Los boteros están “en remojo”

Los boteros están “en remojo”

El Gobierno no ha encontrado una alternativa viable para solucionar la crisis del transporte

Piquera de Felipe Poey y Acosta, en Diez de Octubre (Cortesía)

MIAMI, Estados Unidos.- Los choferes asociados en cooperativas con la empresa Taxis Cuba reciben nuevas regulaciones y los boteros, se sienten “en remojo”, dice un chófer que cubre la ruta Habana-Playa.

“El año empezó con tremenda bola”, cuenta, sobre lo que se suponía que fuera otra oleada de inspectores en las calles habaneras. “Se decía que se tirarían para la calle a cazar a todo el que estuviera boteando ilegal, pero ya estamos en febrero y no ha pasado nada, por suerte, porque en esas redadas caemos todos. Es que nos tienen tremenda roña”.

Asegura que ha tenido “varios bateos”, lo mismo con policías que con inspectores que han intentado quitarles la licencia “por cualquier bobería”.

Pero de lo que no ha escuchado aún es de la supuesta “huelga de boteros” que se expandió en las redes sociales. Ni él ni otros que fueron consultados para este reportaje, a lo largo de una semana y en varias rutas de transporte.

“¿Un día? Deberíamos dejar de salir una semana entera para ver si alguien se da por enterado que somos nosotros los que movemos la ciudad”, afirma Bernardo, un ex profesor universitario que botea de La Habana al Cotorro. Fabula con la idea de que les pidan disculpas por “la cantidad de mierdas que les han hecho”, listado que va desde los grandes impuestos al final de año fiscal, las regulaciones de pagos por tramos, hasta los despliegues de inspectores tratando de “cogerlos fuera de base”.

“Están pa’l daño”, dice el ex profesor. “En La Habana no hay quien haga una carrera limpia. Imagínate que han puesto señales de no parar o no estacionarse donde habitualmente se podía parar, y en cada esquina hay un policía esperando a que metas la pata”.

Así mismo ha sucedido con la señalización de la Esquina de Tejas, donde históricamente la gente se para a conseguir viaje.

Cada una de estas acciones está encaminada a que los tan llevados y traídos boteros se ajusten a las imposiciones del Estado.

Luis Alberto, otro profesional que ha decidido cambiar la oficina por el timón, hace una análisis de lo tendría que hacer el Estado para que ellos bajaran sus precios.

“Primero, resolver el tema de petróleo, neumáticos y baterías”, dice, y hace un recuento de lo que gasta un botero promedio. “Si yo encontrara el petróleo, vendido por el Gobierno, a 8 CUC; la batería en 30 en vez de a 90 y los neumáticos en 50 cada uno en vez de a 120 como tengo que comprarlos, te digo que se puede llevar el transporte a cinco pesos”. Esos tres productos son los que con más frecuencia deben cambiarse en “estos carros”, los almendrones.

Del otro lado están los chapistas, torneros y mecánicos particulares a los que tiene que acudir todo el que botea, y de los que no se puede esperar ningún tipo de rebaja porque “ellos sí no están para resolverle el problema del transporte a nadie”, comenta Luis Alberto.

“Por un pedacito así” y marca con los dedos un espacio de 10 cm aproximadamente, “te cobran 10 dólares o los mecánicos a los que si van a tu casa les tienes que pagar el día de trabajo, por una defectación ya te piden 20 dólares”.

En el medio de lo que Luis Alberto cree que es una “encerrona” están los impuestos mensuales. “Mi estrategia es declarar 1500 por mes para que al final del año no me pongan como subdeclarante, y no tener que pagar la millonada que ves a la gente por ahí pagar”. Asegura que “no da la cuenta si tienes a alguien manejando tu propio carro”. Él mismo dijo haber tenido 15 choferes antes de dejar su puesto en una oficina del Gobierno en la que solo podía “robar tiempo”. Ahora le da la cuenta porque “divide los trayectos según los horarios y cobra a veces el doble”.

Supuestamente las horas críticas son de seis a ocho de la mañana, cuando la gente intenta llegar a sus trabajos; y de tres y media de la tarde a seis, cuando la gente intenta regresar a sus casas. Pero perfectamente pueden llegar las nueve de la noche sin poder “atrapar un carro”, porque los mismos boteros dividen las rutas a su antojo.

Los fines de semana la crisis es de 24 horas, pero después de las 9 de la noche “es casi imposible empatarse con un carro”, comenta una centrohabanera.

Los taxis ruteros debieran ser la contraparte a esta situación; sin embargo, para muchos son “una mentira más” porque hasta sus mismos choferes creen que “la inversión ha sido a medias, como todo en este país”. Así dice uno que debe recorrer, un día sí y otro no, desde Concha y Luyanó hasta el Vedado, atravesando la calle Belascoaín que “hace años ni la miran”, lo que se ve en sus incontables baches.

Al respecto un chofer de taxi rutero llamado Elier (no quiso dar su apellido) asegura que ellos no son quienes ponen el recorrido. “¿Ah, pero tú crees que uno es bobo? Es más corto ir del Vedado a la Víbora atravesando la Plaza, Boyeros y Lacret o Santa Catalina, que salir a Infanta para llegar a la calzada de 10 de Octubre”, y contrasta el recorrido habitual de la zona con el que les impuso el Gobierno.

Los de Vedado-Habana transitan por la calle Zanja. Al montar, el chofer no explica que el recorrido será diferente al que los pasajeros están habituados.

Algunos reconocen que las nuevas rutas pudieran servir para descentralizar el fluido de la ciudad. Muy pocos han logrado realmente a disfrutar de estos taxis porque la demanda es superior.

Tomando un taxi en el Parque de la Fraternidad (Foto archivo)

Sandy cree que la crisis empezó cuando “hace un año y pico recortaron el combustible a los choferes del Gobierno y ya no pudieron revender el petróleo”. Recuerda que al año pasado, “en pleno verano, cuando todo el mundo está de vacaciones”, pensó que tendría que “agarrar la bicicleta como en los viejos tiempos”.

“Esta es parte de la guerra que tiene contra los cuentapropistas, y como alguien se cree que los que más dinero hacen son los boteros, entonces es contra ellos la cosa; pero nosotros, los que no tenemos ni carro ni negocio ni petróleo, somos los más afectados”, señala, y basta ver las colas de gente esperando coger “un carro”, en los distintos puntos de la ciudad que llaman piqueras.

Recuerda además todas las medidas que el gobierno ha tomado para “poner peor” el transporte.

“Antes las guaguas de los centros de trabajo podían recoger a la gente en la calle y lo quitaron porque esos también ‘se estaban haciendo ricos’; había ‘amarillos’, que eran los inspectores que paraban a los carros del Gobierno para que hicieran el favor de llevar según la ruta, y eso también se acabó”. Asegura que ahora todo el que puede “botea ilegal” y que ha visto “de todo” en la calle.

Para muchos, los boteros son “el hombre nuevo” que quería la revolución: “Si pueden te estafan, tienes que aguantar su reguetón, te restriegan en tu cara que el carro es suyo, y al final, igual tienes que pagar”, cuenta una pasajera de otro Taxi Rutero. “¿Pero dime qué vamos a hacer?”, se pregunta.

Para ella, como para muchos, los boteros son la única solución o al menos la más estable que tiene “la gente que no quiere llegar hecha un asco al trabajo por las mañanas o a una fiesta, porque la guagua… ni hablar”, concluye la misma pasajera, y deja con su comentario bien claro de que el transporte público para algunos ha dejado de ser una opción.

La realidad se impone. Ilegales o no, groseros y maleducados o no, estafadores o no, los boteros aún son los que salvan situación y el Gobierno se entretiene en perseguirlos y controlarlos sin dar una solución real a al transporte en la ciudad.

Acerca del Autor

María Matienzo Puerto

María Matienzo Puerto

Maria Matienzo Puerto: Una vez soñé que era una mariposa venida de África y descubrí que estaba viva desde hacía treinta años. A partir de entonces construí mi vida mientras dormía: nací en una ciudad mágica como La Habana, me dediqué al periodismo, escribí y edité libros para niños, me reuní en torno al arte con gente maravillosa, me enamoré de una mujer. Claro, hay puntos que coinciden con la realidad de la vigilia y es que prefiero el silencio de una lectura y la algarabía de una buena película.

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