Librerías de La Habana: más libros que literatura

Librerías de La Habana: más libros que literatura

“¿Con tanta hambre que hay, tú crees que sea normal que me preocupe por conseguir un buen libro?”

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Interior de la librería en Monte (foto del autor)

LA HABANA, Cuba. – “¿Con tanta hambre que hay, tú crees que sea normal que me preocupe por conseguir un buen libro? Eso me pregunta siempre mi vecina. Ella dice que leer ese es un lujo que puedo darme porque no tengo hijos”, cuenta Ernestina, en la Calzada de Diez de Octubre. Su respuesta siempre es la misma: “Sí, tengo tiempo para leer”, y detrás añade una larga explicación sobre el origen y el precio de los libros.

Pancho, un anciano de 70 años al borde de la mendicidad, recuerda la librería Carlos J. Finlay en la misma calzada, un establecimiento que hace años pasó a ser la vivienda de alguien.

“Sus supuestos dueños llegaron un día, estuvieron un tiempo y después más nunca los vimos. Dicen que están para Oriente, pero nosotros perdimos la librería de la infancia de mis hijas. No tener un lugar para encontrar libros nos hace más miserables de lo que ya somos”, dice, y enseguida habla de la Calzada de Jesús del Monte, el espacio al que le cantara antaño el poeta Eliseo Diego por sus portales, sus palacetes, sus columnas y su eclecticismo.

Hay otras librerías icónicas que aún no cierran, pero tampoco reciben “mercancía”, o la que reciben no interesa a los lectores cubanos, como sucede en la unidad situada en la calle Monte, al lado de la tienda La Sortija.

“Estamos esperando mercancía”, dice una de las vendedoras sin perder la amabilidad de las viejas libreras. “Mercancía” son los libros de sopas de palabras, “los que más se venden aquí” porque “lo otro apenas tiene salida”. Los libros “se ponen amarillentos por la mala calidad del papel o son literatura política que casi nadie lee”.

La librería Abel Santamaría ha corrido la misma suerte que La Ateneo de la calle Línea del Vedado. Perdió un cristal “y no lo acaban de arreglar, es como si supieran que ʻesoʼ, los libros, no se los roba nadie o que muy pocos leen ya, aunque [las autoridades] digan lo contrario”, asegura Miriam, una lectora que no necesita “ninguna promoción en la TV para coger un buen libro”.

La Moderna Poesía fue otro de los centros culturales que perdió su esplendor para convertirse en un local “cerrado donde la gente mea en las esquinas”, según un adolescente que camina por la zona. Aunque hace menos de diez años que la librería está cerrada ya existe una generación que no sabe qué había en el edificio.

María Isabel rehúye de las generalizaciones pero, según ella, “al pueblo de Cuba le gustaba leer”. Enseguida cuenta: “Con solo sexto grado mi abuelo leía la colección Huracán. ¿De dónde tú crees que a muchos nos gusta la lectura? Antes no había que ser intelectual para disfrutar un buen libro”.

Por su parte, Julián habla de “lo que nadie quiere hablar”. Dice él que “ya no es tan barato comprarse un libro a no ser, claro, que quieras comprar muchos libros que dicen lo mismo del Che Guevara”.

Julián toca un punto en el que coinciden muchos entrevistados: las librerías “parecen” estar surtidas, “llenas de libros”, que no es lo mismo que estar “llenas de literatura”.

Las vías de los lectores para encontrar los libros que prefieren son tan diversas como los intereses de la gente. “Yo cada vez que viajo traigo cosas frescas”, dice Ileana. “La gente se pasa diferentes títulos de mano en mano sin preguntarse de dónde salieron porque en la Feria del Libro de La Habana encuentras solo comida chatarra”, se burla a su turno Julián.

Las librerías con más vida son las que venden libros usados en la categoría de consignación. De hecho, una de las “joyitas que sobreviven gracias a ese método está en la esquina de 25 y O en el Vedado”, puntualiza Emilia, otra lectora que no se resiste a dejar de leer, y que recuerda la venta de ejemplares muy valiosos en la Plaza de Armas.

“Vamos a hablar claro: esos libros no nos tocaban. Eran carísimos”, dice la entrevistada, “pero le daban otra cara a la ciudad. Nos hacían parecer más cultos, y el olor de los libros viejos era invaluable”. Emilia está convencida de que con el “exterminio” del libro “a base de politiquería, prohibiciones y mala propaganda” también están desapareciendo los detalles que volvían maravillosa la ciudad.

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