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Domingo, 24 de septiembre 2017

La salud pública perdió su humanidad

Mascaradas y realidades del sector ‘insignia de la revolución’

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LA HABANA, Cuba.- Los días 9 y 10 de junio el teatro “Lázaro Peña” acogió el Primer Congreso de Trabajadores de Salud Pública que se ha organizado en Cuba; un evento cuyo propósito quedó diluido en la habitual retórica fidelista, al igual que las razones que lo motivaron. Con el reciente escándalo de corrupción en el hospital CIMEQ, se hubiera esperado una mayor profundización en el tema de la ética médica. Sin embargo, durante la emisión de la Mesa Redonda dedicada al congreso, los “especialistas” invitados decidieron, por unanimidad, evitar el engorroso asunto y hablar, una vez más, de logros que la población no percibe y nuevos retos que, en pleno siglo XXI, deberían estar superados.

Según Pastor Castell-Florit, Director de la Escuela Nacional de Salud Pública, el sistema cubano de salud se halla inmerso en un proceso de mejoramiento continuo de la calidad. Como admirables ejemplos de dicho proceso citó la instalación de 4880 equipos médicos, el mejoramiento de los comedores obreros, la entrega gratuita de doscientos autos a personalidades de la Salud y la repartición de bolígrafos al personal de Salud Pública. Asimismo señaló que todo este programa de inversiones estaba destinado a mejorar las condiciones de los trabajadores del sistema de Salud Pública; pero ello tendría que revertirse en una mayor calidad en los servicios ofrecidos a la población.

El dirigente adornó su discurso con una afirmación que resume su total ignorancia acerca del funcionamiento del sistema nacional de salud pública: “En nuestro país se pueden suplir todas las necesidades de atención médica que demanda la población”. Para apoyar la frase, aseguró que un promedio anual de 3200 instituciones han sido favorecidas por el programa de reparación e inversiones; lo cual se traduce en la recuperación de salas, quirófanos e instalaciones destinadas a la docencia.

Lo que Castell-Florit no menciona es la pobre calidad humana y el bajo nivel de instrucción del personal que está siendo captado para trabajar en los servicios de salud pública. Tampoco habla de las catastróficas Áreas de Salud —entiéndase consultorios de familia y policlínicos—, supuestamente orientadas a proveer una atención primaria eficaz para evitar acudir innecesariamente a los hospitales. Omitió el hecho de que las reparaciones consisten apenas en dar “colorete” a las fachadas de los centros de salud y colocar un aire acondicionado en una sala de espera; mientras profesionales y técnicos carecen de los utensilios indispensables para tratar a los pacientes, y varios quirófanos permanecen inutilizados por falta de climatización.

Cualquier meta que Cuba se proponga en materia de salud pública es inalcanzable y ello no se debe solo al problema del salario. Los invitados a la Mesa Redonda, que escriben sus informes y ajustan su propia visión de la realidad desde oficinas con aire acondicionado, ignoran la irregularidad del personal médico que labora en los consultorios de familia. No saben de los ancianos que sufren fatigas por esperar durante horas para ser atendidos por el doctor de turno; de los enfermeros que manipulan vías intravenosas sin utilizar guantes ni una bandeja esterilizada para colocar el instrumental; ni del mal olor de los baños que impregna las áreas de atención a los pacientes.

En el sistema primario de salud nunca se tiene la certeza de que el doctor va a venir. Allí no se palpa ni se observa a los enfermos, aun conociendo que del examen físico emerge el 70 por ciento del diagnóstico. Es penoso ver cómo los galenos casi no miran al paciente a los ojos; solo les mandan un montón de pruebas que significan meses de espera, desgaste y maltrato en los hospitales.

Nunca como hoy ha sido tan valioso contar con un amigo o un pariente médico, que abra con su autoridad o sus contactos las puertas que son infranqueables para el más común de los mortales. El principal problema de la salud pública cubana es la falta de humanidad. La precariedad de la existencia ha terminado por sepultar al amor y la compasión, que son principios básicos de la carrera de Medicina.

La segunda limitación es la higiene, pues ofrecer un servicio de calidad depende tanto del personal sanitario como del más prestigioso especialista; pero nadie quiere ni le importa hacerse cargo del prójimo o de la limpieza de un hospital con pocos recursos y salarios tan miserables.

El Gobierno cubano nunca va a reconocer que la salud gratuita es insostenible desde hace años, pero ha empeorado con la emigración sostenida, las fracturas sociales y el deterioro del sistema de educación. En un centro de la capital se aplicó la iniciativa de dar a los pacientes una factura con el costo bruto de los servicios que recibe. “Es para que tomen conciencia (…) Si la gente conoce lo que realmente cuesta, valorarán más el servicio”, explicó a medios oficiales Miosotis Moreno, directora de Planificación Económica del MINSAP. Sin embargo, el mencionado incidente en el hospital CIMEQ demostró que hay mucha gente dispuesta a pagar por la atención médica, con tal de recibir un mejor servicio.

Y esto fue solo la punta del iceberg, porque desde hace años los cubanos han pagado —en moneda dura o especie— por diversos servicios médicos, para evitar dilaciones y colas interminables. Embarazadas con mayor poder adquisitivo han pagado los cuidados de un gineco-obstetra para tener la mejor atención durante el embarazo y el parto. Hasta hoy no lamentan haberlo hecho y aseguran que si decidieran tener otro hijo, lo harían de nuevo.

Mientras la gente que puede permitírselo replantea la tradicional relación médico-paciente, el Gobierno cubano sigue viviendo de su mentira. El Primer Congreso de Trabajadores de Salud Pública fue, según los medios oficialistas, un éxito. La población se pregunta de dónde sale tanto optimismo; pero si el propio director de la Escuela Nacional de Salud Pública considera que dar bolígrafos a los médicos es una meta cumplida, cualquier tentativa por comprender lo que realmente importa está condenada de antemano.

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Acerca del Autor

Ana León

Licenciada en Historia del Arte

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