo en un santiamén el andamiaje sobre el que el Fidel apareció como el invicto revolucionario, férreo atrincherado antimperialista y fiel defensor de las banderas del comunismo. Y este es el punto en el que hoy debemos reflexionar los cubanos. Sobre todo  cuando algunas voces irresponsables piden recomponer aquel desdichado sortilegio de congelamiento y separación al que el dictador de seguro quisiera que continuara como freno a todo cambio. El mejor homenaje póstumo que sus detractores pueden dedicarle.

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