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Sábado, 19 de agosto 2017

Los regalos que me hizo la policía política por San Valentín

Crónica de una detención

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Agentes de la Seguridad del Estado (Archivo)

BAYAMO, Cuba.- “¿Aquí vive Roberto Rodríguez?”, preguntó el oficial de la Seguridad del Estado que, acompañado de un perito y tres uniformados, se disponía a efectuar un nuevo registro en mi vivienda. Eran las dos de la tarde del 13 de febrero. Fue el primero de los regalos que me hizo la Policía Política en vísperas de San Valentín.

La orden de registro para ocupar medios de cómputo y comunicaciones parecía estar en regla, exceptuando el nombre del actuante, solo aludido como Maikel. El oficial citado dijo que era él mismo, pero se negó a revelar su cargo y apellidos.

“Todo el mundo para la sala”, ordenó, irrespetando a un señor que nos visitaba, ignorando la indignación y reclamaciones de mi esposa y el llanto de nuestra hija de 11 años, nerviosa y asustada ante la arremetida policial. Buscaron dos testigos y comenzó la revolvedera, escudriñando minuciosamente con linterna cada rincón sospechoso. Terminado el registro, con nulo resultado, el segundo regalo fue una detención por 24 horas.

Otros regalos y sorpresas

En la Unidad Provincial granmense, de Instrucción de los Delitos Contra la Seguridad del Estado (DCSE), me esperaban nuevas sorpresas. Ante la petición de firma de mi declaración, se impuso una revisión detallada del documento, fue allí cuando supe que estaba ante el 1er Teniente Maikel Villa Mendoza, a quien se le sumó el instructor penal de DCSE, capitán Daniel Ramírez Matamoros, quien en septiembre pasado, en similar registro, ocupó todos mis medios de trabajo periodístico. Según Matamoros, “todavía los peritos investigan tus medios”.

Acto seguido una, aclaración-advertencia-amenaza: “Apenas nos enteremos que tienes algún medio electrónico o de comunicación, te hacemos otro registro y vamos a tener que tomar medidas más drásticas contigo”.

No me regales más nada… déjame ganármelo yo

Ante la fracasada ocupación de medios, orquestaron un plan macabro para culparme injustamente de Distribución de Propaganda Enemiga, mostrándome unas octavillas que encontraron regadas por las calles bayamesas y alegando tener un detenido que me culpaba de habérselas entregado. Mi solicitud de careo fue instantánea.

Mientras buscaban al susodicho, leí las frases de la octavilla superior del paquete de volantes, cuya procedencia me achacaban. No recuerdo el orden, pero decían, “Bajen los precios y suban los salarios”, “Abajo el hambre y la miseria”, “Abajo la doble moneda”. Aun no comprendo por qué les catalogaron de propaganda enemiga, cuando reflejan las demandas que a puro grito exige el pueblo cubano.

En el otro extremo de la oficina, hicieron sentar un anciano nervioso y apenado. Tres días de detención, una celda oscura e infestada de mosquitos, una cama de cemento todo el día, sin colchón ni sabanas, presión psicológica y temor a ser encarcelado a sus años (65, aseguró luego un familiar cercano del señor), entre otros elementos, pesaban sobre sus espaldas. Se veía dispuesto a cualquier cosa con tal de ser liberado.

Con la cabeza gacha y lenguaje tropeloso, el señor afirmaba, a medida que Matamoros “citaba” la declaración dada por el anciano, sus erráticos argumentos, me bastaron para la deducir la manipulación a que había estado sometido, antes de ser llevado a mi presencia.

Mi respetuosa pero rotunda negativa a los alegatos del señor y posteriores reclamaciones a los oficiales, fue acallada con las palabras del oficial Maikel: “Bueno Roberto, usted se queda detenido y bajo investigación”. La orden de detención, previamente elaborada, no cambió, ni tampoco la de liberación 24 horas después,  yo seguía acusado de Distribución de Propaganda Enemiga.

El último regalo

Casi al oscurecer del día 14, fui liberado. Según dijo Matamoros, de forma sarcástica y queriendo aparentar benevolencia, “para que puedas disfrutar de lo que queda del Día de los Enamorados”, y mediante acta de advertencia, me prohibían volver a realizar unas acciones que no había cometido”.

Ya en casa, un baño reconfortante palió el cansancio y el penetrante olor dejado por el apestoso colchón, que reglamentariamente prestan de 10 de la noche a 5 de la mañana, minutos después, mi esposa descubrió un último regalo, hasta ese momento desapercibido. Un piojo había escapado del encierro en mi cabeza.

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